ESCAPADA A LA SIERRA (II)

Lo cierto es que hacía años que no iba en moto, y aunque mantenía de forma natural el balanceo sin resistencia a la conducción e iba muy bien sin asirme a la misma, me escurría hacia adelante, hasta quedarme pegada a él. Tampoco me opuse a aquella inercia. Al contrario, aproveché para dejarme impregnar por su olor al mismo tiempo que sentía mis tetas aplastadas contra su espalda, deleitándome en aquel deseo cada vez más corpóreo.

Cuando alcanzamos el tramo limitado a 90km/h de la A-6 a la altura de Torrelodones, @moterorojo cogió el desvío para hacer un cambio de sentido y acercarse al Centro Comercial Espacio. Su idea era parar allí para comer, algo que a mí me hizo mucha gracia. La verdad es que sigo sin valorar los centros comerciales como una opción para hacer nada. En Menorca no existen, y por muchos años que lleve viviendo fuera nunca acabo de acostumbrarme a ellos —como a casi ninguno de los no-lugares que van ganando terreno en las grandes, y ahora también pequeñas, ciudades—. Paró junto a la entrada y me bajé de la moto. Me saqué el casco mientras el ponía la pata de cabra y apagaba el motor, y entramos con lo puesto casco en mano. Pese a los días cálidos y soleado, todavía hacía frío.

¿Un centro comercial? —le miré con un gesto escéptico acompañado de una sonrisa—. ¿En serio? No sabía que los rojos iban a centros comerciales —observé con curiosidad la avioneta que, en el suelo, coronaba el centro de aquella arquitectura sin dejar de andar.

Hay un sitio que está muy bien —me devolvió la mirada con dulzura mientras empezábamos a subir las escaleras—, y para no perder tiempo en el camino son muy útiles. ¡Vaya! Está cerrado…

Ajá… —me reí y miré a mi alrededor divisando un 100 Montaditos. Por mucho que no me atraigan las franquicias, tampoco soy incómule a su absorbente influencia—. Podemos comernos unos montaditos, me gustan.

¿Pero ahí tienes opciones vegetarianas? —me lo preguntó sin dejar de cerciorarse de si el otro restaurante estaba cerrado. Por aquel entonces todavía no era vegana.

Sí, sí, no hay problema. Y así pedimos unas patatas cuatro salsas, que es lo que solía pedir con mis amigas el último año de carrera cuando lo abrieron en Salamanca e íbamos aprovechando el precio de las cervezas —esperé a que acabara su comprobación y nos dirigimos juntas hacia allí.

¿Ibais a beber al 100 Montaditos?

El día que las jarras estaban a un euro, sí, porque a euro y medio están en más sitios en la ciudad charra, y mucho mejores en todos los sentidos. Para empezar por el tema de explotación laboral —acabé mi frase junto a la barra, mirando a la camarera que se encontraba trabajando detrás de ella. Me giré hacia Justino—. ¿Cerveza?

Sí. Un par de jarras ¿no?

Nos llevamos las cervezas a una mesa que estaba en una especie de terraza que daba al interior de la edificación y en la que sólo había una persona trabajando con su ordenador, y nos sentamos junto a la barandilla. Pedimos un montón de montaditos cada una y unas patatas cuatro salsas, y no dejamos ni las migas. Estuvimos hablando de todo y de nada, de trabajo, de historias vividas… Seguíamos conociéndonos palabra a palabra.

Cuando salimos de allí y montamos de nuevo en la moto, puso dirección al Puerto de Navacerrada. Esta vez ya ni intenté ir con el casco modular abierto como él hacía siempre —nunca había ido a 120km/h sobre una moto y mi primera impresión con respecto al aire en la cara, a aquella velocidad y junto con el frío, fue asfixiante—, y justo me subí un poco la visera para evitar el agobio del aislamiento total.

Como todavía no conocía la Sierra de Madrid, no sabía adónde llevaban cada uno de los caminos que tomábamos y cada uno de ellos me descubría algo nuevo. Yo me dejaba llevar con ese nudo en el estómago propio de los desafíos, observándolo todo a mi alrededor mientras permanecía muy pegada a él. Quería rodear su cintura como había hecho tantas otras veces que había montado en moto, por entonces siempre de copiloto, y como veía hacer a otra tanta gente en la carretera, pero no me atrevía. Las dos sabíamos que nos gustábamos y que íbamos a acostarnos, pero eso no restaba intrepidez a los pasos que íbamos recorriendo.

Ascendió curveando hasta las puertas del restaurante Ventas Arias donde hacía años se recuperaba de sus expediciones de rescate como socorrista de montaña con un caldo caliente, y aparcó la moto. Dejamos los cascos en las maletas laterales y me condujo hacia el Escaparate, ¡todavía había algo de nieve! Mientras subíamos andando, se acercó a mí y me cogió la mano:

¿Todavía me harías el amor en la nieve? —sentí cómo se aceleró mi corazón tiñendo de rojo mis mejillas. En nuestros múltiples tonteos vía WhatsApp le había dicho que me encantaría hacerle el amor sobre la nieve y derretirla con el calor de nuestro incontenible deseo. Pura literatura de ficción—. Por aquí hay mucha… —señaló a su alrededor mientras me acercaba a ella, jugando con mi silencio— ¿O te estás convenciendo ya de lo fría que está?

Se detuvo a los pies del manto blanco, me sonrió, se agachó para coger una bola que hizo con sus manos y me la tendió. Di un paso atrás y se la lancé en venganza del retraimiento que me acababa de hacer pasar. Mientras empezábamos a reírnos, se puso manos a la obra con la siguiente bola, esta vez destinada a estrellarse contra mí.

Por entonces las horas de sol todavía eran escasas y no tardó en empezar a refrescar. En el viaje de vuelta me pegué a él más si cabe sobre la moto, aventurando mis manos sobre sus pantalones mientras él nos conducía hasta la puerta de su casa en Collado Villalba.

Recogí mis cosas del top-case y le seguí escaleras arriba hasta el primero, donde abrió una de las seis puertas de un amplio rellano. Una vez dentro, me enseñó el que se había convertido en su hogar: un dúplex de tres habitaciones con un amplio salón y una pequeña terracita donde sólo habitaba un Aloe Vera. Desde luego, quienes vivimos en Madrid capital —y lo dice alguien que vive fuera de la M-30, en el barrio obrero por excelencia— tenemos ganas de tirar el dinero: pagamos mucho más por mucho menos por la fanfarronería de vivir rodeadas de teatros y cines a los que ni siquiera podemos permitirnos el lujo de entrar… Suerte de la filmoteca y los centros sociales okupados varios. Dirigió mis pasos hacia su cuarto para que dejara el macuto:

Eres la primera mujer que traigo a casa desde que me separé. Hasta ahora había ido a las de ellas o quedado fuera —sentí cómo se encogía mi estómago, complacido al cerciorarse de que por encima de la carga sexual que habíamos estado alimentando, un amor mucho más complejo estaba tomando consistencia—. Esta es mi cama y si quieres también es tuya, pero si prefieres podemos dormir en la habitación de arriba que está abuhardillada. Es donde duerme mi hija pero ahora que no está puedes escoger —me sonrió con dulzura.

¡Me encantan las habitaciones abuhardilladas! —dejé mis cosas sobre el alféizar de la ventana, al otro lado del cuarto, y me senté para probar el colchón—, pero prefiero dormir en tu cama. Además es muy cómoda y silenciosa —le respondí mientras pegaba unos saltitos comprobando el ruido que emitía de dársele buen uso, al tiempo que dejaba volar mi imaginación con el espejo de las paredes del armario que había a los pies de la misma.

Yo te las enseño y tú decides —salió del cuarto para continuar con su visita guiada personalizada escaleras arriba y yo le seguí imaginando su vida diaria en cada uno de los rincones que me enseñaba—. Y si en cualquier momento y por el motivo que sea no quieres que durmamos juntas, pese a todo lo que hayamos hablado, dímelo. Lo sabré comprender. Lo más importante para mí es nuestra amistad —se había detenido en la habitación de su hija, de mi misma edad, para clavar en mí una mirada honesta que encajé con extrañeza mientras asentía con una sonrisa que, sin yo quererlo, se volvía más traviesa a cada manifestación de incredulidad. ¿Cómo podía ni siquiera imaginar que de pronto se evaporaran todos los deseos que le había estado confiando cada noche desde hacía semanas? Sin embargo, no le faltaba razón en una cosa: habíamos generado una amistad que nos dotaba a ambas de un espacio de complicidad y confianza inestimable. Teníamos la capacidad de desnudarnos ante la otra de una forma mucho más revolucionaria de la que explotan las publicistas con sus imágenes de cuerpos erotizados y estereotipados.

Me mostró el resto y me invitó a una copita de vino en el comedor de su cocina, desde donde tantas tardes y noches me había escrito, mientras nos preparaba algo de cena. Aquel día también descubrí que es un cocinero muy diestro. Me hizo un revuelto de setas en su punto: con el huevo todavía crudo en el momento de retirar la sartén del fuego, acabando de hacerse en su propio calor previamente absorbido. Hablamos un poco de nuestras anteriores relaciones, comentamos la actualidad política centrándonos en lo que había ocurrido con la huelga de hambre de Jorge —que fue uno de los nexos con los que empezamos a establecer una amistad más cercana— y algunas decepciones que yo había tenido que encajar al respecto, de su trayectoria como sindicalista combativo —que no de carné— y de mi relativamente reciente actividad parando desahucios.

Cuando acabé de cenar, me levanté de la silla que estaba situada frente a él y me senté a su lado. Necesitaba sentirlo cerca en una sensación que mezclaba deseo y compañerismo. Compartíamos un tipo de derrotas inherentes al activismo que nos conectaba, un cierto optimismo pesimista que en su determinación vitalista hacía que nos admiráramos mutuamente. Y así seguimos hablando, jugando con nuestras manos y nuestros dedos que se entrelazaban mientras nuestras miradas trataban de no ser descubiertas en su curiosidad por nuestros labios hasta que decidí besarle. Recuerdo que le interrumpí despacio, buscando su lengua sin cerrar mis ojos. Y que no trató de volver a lo que estaba diciendo.

Le sonreí.

Me devolvió el beso, esta vez con mayor ímpetu.

Sin dejar que nuestros labios se separaran, asiéndome con una de mis manos al cuello de su camisa y ayudándome con la otra a erguirme ejerciendo fuerza contra el reposabrazos, me incorporé hacia él hasta quedar de rodillas en mi silla.

¿Vamos a la cama? —Mantenía la boca entreabierta para poder gestionar su respiración acelerada. Asentí con vehemencia y me puse de pie tendiéndole la mano.

Al entrar en su habitación le solté para atravesarla y desnudarme desde el otro lado. Mientras yo me sacaba el jersey él se desabrochaba la camisa. Sin perder un segundo, nos sentamos en la cama al tiempo para quitarnos las botas mientras nos reíamos. Me saqué los pantalones y la camiseta mientras él se desabrochaba el cinturón, y el conjunto blanco que había elegido para la ocasión mientras él se bajaba los pantalones. Todavía le quedaban los calzoncillos cuando puse una primera rodilla en su cama y me acerqué a él a gatas para acto seguido sentarme sobre mis pies. Ya estábamos las dos desnudas y él contemplaba el tercer tatuaje todavía de pie:

El dragón…

Pasó ambas manos a lo largo de mi pierna derecha siguiendo la silueta del reptil de sangre caliente grabado en mi piel. Cuando su cabeza quedó a la altura de la mía, nos miramos fijamente y empezó a subir a la cama al mismo tiempo que yo me tendía hacia atrás, manteniendo en cada movimiento la misma distancia entre las dos. Apoyó parte de su cuerpo contra el mío situándose encima de mí. Su olor me envolvió por fin. Pasé mis manos por sus brazos, por sus hombros, por su espalda. Su piel era tan suave como cálida, sus músculos estaban desarrollados. Rodeé sus piernas con las mías y las subí delicadamente acariciando su culo con mis pies hasta entrelazarlos en su cintura, atrapándolo. Me sentía completamente arropada entre sus brazos cuando sonreí en sus labios, me besó devolviéndome la sonrisa, e introdujo su mano izquierda entre las dos para coger su polla, erecta desde la cocina, e introducirla en mí. Su cuerpo no penetró en el mío, se deslizó en mi interior. Una ternura infinita se adueñó de cada uno de los poros de mi piel en un sentimiento de unión sólo comparable a las gotas de lluvia cayendo sobre la tierra. Acabábamos de empezar a conocer nuestros respectivos cuerpos y estaba nerviosa, pero al mismo tiempo me sentía invulnerable.

Aquella noche no nos corrimos. Seguíamos jugando a descubrirnos con mesura, degustamos nuestros mutuos sexos y nos separamos al cabo de casi dos horas para caer dormidas en un mismo abrazo. Con los primeros rayos de sol, me desperté boca abajo al otro lado de la cama. Me giré y ahí seguía él: mi afectuoso compañero yacía a mi lado boca arriba, con su mente lejos de allí en una plácida travesía por su subconsciente. Me incorporé sobre mis codos para observarle. Era un hombre hermoso por el que habían pasado los años con notable indulgencia. El tiempo había plateado sus cabellos y su barba pero no su vello, completamente rubio, y había dejado diferentes cicatrices en su piel que lejos de afearle le dotaban de mayor atractivo. Tenía unas facciones fuertes a juego con su corpulencia. Apoyando la cabeza sobre mi brazo izquierdo, traté de imaginar cuántas cosas habría vivido, a qué emociones respondería cada una de las señales de su edad. Me descubrí sonriendo. Pasé el dorso de mi dedo índice por su mejilla, pellizqué junto con el pulgar su barbilla de forma sutil tratando de intuir su forma, y seguí con la yema el arco de su nariz. Adoro su nariz. A la gente le gustan esas narices pequeñitas, rectas y respingonas tan aburridas, pero a mí nada me atrae tanto como una nariz grande y con personalidad. Se la mordí sin fuerza y empezó a despertarse. Le besé en los labios y me incorporé para montarme en él.

Buenos días.

Y tan buenos… —me miraba con unos ojos tan sonrientes como brillantes.

Le introduje en mí y esta vez sí me corrí. Le hice amor con tanta ternura como soltura y determinación, y no paré hasta empaparle la polla con un fortísimo orgasmo.

¡Dioses! Apenas recordaba lo que adoro estar encima —con una amplia sonrisa respondí a su pregunta de si me gustaba más estar arriba o abajo que me había hecho hacía tiempo por medio de la mensajería instantánea y que entonces contesté de forma indiferente. Me encanta todo el sexo, pero no puedo negarle el morbo al control y la búsqueda de mi propio placer. Aunque tampoco a que se apoderen de mí en una situación de respeto mutuo y desbordante confianza.

Sin ninguna prisa ni reparo, volví a empezar hasta correrme de nuevo. Gemí, y esta vez @moterorojo me cogió de la cadera para situarse sobre mí sin separarnos en un giro sumamente limpio. Me reí, tan impresionada como encantada.

¿Quieres que me ponga un condón? —antes de que quedáramos le había encargado la compra de preservativos.

Sí, quiero que te pongas un condón y que te corras estando dentro de mí. Quiero que te corras directamente dentro de mí, pero no creo que sea una buena idea —aguanté la risa mordiéndome el labio y me devolvió un beso y una sonrisa. Salió de mí para inclinarse en su mesita de noche, alcanzó un preservativo, y se lo puso mientras yo lo observaba, tratando de registrar en mi memoria cada curva de su cuerpo.

Nos levantamos tardísimo y nos metimos en la ducha. Apenas cabíamos pero lejos de importarnos, aprovechamos para seguir frotándonos, mordiéndonos y abrazándonos mientras a duras penas conseguíamos enjabonarnos. Desayunamos un poco y coincidimos en salir a dar una vuelta, ya que de lo contrario nos olíamos que no saldríamos de entre las sábanas hasta el día siguiente.

Me enseñó la pequeña ciudad en la que vive en un paseo junto al río hasta una de las avenidas que llegan al centro. Cerca de la estación, pedimos unos dobles y nos tomamos unas tapas. En mi caso debieron ser unas patatas bravas o unos pimientos de padrón, para variar. Ya se sabe que la sociedad española todavía no tiene muy en cuenta a vegetarianas y veganas. Era una mañana soleada, y yo aproveché para ponerme una minifalda con unas bragas liguero para sujetarme las medias de la forma más sensual posible. @moterorojo quería meterme mano, pero delante de la gente se cohibía y sólo me lo decía. Cuando estuvimos de vuelta en su casa, apenas hora y media más tarde, me elevó para sentarme en la mesa de su cocina y empezamos a comernos a besos sin darnos tiempo ni a dejar las cosas, como las carteras o las llaves, en la entrada.

¿Una siesta? —me consultó con un gesto serio preparado.

¡Por favor! —puse mis manos en sus hombros y salté de nuevo al suelo para volver a su cama.

Alrededor de las tres de la tarde enredó su cuerpo en el mío. No pasó mucho tiempo cuando ejerciendo fuerza —¡me gusta tanto forcejear con él cuando estamos sobre un colchón!— volví a situarme sobr él y agarré sus muñecas con mis manos sobre su cabeza.

¿Te gusta, comunista? —mi eterna fantasía de una ácrata en brazos de un comunista, aunque la edad le hubiese vuelto más libertario que a mí misma, se hacía efectiva por primera vez en aquel momento.

Sigue, anarquista…

No sé cuánto tiempo pudimos estar así, sólo sé que cuando levanté la vista para mirar la hora ante la tenue luz natural que quedaba ya eran las siete. Yo sí me corrí, él me concedió todo el tiempo que deseé a cambio de no hacerlo.

No sabíamos estar separadas. Nos levantamos para preparar algo de cena y luego nos sentamos en el sofá del salón a ver la Sexta Noche. Siempre los gilipollas de Inda y Marhuenda en el plató. @moterorojo imitaba muy bien a este último, y mientras que desde la pantalla me estaban aburriendo él volvía a hacerme reír. Me puse de rodillas en el sofá y le miré fijamente. Él, por su parte, fingió no darse cuenta. Yo no me moví, y él me miró un milisegundo de reojo.

¿No pretenderás abusar de mí? No se me va a levantar.

¡Oh! Claro que lo hará…

Me senté sobre él, tapándole justo la parte del campo de visión con el que estaba viendo la tele. Él hizo como si no fuera consigo y se inclinó levemente hacia su derecha para poder seguir viendo.

No pienso dejar que se levante, no hay nada que puedas hacer.

Ya lo veremos…

Desabroché su camisa despacio, besé su cuello, y dejé que mi lengua jugara con su pezón derecho antes de que mis labios lo envolvieran. Mientras tanto, acariciaba su hombro y costado izquierdos con el tacto casi imperceptible de los dedos de mi mano derecha. No había pasado ni un minuto cuando sentí su paquete endurecido contra mi sexo. Había dejado de mirar la tele, sus ojos observaban ahora los míos en una combinación en la que sentí que se mezclaban afecto y fascinación. Mis bragas estaban mojadas y sólo nos separaban sus tejanos. Cuando empecé a soltarle el cinturón no opuso ninguna resistencia. Permaneció quieto contemplando cómo desabotonaba sus botones, le sacaba las botas y le bajaba los pantalones. Le saqué los calcetines, los calzoncillos y la camisa, me saqué las bragas y le monté dejándome la falda. Él me desabrochó el sujetador, me sacó la camiseta y acarició mis tetas y mi vientre mientras yo me movía arriba y abajo con una mano apoyada en su hombro y la otra en el respaldo del sofá. Buscó mi lengua con la suya y me ayudó a llegar al orgasmo sin premura.

Creo que nos vamos a ir a la cama.

Creo que sí —me incorporé despacio y puse los pies en el suelo. Fui a lavarme los dientes medio desnuda y al llegar a su habitación me saqué las botas, las medias y la falda y me tumbé en la cama.

Ni qué decir que seguimos haciéndonos el amor hasta quedar empapados de nuestros propios y mutuos fluidos y exhaustos. Cuando entró en la habitación, ya sin ropa, se dedicó a besar despacito cada uno de los rincones de mi piel hasta detenerse en mi sexo, donde estuvo recreándose con suaves movimientos de su lengua sobre mi clítoris y alrededor de mis labios menores hasta que me corrí en su boca. La primera noche no había conseguido dejarme llevar, y aunque se trataba de la segunda, ya había aprehendido gran parte de la sensibilidad de mi cuerpo. También esta vez quise yo llevarle hasta el final con mi boca y no quedarme en una mera degustación de sus genitales. Acaricié sus testículos con mi lengua, haciéndolos oscilar en ella, y trepé por el tronco de su miembro hasta la zona del frenillo, que rocé circularmente con la punta de mi lengua durante algo más de un minuto para, sin previo aviso, introducir todo su glande entre mis labios, metiéndolo dentro de mi boca pero sin profundizar. Fue un movimiento breve para humedecerlo y dejarlo al aire para observar cómo se hinchaba y se volvía deshinchar como un palpito. La siguiente vez me metí toda su polla en la boca. Deslizaba mis labios arriba y abajo con ayuda de mi mano derecha.

Me voy a correr…

Córrete —le hablé desde el término de su glande, dulce del líquido preseminal, y me la volví a introducir envolviéndola con mi lengua en un movimiento en espiral. Quería sentir su semen en mi lengua, conocer su sabor, tragarme una parte de él. Le costó, seguramente por reparos que se van adquiriendo de otros encuentros sexuales, pero finalmente no me decepcionó.

A la mañana siguiente era él quien me observaba. Todavía en duermevela, sentí cómo se elevaba la sábana sobre mi espalda: @moterorojo acababa de levantarla para verme yaciendo desnuda a su lado. A los cinco segundos, volvió a dejarla caer sobre mí y me giré hacia él sin moverme.

Buenos días…

Buenos días, preciosa —se acercó a darme un beso y me giré para abrazarle.

Poco a poco, se fue situando sobre mí. Pasó su mano por mi sexo, ya mojado, sin sorprenderse esta vez:

Siempre estás mojadísima.

Contigo al lado, sí. Debo percibir tu olor y excitarme instintivamente —le sonreí mientras entraba en mi interior. Me hizo el amor muy lentamente mientras me besaba el cuello. Llegado determinado momento, salió de mí y lamió mis pezones con calma, observando cómo se ponía duro primero uno, luego el otro. Mordisqueó mi vientre, y volvió a enterrar su nariz entre mis piernas. Le sentí aspirar, seguido del tacto húmedo y cálido de su lengua que también endureció mi clítoris. Le cogí del pelo con ambas manos, sin hacer fuerza, e intuí los movimientos de su cabeza con los que acompañaba el compás uniforme de su lengua. De vez en cuando, recogía con ella mis flujos para reanudar su marcha, cada vez más escurridiza y vibrante. Volví a empaparle, y cuando se incorporó le besé efusivamente para probarme a mí misma de su boca. Le tumbé y me senté sobre él, dejando que su miembro resbalase solo en mi interior.

Tu polla es como el zapatito de cristal de mi vagina, ¿te has fijado? Es perfecta. Va justo desde el principio hasta el final de ella.

Me han dicho muchas cosas, pero nunca algo así —me dedicó una amplia sonrisa acompañada de una mirada límpida.

Aquella mañana conseguimos levantarnos un poco antes. Estábamos desayunando y todavía no teníamos claros nuestros planes cuando le escribió su amiga y ex-compañera para decirle que iba a ir a buscar unas cosas.

Seguro que te caerá muy bien, es una tía muy maja. No obstante… —guardó silencio sopesando opciones, y me propuso salir con la moto—. Creo que estamos mejor a nuestro aire, ¿conoces San Lorenzo del Escorial? ¿Quieres que vayamos?

Cualquier cosa me parece genial, tanto quedarnos aquí como escaparnos. Ya sabes que no conozco nada de la Sierra —mojé mi galleta en el té y aguardé una resolución por su parte.

Vale, entonces nos vamos al Escorial.

El paseo hasta San Lorenzo del Escorial lo llevo grabado en mis retinas. Me sentía tan bien, tan libre a la par que amada, tan intrépida en un lugar en el que nadie a excepción de Lupe sabía que estaba, que lo recorrí con los ojos bien abiertos para no perder detalle. Observaba las carreteras con sus paredes secas a los lados, sus prados, las montañas de fondo. Inhalaba cada uno de los olores que se mezclaban con el de @moterorojo, que conducía su moto con esa envidiable soltura que solo da la experiencia de los años. Esta vez sí había rodeado su cintura con mis brazos, y además jugaba con mis manos sobre su paquete tímidamente, evitando excitarlo de verdad y distraerlo.

Cuando llegamos allí todavía era pronto, y en tanto que no es un lugar muy grande, me propuso entrar en el Monasterio del Escorial para hacer tiempo hasta la hora de comer. Acepté de buen grado, y me fue guiando de cuadro en cuadro por el interior del museo contándome su historia, a cada cual más extravagante. Hasta que me di cuenta de que me estaba tomando el pelo, pudimos haber visto unos ocho o nueve.

¡Te lo estás inventando! —aunque trató de mantener su compostura seria, me miró con una sonrisa difícil de disimular. Le dediqué mi mejor gesto de indignación y rompí a reír.

Pasamos de sala en sala escabulléndonos de la gente y dedicándoles nuestros secretos y ardientes morreos a las cámaras de seguridad, que no nos dejaban la más mínima intimidad. Alguna vez nos pillaba alguna persona y entonces seguíamos nuestro camino como si no hubiese pasado nada, dedicándonos algún que otro guiño de reojo.

Al salir de allí me llevó hasta la plaza de la Constitución desde donde callejeamos buscando un sitio para comer algo huyendo de un relaciones públicas de la Cruz Roja que se había entusiasmado con nosotras gracias a la conversación que empezó a darle inocentemente @moterorojo, que en su día estuvo en las juventudes de la misma. Finalmente, encontramos una terracita en la plaza de le Cruz y nos pusimos a hablar de nuestros más recientes “amoríos”, algunos de los cuales todavía coleaban. Probablemente, eso se debió a la casualidad de que nos escribieron a ambas mientras compartíamos la comida. En tanto que llevábamos meses, en algunas cuestiones incluso años, comentándonos muchas de las cosas que nos pasaban, no teníamos que empezar a explicar cada una desde cero. Sencillamente, las seguíamos desde donde estaban.

Es Diego, que me dice de ir a tomar algo esta noche.

Por lo que me has comentado, creo que le gustas —me miró con complicidad.

¡Uy! No sé… Él a mí sí me gustaba hace unos meses —me reí.

¿Y ya no?

No sé, no tanto —me encogí de hombros manteniendo su mirada—. Quedaremos en el barrio, como siempre, y seguramente acabemos en el Achuri para variar. Te iré contando —le pasé un pie por una de sus piernas mientras me mordía el labio.

Después de comer fuimos a hacer un té y un café y emprendimos el camino de regreso a su casa para recoger mis cosas y que me llevara de vuelta a la mía. Ya era domingo, ¡había pasado todo tan rápido! Todavía recuerdo que, cuando estábamos acercándonos a mi piso, calle Santa María de la Cabeza abajo, veía el reflejo de su sonrisa, del todo imborrable, en el salpicadero de su moto. También recuerdo que me emocionó. Cuando paró y bajamos para coger mis cosas y despedirnos, justo donde había ido a recogerme dos días antes, le di un beso largo y húmedo que no vio venir.

¡Estela! —miró a su alrededor en un gesto que quería transmitirme que podían vernos y me reí.

Ha sido un fin de semana fantástico. Hasta la vista —le dediqué una sonrisa pícara, me giré y eché a andar—.

Pero volveremos a vernos, ¿no? —me di la vuelta sin dejar de caminar y le miré durante un momento, todavía sonriente.

No le dije nada.

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