UNA SOLEADA TARDE POR LAVAPIÉS

Cuando entré en casa tenía el corazón desbocado. Había subido los ocho pisos andando para evitar compartir el ascensor con dos vecinas que habían presenciado toda la escena vivida con @moterorojo en el portal y ante la que habían enmudecido. No se me borraba la sonrisa de la cara, mezcla de felicidad y socarronería. Cerré la puerta tras de mí sin volverme y observé que la luz de la cocina estaba apagada. Dadas las horas, supuse que eso significaba que Lupe no estaba en casa. Me dirigí hasta la puerta de su cuarto pero lo hallé vacío, así que me volví sobre mis pasos y me metí en el mío. Apenas acababa de sentarme, oí la puerta de la calle y de un salto abrí la de mi habitación.

¡Holaaaa!

Eran dos voces al unísono. Lupe había venido con Carlos.

¡HOLA!

Me quedé apoyada en mi puerta observándolas pasar a la cocina. Mi compañera iba delante distraída, llevando algunas bolsas.

Hemos parado en el nuevo bar de abajo a comprar unas raciones para probarlas, ¿vas a querer? Traemos bravas.

Carlos, que iba detrás y estaba más atento, la siguió hasta la cocina mirándome de reojo con cierta extrañeza divertida.

No, ¡gracias!

Volví a cerrar la puerta sin dejar de sonreír. Aquel no era el momento para contarle a Lupe lo que había pasado.

Alrededor de la una y media del mediodía de aquel domingo primaveral en el que había quedado con @moterorojo para comer por Lavapiés, por primera vez desde que pusimos de manifiesto todos nuestros deseos, todavía me encontraba en Neptuno. Había acudido a una manifestación contra la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, una de las múltiples mordazas impuestas por el gobierno del PP contra las libertades ciudadanas que tienen como finalidad desmantelar todo poder popular, impulsada por el fascista –y todavía por entonces ministro del Interior– Jorge Fernández Díaz. La marcha había partido desde Sol, y, pasando por Cibeles, había llegado hasta Neptuno, donde podían verse las vergonzantes vallas metálicas, custodiadas por las UIP, protegiendo el Congreso, como venía siendo costumbre desde que en 2011 la ciudadanía se organizara por grupos de trabajo y barrios alrededor del movimiento 15-M. Hacían apenas unos pocos minutos que se había dado por finalizada, y me hallaba apoyada contra las verjas charlando con algunas amigas periodistas que hacía tiempo que no veía mientras no dejaba de ojear el reloj del móvil. En esas, recibí un mensaje por WhatsApp de @moterorojo diciéndome que acababa de llegar a la plaza Lavapiés. ¡Se había adelantado! Le dije que llegaba en quince minutos, me guardé el móvil, y me despedí apresuradamente sin decir hacia dónde iba para evitar compañía por el camino.

Mirando en dirección a Atocha, decidí meterme rápidamente hacia la derecha para atajar por Letras. Tomé la calle de Cervantes y subí callejeando hasta Antón Martín en una especie de diagonal imaginaria. Crucé la plaza, me metí por la calle de Santa Isabel, y, cortando por la calle Rosa, llegué a Ave María. Bajé por ella hasta plaza Lavapiés y me situé junto a la boca del metro buscándole con la mirada entre la gente. Tenía un bonito nudo en el estómago y no estaba segura de estar preparada para encontrarme con él… ¿qué le diría cuando le viera? Pero todas esas incertidumbres se sucedían mientras sacaba el móvil para preguntarle dónde estaba y descubrir que se encontraba a escasos metros de mí. Estaba acalorada, tanto por los nervios como por la marcha. Hacía un día estupendo y llevaba mi jersey más abrigado; sentía el colorete natural de mis mejillas. Volví a alzar la vista del móvil y le vi sonriéndome desde la acera de enfrente, junto al Teatro Valle-Inclán que sirve de aparcamiento de motos. Estaba cruzando, ya no tenía tiempo de pensar más.

¡Perdona! He venido lo más rápido posible. Estaba en Neptuno, que justo acababa de terminar de la manifestación, y bueno… ¡Uf! Qué pronto has llegado –conseguí frenar mi incipiente verborrea mientras nos dábamos dos besos a modo de saludo ante su media sonrisa burlona–.

Sí, he aprovechado que hacía sol para salir pronto y venir dando un paseo. Bueno, ¿qué tal estás? ¿Adónde quieres que vayamos? –me miraba fijamente a los ojos, cualquiera diría que se trataba de una persona tímida–. Vienes acalorada –me sonreía sin apartar la mirada mientras yo no sabía qué hacer con la mía–.

Pensé en llevarle al Achuri en un rapto de originalidad, el bar en que paso la mayor parte de mis horas ociosas. Y hacia allí dirigí nuestros pasos, aunque como era de esperar en un día como aquel, estaba hasta arriba, como el resto de la calle Argumosa. Por entonces todavía no sabía la gente que puede llegar a acumularse en los rincones en que da el sol cuando empieza a despuntar la primavera en Madrid.

Sí, cuando he leído que ya estabas aquí he venido corriendo. Bueno, corriendo no, pero a toda prisa…

Apenas he tenido que esperar –me respondió resolutivo ayudándome en mi especificación, cada vez más confusa frente a su control de la situación. Por norma general, soy quien tiende a dominarlas, algo que a decir verdad me resulta tedioso. Desde que llegué a Madrid, he disfrutado de volverme caótica en este tipo de pequeñas cosas, siendo la impuntualidad uno de mis mayores hallazgos. Me relajé, parecía que era una de aquellas veces en las que se puede delegar sin temor a la inacción.

Tras ver el Achuri lleno, pensé en los hindús. Le hice dar media vuelta mientras hablábamos de todo menos de lo que acostumbrábamos desde hacía alrededor de un mes y medio. Era como si no hubiera pasado nada entre nosotras. ¿Cómo íbamos a abordar y canalizar toda aquella pasión en una conversación? Resultaba más sencillo y excitante alargar el momento. Las dos sabíamos que nos deseábamos, no necesitábamos más. O quizás sí, empecé a pensar cuando se quitó la chupa y nos sentamos.

No podía dejar de observar su cuerpo, la todavía imprecisa forma de su pecho que empezaba a adivinar tras los primeros botones desabrochados de su camisa, y sus brazos, al descubierto. Era todo lo que podía ver sentada frente a él en una de las múltiples terrazas repletas de la calle Lavapiés, y resultó más que suficiente: estaba mojada.Le deseaba. Le deseaba ahí mismo y en ese mismo instante. Pero mientras yo sentía curiosidad por conocer el resto de su cuerpo, él iba rompiendo el hielo sacando temas de conversación que al fin lograron que me centrara en sus palabras, dibujando una sonrisa en mi cara mientras volvía a tomar conciencia de la terraza en la que me encontraba, rodeada de gente en mitad de la calle Lavapiés en un día soleado de primavera.

No nos demoramos mucho en la comida. Al acabar, optamos por cambiar de lugar para tomarnos el café en un sitio un poco más íntimo, algo que conseguimos de forma relativa dado el barrio en que nos encontrábamos. Nos dirigíamos de nuevo hacia Argumosa con la idea de callejear por la zona cuando me abordó un compañero del Partido X.

Por aquel entonces, el Partido X era todavía un nuevo y ambicioso proyecto de democracia directa, y había llamado mi atención. Lo que no sabían mis compañeras era que mi participación en su misterioso partido –sobre todo a la hora de intentar establecer un primer contacto con ellas, actuaban de forma similar a una secta con una discreción exagerada y un sospechoso secretismo– se basaba en un espionaje puramente personal, con la única finalidad de saciar mi curiosidad y aportarme información para mis investigaciones sobre la influencia de las TIC en los movimientos sociales. Asistía a sus reuniones clandestinas, leía todos los correos que se enviaban y observaba los diferentes hilos de discusión y acción que se publicaban en el foro a través del que trabajaban sus integrantes de a pie –no llegué a tener la paciencia necesaria para ver si entraba en el kernel, el núcleo en el que se encontraban quienes tomaban las decisiones fundamentales de aquel proyecto tan democrático–, pero nunca participaba más allá de lo estrictamente necesario para asegurar mi permanencia.

Miré a mi alrededor: @moterorojo había desaparecido. Las palabras de mi compañero de partido hicieron que volviera nuevamente la vista hacia él, pero no le estaba escuchando. ¿Dónde se había metido? Di una vuelta sobre mi misma y lo divisé calle abajo.

Disculpad, es que voy con prisa –dije mientras sonreía y besaba a otros integrantes del partido que habían venido de no sé dónde y que me estaban presentando–. Sé que hace tiempo que no aparezco, pero prometo que iré a la próxima reunión.

Nunca volví.

Alcancé a @moterorojo y sentí nuevamente todo el universo en orden.

¿Dónde te habías metido? Iba a presentarte cuando me he dado cuenta de que estaba sola –me estaba partiendo de risa mientras me asomaba hacia atrás para ver si mis compañeros miraban. Miraban–.

Perdona, te he visto saludando a gente y… soy muy tímido.

Le miré sorprendida. Efectivamente, estaba cohibido. Esquivaba mi mirada y hablaba mirando en diversas direcciones. ¡Aquello sí que era increíble! Mi lado salvaje empezaba a dejar un espacio para que aflorara otro más tierno.

Recorrimos prácticamente toda la calle Argumosa y giramos por Dr. Fourquet hacia Antón Martín con la esperanza de encontrar la zona algo más sosegada, pero de pronto @moterorojo detuvo sus pasos y volvió a mirarme fijamente.

¿Cómo una joven como tú se ha fijado en un viejo como yo?

Estaba muy cerca, dentro de mi espacio personal.

¿Qué? –me había pillado completamente desprevenida–. No sé, yo… yo no me me fijo en esas cosas.

Sabía que iba a besarme, pero no lo hizo. Recuperé mi espacio virtual mientras le respondía buscando alargar todavía más el momento, y al llegar a la esquina visualizamos una terraza casi vacía. No hizo falta que nos dijéramos nada, con el cruce de miradas fue suficiente. Nos sentamos, y descubrimos por vez primera que tenemos un don innato para llenar todo sitio despejado en que nos acomodamos. Tonteamos tomándonos el pelo mutuamente mientras él tomaba un café solo y yo un té verde, y coincidimos en volver a cambiar de lugar. Era media tarde y apetecían unas cañas.

Nos refugiamos del gentío en la tasca Vinícola Mentridana y pedimos un par de ellas. Con el paso de las horas, el local también se fue llenando, pero nosotras ya no fuimos conscientes de ello. Estábamos cara a cara hablando de todo un poco, cada vez con más soltura, materializando con gestos y palabras la complicidad que desde hacía tiempo nos teníamos. Nos pusimos a hablar de nuestros proyectos y formas de entender la vida, focalizándolos poco a poco en las relaciones. Éramos dos amantes de la libertad, no quedaba lugar a dudas: ambas apreciamos nuestra independencia y entendemos el amor sin condicionantes de ningún tipo.

Concordábamos en que el amor no tiene que ver con contratos, que se trata de un sentimiento vivo que hay que disfrutar a cada momento y mientras dura la pasión, nunca más allá. Que es un sentimiento inigualable en tanto que es honesto, tierno, salvaje y espontáneo. No queríamos saber nada de compartir espacios de vida, ni siquiera proyectos a largo plazo; una amistad no necesita de promesas para pervivir, brota de forma natural como el agua de un manantial abriéndose paso de forma inabarcable por la tierra si no se le imponen diques. Es una suma constante, nunca una resta.

Toda mi visión sobre las relaciones sexo-afectivas estaba viéndose reflejada en un ser que a cada palabra me fascinaba más. Por primera vez, tenía delante a una persona con la seguridad suficiente para no sentirse herida por no querer formalizar socialmente mis sentimientos hacia ella. Y el hecho de que la figura de la moto estuviera siempre de fondo, no hizo sino potenciar todo ese simbolismo.

La tensión sexual aumentaba y se notaba, podía cortarse como un hilo en el aire. En el baño le sonreí a la imagen que veía en el espejo: irradiaba fuerza. Mis mejillas seguían a pleno color. En la mesa de al lado había un chico joven incapaz de apartar la mirada de nosotras, haciendo caso omiso de lo que fuera que le estuviera contando su compañera de juerga. Las veía por el rabillo del ojo.

Nos están observando —le dije sonriendo todavía más.

Lo he notado —me devolvió la sonrisa.

Cogió mis dos manos sobre la mesa y las llevó hacia él. Me arremangó el jersey y descubrió dos de mis tatuajes. Por entonces tenía tres, ninguno a la vista, y él ya lo sabía. Pero todavía no los había visto.

Bonitas culebras… Me queda uno.

El dragón —le miré fijamente—. Sospecho que lo conocerás pronto.

Ya anocheciendo, decidimos ir cerrando aquel encuentro. Todavía nos faltaba confianza, por lo que no sabíamos si cada una de nosotras tenía otros planes para cenar o cosas que hacer en casa, y él no vivía en la ciudad. Al día siguiente era lunes, no precisamente un festivo.

Vives por aquí cerca, ¿no? Te acompaño a casa.

Bueno, vivo por Santa María de la Cabeza. A unos 20 minutos, quizás se te hace tarde —le dije, esperando que me respondiera que no— .

Te acompaño dando una vuelta y ya me vuelvo a la Sierra a cenar.

Esperando para cruzar la calle Embajadores en el semáforo, todavía en la plaza del mismo nombre, apoyó su cabeza contra la mía apenas un segundo.

¡Ay! Estela…

Mi corazón se puso a mil, y el semáforo peatonal en verde. Seguimos andando calle Embajadores abajo y giramos a la derecha en Santa María de la Cabeza.

¿Sabes? —le dije— Creo que es la primera vez que un chico me acompaña hasta casa.

¿En serio?

Sí, generalmente he sido yo quien ha acompañado siempre a mis amigas hasta su casa. Claro que ni Mahón ni Salamanca son Madrid, aquí todavía no lo he hecho —me reí— . Me gusta andar.

Reflexioné un momento.

Es un poco tradicional, ¿no?

¿Tú crees? No lo hago por eso, a mí también me gusta andar.

Nos reímos. Nos acercábamos a mi portal atravesando Santa María de la Cabeza por Torres Miranda para bajar a Aguilón, y ambas sabíamos que se nos acababa el tiempo. Llegamos hasta él antes de darnos cuenta. Lo recordaba menos iluminado, parecía que acaban de abrir un bar con terraza justo al lado.

Me giré hacia él.

Este es.

No quería que se fuera. Así no, todavía no.

Se acercó a mí.

Voy a besarte.

En ese momento no lo oí, estaba demasiado nerviosa. Ya sabía que iba a besarme y me había quedado paralizada. Sus labios alcanzaron los míos y se cargaron toda esa inacción que por un momento se había apoderado de mí.

Le devolví el beso en aquel mismo instante; sin dejarle que separara sus labios de los míos busqué su lengua con la mía dando un paso hacia delante y quedándome muy pegada a él. Se separó un instante y se rió. Se ríe poco pero cuando lo hace está precioso.

Con calma.

Volvimos a besarnos, esta vez con algo más de serenidad, con un poco más de dulzura. Su cuerpo contra el mío me hizo retroceder dos pasos hasta apoyarme contra el portal.

¿Te puedo meter mano?

Me lo quería comer. Después hay quienes dicen que cómo van a preguntar antes de dar un beso o tener sexo. Es cierto, hay momentos en que es del todo innecesario: cuando ya se conoce lo suficiente el lenguaje corporal de la otra persona o cuando con él se está siendo meridianamente clara. En cualquier otro caso, es imposición. Podrá gustar más o menos que actúen así, pero hay que asumir la posibilidad de que no haga ninguna gracia y te manden a la mierda, con todo el derecho del mundo.

Claro —sonreí en sus labios mientras me introducía la mano bajo el jersey. Al mismo tiempo, yo empezaba el descenso de mis dedos de su cuello hacia su vientre tal y como había fantaseado.

Nos descubríamos con suavidad sin dejar de besarnos, pero entonces llegó una vecina. La primera.

Al principio, fue como si no estuviera. Después de todo, estábamos a seis metros de la terraza de un bar en una zona completamente iluminada y no nos importaba. Pero la mujer, de unos setenta años, no era capaz de introducir la llave en la cerradura. Y en cuestión de segundos, eran dos las mujeres tratando de entrar al interior del edificio sin éxito. Cuando me quise dar cuenta, @moterorojo estaba ya a varios metros de allí:

¡Luego hablamos!

Fue lo último que me dijo mientras se separaba de mí y echaba a andar prácticamente a un tiempo. Tardé otros escasos segundos en volver en mí e incorporarme para acercarme a la puerta y abrir a las señoras con una sonrisa de oreja a oreja mientas me observaban atónitas en silencio. Una de ellas sonriéndose al tiempo.

Nos habíamos excitado muchísimo e intuía que ya estaba erecto cuando apareció la primera mujer, y su timidez pudo más que su raciocinio. A las dos nos escaseaba en aquellos momentos. Habíamos perdido por completo la conciencia y percibíamos que aquello sólo podía ir a más, y seguíamos en mitad de la calle. Es cierto que podríamos haber subido a mi piso, pero seguía siendo precipitado: hubiésemos echado un polvo de lo más salvaje con la finalidad de aplacar nuestros instintos más animales, y queríamos más. Queríamos degustarnos.

Subí los ocho pisos andando para dejar a las dos mujeres chismorrear sobre lo ocurrido y librarnos a las tres de un silencio incómodo. Subí con ímpetu, tratando de rebajar la euforia que sacudía todo mi cuerpo. Cerré la puerta tras de mí sin volverme y observé que la luz de la cocina estaba apagada. Dadas las horas, supuse que eso significaba que Lupe no estaba en casa.

Al día siguiente, cuando me encontré a solas con ella en la cocina a la hora de comer, le conté toda mi aventura:

¡Ahora entiendo por qué Carlos me preguntaba ayer si “a la Estela” le pasaba algo! —se reía—. Yo le dije que no, que qué te iba a pasar, pero me dijo que no se refería a nada malo, ¡que te había visto como muy feliz!

Volví a sonreír, si es que acaso había dejado de hacerlo un solo instante desde la noche anterior.

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