ESCAPADA A LA SIERRA (I)

Cuando aquella noche cerré la puerta de mi cuarto con la idea de no volver a salir tras la estimulante tarde que había compartido con @moterorojo por Lavapiés, encendí el ordenador para ver Salvados al mismo tiempo que leía mi TL. Un momento antes le había escrito por WhatsApp, pero sabía que se encontraría sobre la moto y no podría leerme en 40 o 50 minutos. Ya le estaba echando de menos.

En el piso de Aguilón nunca tuvimos televisión, motivo por el que seleccionaba algunos programas por medio de mi computadora de mesa. O mejor dicho, nunca funcionó la vieja tele que había, de esas pequeñas y abultadas, que hacía juego con el teléfono rojo de disco de Lupe que estaba en una mesilla junto a ella. Y tampoco nos importaba. Al contrario, creo que dio lugar a numerosas escenas divergentes que sin duda hubiese neutralizado de ir correctamente, con esa capacidad tan característica que tienen de monopolizar toda la atención. Nunca me senté en el sofá de aquella casa mirando hacia ella, siempre lo hice con una persona o un libro delante. Lo que a su vez hace que no tenga recuerdos de estar en él de frente, sino siempre de lado. Y pese a todo, es curioso, la distribución del salón seguía siendo la tradicional en la que todo el mobiliario está dispuesto para rendirle honor a la caja tonta.

Hacía calor. Como cada día al caer la noche entre los meses de noviembre y abril, la calefacción central estaba en marcha y el gran radiador de mi pequeña habitación había sobrecalentado el ambiente, algo que desde que habían empezado los días soleados se experimentaba de una forma todavía más agobiante. Pese a ello, nunca lo apagaba. Guardaba un recuerdo casi físico del frío que pasé durante los últimos años en Salamanca tratando de ahorrar algo del poco dinero que recibía de las becas de estudios y que sumaba a los alrededor de 1.500 euros que conseguía ahorrar durante los meses de verano trabajando diez horas diarias, los sietes días de la semana, detrás de una barra. Aquí corría a cargo de la comunidad de vecinas y eso me regocijaba, al mismo tiempo que aquel bochorno parecía enardecer mi libido y eso me gustaba. No podía dejar de pensar en él.

Justo cuando estaba finalizando el programa, sonó mi móvil:

Las señoras me han cortado el rollo! Si llegan a aparecer un minuto más tarde, no habría habido marcha atrás 😂

Y ahora estaríamos haciendo el amor 😄

Seguro!! Pero con el calentón hubiese sido un polvo rápido 😄 Contigo quiero hacer las cosas bien 😘😘😘😘😘

Me gustaba —y me sigue gustando más si cabe a medida que rememoro cada uno de estos momentos vividos— su forma de enfocar nuestro mutuo descubrimiento sexual. Pese a que se ha formado una imagen contraria de sí mismo, fortalecida por la dureza de muchas situaciones vividas, es un ser muy sensible. También fuerte, pero sorprendentemente tierno.

Le confesé que llevaba mojada desde el mediodía y él me confirmó que se fue empalmado del portal de mi casa. Nos reímos y seguimos declarándonos, como cada noche desde hacía semanas, todo tipo de deseos y formas de amarnos, ahora potenciadas por un único y breve momento íntimo físicamente compartido. Otro día más, sin importar nuestros horarios lectivos y laborales, nos sorprendía la madrugada siendo incapaces de dejar de escribirnos.

Al día siguiente entré en la cocina, el espacio común por excelencia del piso en tanto que era donde se entrelazaban más cantidad de interacciones sociales, y me encontré a Lupe preparándose algo de comer antes de salir al máster de psicología que estaba cursando, y que había sido acaparado por unos personajes esnob que la sacaban de quicio. Sonreí. Tenía que contárselo todo y no sabía por dónde empezar:

¡Me besó! —En realidad, no necesitaba preámbulos. No con Lupe.

¡Ahora entiendo yo por qué Carlos me preguntaba ayer si “a la Estela” le pasaba algo! —se reía mientras acercaba su plato a la mesa y se llenaba un vaso con agua—. Yo le dije que no, que qué te iba a pasar, pero me dijo que no se refería a nada malo, ¡que te había visto como muy feliz!

¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIII! Y tía, en el portal de casa. ¡Apenas dos segundos antes de que subieseis! —Abrí la nevera de forma inconsciente y la volví a cerrar.

¿QUÉ? —soltó el tenedor con el que acababa de llevarse comida a la boca y acto seguido se la tapó con una mano mientras abría mucho sus ojos, ya grandes y llamativos de por sí—. ¡Pero si estábamos en el bar nuevo de abajo, el que está justo a la izquierda del portal!

Yo tampoco podía parar de reír.

¡Ya, tía! —me apoyé contra la nevera—. Y porque aparecieron dos vecinas, que si no, sois Carlos y tú las que nos encontráis metiéndonos mano como dos adolescentes ahí mismo mientras os disponéis a subir a casa con la cena. Cuando os oí entrar, apenas un par de minutos después de mí, lo pensaba… jajajajaja.

Aquella fue otra de entre las muchas conversaciones “de chicos” que mantuvimos en aquel piso. Después de una relación larguísima viviendo en pareja, me daban la vida. Me había llevado cerca de cuatro meses empezar a contarle a Lupe mis sentimientos y emociones, pero desde el mismo momento en que empecé supe que ya nunca podría ni debía parar: me liberaba. Hasta entonces, la mayor parte de las cosas buenas y casi todas las cosas malas las había llevado prácticamente en privado. Desde ese momento, y en parte también gracias a la reciente confianza generada junto a @moterorojo, entendí que al compartilas aprendía también a ejercer control sobre ellas. Y desde esos meses, no sé ser si no es con espontaneidad hacia quienes me quieren, me cuidan y están a mi lado. Las vulnerabilidades dejan de ser puntos débiles cuando se asumen y exponen con naturalidad.

Esa misma semana corrí a comentarle, con mayor ímpetu del ya de por sí acostumbrado entre ambas, toda la espiral de emociones que estaba experimentado otras dos veces. Al mismo tiempo, ella también estaba viviendo otra, con lo que a cada encuentro nos retroalimentábamos más y más. Nuestro compañero fantasma, Dani, probablemente empezaba a arrepentirse de haber ido a parar a aquel habitáculo a vivir, por muy cerca que estuviera de casa de los padres de su novia donde ella vivía: Lupe y yo no solamente nos habíamos hecho inseparables desde que en septiembre entramos a vivir él y yo, sino que además estábamos atravesando una efervescente época de progresiva independencia que hacía de aquel piso un lugar de encuentro de personas de lo más variopintas.

La primera vez que volví a buscarla fue cuando @moterorojo me escribió para decirme que su hija, con la que aún vivía, iba a estar fuera todo el fin de semana y preguntarme si me gustaría ir. Aunque no albergaba ninguna duda al respecto, sentí la necesidad vital de soltar toda la descarga de adrenalina en alguna dirección:

Le he dicho que naturalmente… —había entrado en la cocina a su encuentro y le había soltado toda mi interacción con @moterorojo de un tirón—. Y si prometía que me iba a tratar bien —añadí, bajando el tono de mi voz y esbozando una sonrisa tímida. De forma similar a la de él, necesitaba afianzar un cariño mutuo—. Me ha respondido que no sea boba y me ha puesto un montón de caritas sonrientes —recuperé mi normal entonación llevándome las manos al corazón—, que claro que va a tratarme bien.

Lupe estaba en pijama igual que yo, desayunando sus cereales de fibra con sabor a paja, y me escuchaba atenta mientras correspondía a mi sonrisa imborrable:

Me encantas, tendrías que verte.

¡Tú sí que me encantas!

El resto de la semana fue una cuenta atrás interminable, pero como era de esperar, finalmente llegó el viernes. Hoy me de la sensación que tuvieron que pasar por lo menos dos semanas desde que nos besamos en el portal hasta que me llevó a su casa, pero lo cierto es que no pasaron ni cinco días. Cinco días que se me hicieron eternos, cargados de una emoción contenida que sentía que estaba por desbordarse de forma inminente, incesantemente. Si lo hubiésemos dejado ahí, si por el motivo que fuere hubiese terminado ahí, lo cierto es que siempre nos hubiese quedado París. Y aunque esa me parece una impresión preciosa, y me alegra que la mantuviésemos durante un tiempo, sigo disfrutando de haberles dejado a Ilsa y a Rick todo el protagonismo. Porque no, no creo que el amor empiece a decaer en el mismo instante en que empieza a materializarse. Eso, desde mi más estricta experiencia, se lo otorgo a la convivencia. Y es que hay, efectivamente, una moraleja valiosa en Casablanca: el deseo coge fuerza en la nostalgia. Pero con la añoranza justa, cabría puntualizar. Concretamente, esa que es fruto de la distancia natural entre dos amigas y gracias a la que nadie cuestiona que cada una de ellas tiene una vida independientemente de la otra, pero en la que al mismo tiempo tampoco ellas pueden llegar a dudar que se importan. No tener tiempo de construir algo propio y único con la persona que amas, sea quien sea, está lejos de ser idílico. El amor no dura para siempre, es cierto, pero siempre que se experimenta es de forma infinita.

A las 10 de la mañana ya estaba mareando a Lupe con mi incontenible excitación, entrando y saliendo de su cuarto para ir haciéndole partícipe de todos mis pensamientos y emociones mientras me duchaba y preparaba un macuto al tiempo que ella adelantaba trabajo de cara a despejar su fin de semana.

Había quedado con @moterorojo en que me recogería a las 12:30. Acordamos ir en su moto, algo que me hacía muchísima ilusión: iba a ser la primera vez que me montara en una que cogiera algo más de los 60km/h de las scooters de 49cc de mis amigas o de la Variant de mi primer chico —con la que, no obstante, recorrimos algunos rincones de Menorca y atravesamos Barcelona en algunas ocasiones—. Además, me atraía la idea de prescindir de la independencia de mi coche durante tres días en los que sabía que podía confiar mis movimientos a mi amigo, y, simplemente, dejarme llevar. También iba a conocer la Sierra de Guadarrama por primera vez, y aunque durante mi vida en Salamanca había tenido la oportunidad de interaccionar con la nieve en perfectas condiciones, todavía no había dejado de impresionarme —como creo que nunca lo hará— siendo como ha sido siempre un fenómeno tan extraño en las islas. Desde que las montañas madrileñas habían amanecido nevadas un día de noviembre, las observaba con devoción desde la ciudad.

Como el domingo anterior, se adelantó unos minutos. Volví a irrumpir en la habitación de Lupe sin llamar, ya completamente vestida y con el macuto al hombro:

Ya está aquí, ya está aquí, ya está aquí.

¡Ay! Mi niña —elevó inmediatamente su vista del escritorio y se levantó para darme un abrazo que duró un par de segundos—. Pásatelo muy bien y disfruta mucho. Desconecta de todo, y a la vuelta me cuentas —me sonrió mirándome a los ojos, sin dejar de cogerme por los hombros, y yo asentí—. Te quiero, bonita.

¡Te quiero, guapa! —la besé en otro achuchón rápido y me di la vuelta—. Disfruta tú también del finde, el domingo o el lunes hablamos —al llegar al marco de la puerta, me giré para compartir una última risita pícara antes de salir de su campo de visión—. Ya te contaré…

Comprobé que llevaba todo: móvil, dinero, llaves. Salí sin echar el cerrojo y llamé al ascensor. Estaba impaciente, pero no tuve que esperarlo mucho. Una vez dentro de él, me miré al espejo y eliminé con mis dedos parte de la sombra negra que se había extendido bajo mis ojos con motivo de la raya con la que los había delineado. Ya estaba abajo. Respiré y salí del edificio despidiéndome de Marian, el portero, que estaba en la acera junto al portal hablando con un hombre que interpreté que era el dueño del nuevo bar de al lado.

@moterorojo me esperaba junto a la gasolinera de Santa María de la Cabeza. Desde ahí se podía tomar el desvío hacia la A-6 de forma directa, algo que desde Aguilón era imposible por un giro obligatorio en dirección a Atocha. Lo vislumbré al girar la esquina de mi calle, pero decidí fingir que no lo había hecho: tenía que atravesar dos semáforos, esperando a que se pusieran en verde, y estaba nerviosa y no tenía ni idea de si saludar con la mano o no o de si me vería si le sonreía o me quedaría sonriéndole al aire. Por fin, llegué a su altura, ya con una sonrisa compartida, y me besó. Fue un suave roce en los labios, suficiente para que se diera cuenta de que estaba tensa:

¿Estás preparada? —me tendió un casco, una chupa y unos guantes mientras cogía mi mochila y la guardaba en una de sus maletas laterales—. Es importante que te protejas bien, enseguida notarás la diferencia con respecto a las motos en las que has ido.

Estoy preparada, ¡me encanta montar en moto! —ya más resuelta, le sonreí levantando los brazos por los que habían desaparecido mis manos en el interior de su chupa, que me venía enorme.

La arrancó, se subió, sacó los estribos traseros y monté apoyándome en él. Se aseguró de que no viniera nadie, y se dirigió hacia el interior de los túneles de la M-30.

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