TE DESEO Y NO SÉ CÓMO DECÍRTELO

Si hay una situación todavía más complicada para dos seres tímidos que se aman en secreto, es que se encuentren en dos partes que socialmente han sido establecidas como diferenciadas e incompatibles. Se ha escrito numerosa literatura sobre este tema, y desgraciadamente la que ha prevalecido es la más heteronormativa de todas: Romeo y Julieta de Shakespeare. La presente historia no constituye una excepción, pero pretende, desde su experiencia de uno de los múltiples tabúes de la cultura occidental de hoy —el amor entre personas con una importante diferencia de edad—, tomar conciencia para dibujar un marco sin marcos en el que entre cualquier modalidad que alguien pueda imaginar. Y es que no hay afirmación más hipócrita que la sociedad declarando que el amor debe ser libre.

Es difícil establecer cuándo me descubrí enamorada de @moterorojo. Una parte de mí considera que lo estuve desde el día que lo conocí; su disposición a escuchar y su alto grado de empatía y cuidados mezclados con la determinación de su personalidad despertaron en mí una fuerte admiración ante el que sentí desde entonces como un igual. Sin embargo, no me planteé nada con él porque no consideré que pudiera pasar. Lo deseaba en forma de bonitas imaginaciones tan húmedas como afectuosas, pero no acababa de determinar dicha aspiración; ¿cómo iba a fijarse en una chica de mi edad un hombre con tantas experiencias y una vida tan asentada en el paso de las mismas? Quiero decir más allá del plano físico, porque para ese poco se necesita… Pero aislado me atrae tanto como la vida en un matadero. ¿Quién me iba a decir entonces que él estaba meditando algo similar en distintos términos?

Las cosas entre nosotras discurrieron por sí solas. Poco a poco asistimos al trazado de una bonita amistad entre dos seres que se comprendían como no lo hacían con otra gente. Fue creciendo una gran confidencialidad entre ambas y se asentó una complicidad muy sólida. Cuando necesitábamos hablar con alguien, nos buscábamos. Y así pasaron meses con algunos tonteos cohibidos, insuficientes para que cualquiera de las dos se convenciera de que aquello que llevábamos por dentro era mutuo. Hasta que un día, en una conversación algo más distendida de lo habitual, me dejó caer entre risas que compartiría conmigo mucho más que con otras personas. Aquella broma, que contextualizada me provocó un precioso nudo en el estómago, no consiguió por entonces mucho más. Las risas entre las que había surgido no me permitían asumirla como certeza. Pero tampoco me pasó desapercibida. Fue un elemento indispensable para que, alrededor de un mes después, sintiese la necesidad vital de expresarle mis más profundos anhelos cuando, de copas por el barrio de las Letras, un amigo me besó. Entonces me di cuenta de que a quien yo quería besar era a él, a @moterorojo, pesara lo que pesara.

Caminé decidida de vuelta a casa y nada más llegar encendí mi ordenador para escribirle un correo electrónico en el que me di rienda suelta, narrándole cómo me lo imaginaba durmiendo en aquellos momentos y cómo me apetecía acariciar su rostro y bajar mis dedos en un suave roce de las yemas por su pecho desnudo hacia su vientre mientras lo observaba. Le expresé cómo imaginaba su respiración acelerada a medida que introducía mi mano bajo la sábana, momento en que sin duda se despertaría… y, sobrecogidas, nos miraríamos como nunca antes nos habíamos mirado, para entonces besarnos sin contención. ¿Estaba yendo muy lejos? Quería ser mucho más descriptiva, pero todavía me quedaban algunas inseguridades. Dejé mis pensamientos en ese punto, se lo envié como estaba y me metí en la cama. Me quedé dormida después de masturbarme pensando en aquella escena.

Al día siguiente me desperté sin ser consciente de todo aquello, y con total normalidad desayuné con mi compañera de piso y me puse a responder los correos del Máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales que para entonces estaba cursando con una beca de colaboración por la que desempeñaba tareas como aquella. Oí el sonido de las notificaciones de WhatsApp, y, distraídamente, alcancé el móvil y lo desbloqueé sin apartar la vista de la pantalla del ordenador. Entonces miré quién me había enviado el mensaje y vi su nombre. Mis ojos se abrieron como platos antes de acceder siquiera a su contenido, recordando como un relámpago agujereando la noche cerrada todo lo que le había escrito la noche anterior.

Mierda mierda mierda mierda.

No me atrevía a abrirlo.

Es eso lo que sientes o sólo ha sido producto de la noche? 😃

¿Y ahora qué le digo?

Esto…

Vale 😃

No, a ver… Producto de la noche no es que haya sido… 😊

Todavía tardaríamos cerca de otro mes en volver a vernos, un tiempo que para mí se convirtió en una verdadera encarnación de la letra de la canción Hysteria de Muse: obsesionada, sólo podía pensar en reírme en sus labios y yacer a su lado. El deseo me consumía, y noche tras noche nos daban altas horas de la madrugada en un intercambio de fantasías eróticas que emulaban la melodía infinita —y no resuelta— de Richard Wagner. La sexualidad a través de los mensajes instantáneos de WhatsApp aliviaba parte de aquella sed extrema, potenciada por lo socialmente prohibitivo de nuestras ambiciones, pero con el transcurso primero de las horas, luego de los días y finalmente de las semanas, resultaba del todo insuficiente.

En una ocasión en que me encontraba al norte de la ciudad en mi viejo coche, al lado de plaza Castilla junto a una salida hacia la A-6 que lleva a la Sierra, a su Sierra, me vi tentada de tomarla y escribir a @moterorojo al llegar a su zona, haciendo de nuestro encuentro algo irremplazable. Era de noche, y con total seguridad me hubiera acogido; sabía que no me dejaría volver una vez que me encontrara allí. Pero no podía ser. En cierto modo, habíamos sobrealimentado nuestros pasionales sueños y ya no podíamos permitirnos desenlazarlos de forma apresurada. Nos habíamos metido de lleno en una espiral de lo más sensual y sabíamos que lo mejor que podíamos hacer era seguir dejándonos llevar por ella.

Y eso hicimos, elevando la tensión hasta grados insospechados para el momento de nuestro reencuentro que tuvo lugar en una mañana soleada de domingo. Él tiene la costumbre de bajar a Madrid a comer con su madre ese día, pero aquella semana el clima primaveral parecía haberse establecido y yo no dejaba de decirle lo bien que se estaba paseando y tomando unas cañas por las calles de Lavapiés con aquel tiempo. El viernes me preguntó si quería comer con él por allí, y, entusiasmada, desde mi terraza del octavo piso donde me encontraba disfrutando de algunos rayos de sol, le dije que sí. ¡Me puse tan nerviosa! Entré en el interior y eché de menos a Lupe, mi compañera, que se encontraba en Villafranca de los Caballeros su pueblo, para poder compartir con ella la noticia y todas aquellas sensaciones.

No la vería hasta el domingo por la noche, cuando regresé de mi primer encuentro con @moterorojo tras las múltiples declaraciones de nuestros deseos más tiernos y salvajes.

 

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