De Madrid al GNV

Nota: En esta primera etapa gastamos alrededor de 80 euros en gasolina y 20 en comida de los alrededor de 130 euros al día que tenemos presupuestados en total para ambas.


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Es sábado y son las 6 de la mañana cuando suena el despertador. Para algunas personas, las vacaciones son sinónimo de descanso… pero para quienes viajamos en moto, son sinónimo de aventura. Con todo lo que ello conlleva.

He pasado la última semana estudiando guías, prácticamente desde que me levantaba hasta que me acostaba. Pero no solamente guías de ciudades, sino guías de carreteras, distintos tipos de mapas tratando de hacerme a la idea de la geografía por la que tenemos pensado pasar. Y que lleguemos a pasar, ya es otra historia. Un viaje en moto tiene esa inherente contradicción: necesita muchísima preparación y finalmente es todo improvisación. La climatología, junto con posibles imprevistos mecánicos, así como la propia libertad de quien dirige la máquina, hacen que el camino sea siempre una incógnita. Y sin embargo, o precisamente por ello, conocer el terreno, en el sentido amplio, para poder trazar alternativas una vez se está ya en ruta, se vuelve indispensable.

Son las 6:10 de mañana y estoy muerta de sueño mientras oigo caer el agua de la ducha. @moterorojo se ha adelantado en un bonito gesto para dejarme dormir unos minutos más. Sabe, ya que también lo ha experimentado, que Guillermito ha pasado la noche tratando de dormir en mi cuello en busca de calor siendo yo incapaz de conciliar el sueño. Vinimos ayer a dejar a Carboncito con Aida y Oscar, y a cuidar también por un día de sus gatas mientras estaban fuera.

Ahora que sé seguro que Guillermito estará curioseando el agua de la ducha, puedo aprovechar para dejarme ir un poquito más antes de que comience la Odisea… @moterorojo también se ha pasado estas dos últimas semanas, coincidiendo con el inicio de sus vacaciones, trabajando en el viaje. De hecho, y tras los últimos itinerarios trazados por mí, convenimos que fuera él quien se encargara, principalmente, de analizar y esbozar esta ruta. Y a esto se ha sumado una nueva concepción de viaje en la que llevamos un tiempo pensando: una que, manteniendo la carretera como espacio de tránsito principal, pueda ampliarse a pistas donde el terreno no esté asfaltado. No por un interés en el offroad, sino por evitar algunos rodeos para poder llegar a algunos sitios concretos para los que no existe otra vía, y dejar de paso de pagar por dormir en sitios habilitados para ello para pasar a hacerlo tirándonos en cualquier rincón. En este nuevo reto, @moterorojo ha estado buscando la GS de segunda mano para la que llevaba varios años ahorrando y ha dado con ella, con toda la burocracia pertinente a la que también se le ha sumado el estudio de una equipación más propia de acampada que de las casas varias de las lugareñas de cada destino y algún que otro hotel –algo que siempre resulta complejo hacer entrar en presupuesto aunque, por qué no decirlo, ¡personalmente es algo que no se me da nada mal!– En definitiva: el descanso es algo que desapareció de la ecuación desde el minuto uno.

Ya son las 06:15 de la mañana y no me he vuelto a dormir pensando en el viaje que estamos a punto de empezar. O de continuar, según se mire. En cierto momento, pensamos en llevar los sacos y la tienda para probar, pero sólo para casos excepcionales puesto que la ruta la hemos trazado con destinos urbanos. Finalmente, y dado todo el peso y el espacio que añaden como equipaje para ser únicamente un recurso probable, desechamos la idea dejándola para el siguiente periplo: este todavía será con la RT y las ruedas de carreteras de Mušḫu. Quizás al regreso le ponga las mixtas, y para entonces la GS ya estará lista.

Veo que @moterorojo sale del baño. Ya me estoy retrasando. Me pongo de pie de un salto y me dirijo a la ducha. Me detiene en mi corto camino y me da un beso:

Buenos días.

Buenos días… –me abrazo a él cerrando los ojos para ganar un segundo más a mi favor.

Al salir de la ducha tengo un té preparado. Le pregunto si no quiere comer nada, y ante su negativa alcanzo una rebanada de pan de molde que encuentro en la estantería que cumple su función de despensa en la cocina. Recojo la arena y doy de comer a las cuatro felinas de tres bolsas de comida distinta por las que ellas no se hacen lío alguno; al contrario, se disputan sus puestos y tiempos de comida para probar un poco de cada una de ellas. Intento que al menos dejen comer al pequeño Guillermito de su comida blanda, pero Carbón le mira con cierta envidia y Justin mueve el rabo desde la puerta de la cocina listo para quitarle el puesto adelantándose a cualquiera en cuanto acabe. De Guajira ni rastro. Opto por dejarles hacer y me traslado al salón, donde desayunamos rápido antes de recoger las cosas y marcharnos.

Tengo sueño –protesto, y él pellizca suavemente mi mentón mientras me dedica una sonrisa.

¿A qué hora teníamos que estar en el puerto?

Ahora miso no me acuerdo, pero alrededor de las siete me parece –echo una ojeada al móvil para ver si he hecho alguna foto del billete–. Al llegar a casa lo miramos.

Vamos bien de tiempo.

Sí, sí. Aunque tampoco creas que nos sobra si queremos ir tranquilas y parar por ahí.

Fuera hace frío. De hecho, el rocío del prado y el que hay sobre el coche parece poco menos que escarcha. Ayer por la noche estuve aquí mismo hablando por teléfono con mi tía en manga corta. Enciendo el motor y evito poner la calefacción porque para los cinco o diez minutos que tenemos a casa de @moterorojo donde están las motos el aire no va a llegar a salir caliente. Aparco en su puerta, y hacemos una incursión rápida para cambiarnos y recoger las cosas ya preparadas en el pasillo y bajarlas a las motos. Ayer ya dejamos preparado un sistema de riego automático para las plantas, consistente en unas simples campanas hechas con botellas de plástico para que los brotes beban el agua en ellas condensada, y unos conos dosificadores para regular las botellas colocadas boca abajo en los tiestos de las plantas más grandes junto con agua gelificada en la tierra para asegurar su humedad en el paso de los días. Hay una tomatera con flores y me ilusiona la idea de encontrar un par de tomates a la vuelta.

Una vez cargadas las máquinas, las subimos a la calle y en su lugar introduzco el coche. Va a ser un viaje de dos semanas y mejor que esté en el garaje comunal que en mitad de la calle. En mi querido barrio vallekano lo dejo a menudo, pero ese es otro cantar… el abandono va a juego con su paisaje.

La R1200RT de @moterorojo lleva la maleta lateral derecha cargada con la comida, equilibrada con parte del espacio de su top-case donde además lleva herramientas, un pequeño pero completo botiquín y su chubasquero, entre otros menesteres. En la maleta izquierda lleva la mochila con la ropa. El neceser y otros objetos más cotidianos reposan espaciosamente en su bolsa de depósito, a diferencia de la mía que va apretujada. Y es que mi chubasquero va en ella junto con un par de guías de los países a los que nos dirigimos –concretamente del norte de Italia y de Croacia, porque no he conseguido dar con ninguna guía de Bosnia y Herzegovina– junto a otras cosas que se suelen llevar a mano, y es bastante más pequeña. Como toda Mušḫuššu. En mis maletas, también de menor tamaño, va la ropa repartida con el neceser y unas deportivas. Y detrás, atada con cinchas a la parrilla, una gran bolsa repleta de todo lo relacionado con una cocina de emergencia campestre y sus conservas, así como un segundo pantalón de moto por si tuviera frío y un calzado extra, en este caso de @moterorojo. Antes de partir, cojo la carpeta archivadora de la bolsa de depósito de la RT y compruebo la hora a la que sale nuestro barco:

Zarpamos a las nueve y media con lo que deberíamos estar ahí a las siete y media –miro el reloj y veo que son las nueve y veinte.

¡Entonces vamos sobradas de tiempo!

No vamos mal –le veo muy convencido, pero a mí me gusta mucho parar. Guardo la carpeta y me pongo el caso mientras él monta en su máquina, ya en marcha.

Pasa tú delante y si quiero parar ya te adelanto. Y para cuando quieras.

Claro –le guiño un ojo antes de bajarme las gafas de sol integradas en el casco, ya sobre Mušḫu, y me pongo en camino. No tardo en perderle de vista por los espejos retrovisores y me detengo antes de alcanzar la incorporación a la A-6. La última vez que salimos de ruta temprano e iba igual de dormida me pasé el acceso al carril central y nos comimos uno de esos atascos matinales. Aunque hoy es sábado, prefiero tenerle cerca para secundarme mientras yo me pierdo despreocupadamente en mis ensoñaciones. Veo un camión grande por el retrovisor y entonces unas luces que lo adelantan. A estas horas pocos vehículos aparte de las motos las llevan encendidas. Una vez lo tengo lo suficientemente cerca, veo que me hace un gesto con la cabeza para que siga e iniciamos nuestra primera etapa.

Sin mucho tráfico, no tardamos en atravesar la Comunidad de Madrid y llegar a la provincia de Guadalajara. Mi idea principal era conducir de un tirón hasta pasar Medinaceli, en Soria, como otras veces, pero tengo los dedos congelados. Y hambre. Lo que me sorprende es que no me haya adelantado antes @moterorojo para parar a picar algo, teniendo en cuenta que lleva despierto desde las 6, son casi las 11, y todavía no ha desayunado. Veo un área de servicio de estas que tienen un número, como las del resto de la zona, pero la descarto por haber demasiados coches y pongo el intermitente para dirigirme a la siguiente, la 112, observando detenidamente por el retrovisor hasta que mi compañero lo enciende también. Nos desviamos y aparcamos cerca de una cristalera del bar.

Joder, ¡qué frío!

Pues yo voy muy bien –aunque es muchísimo más caluroso que yo, me entran dudas al comprobar en el termómetro de mi moto que estamos a 12ºC y me acerco sin disimulo para llevar la mano al puño calefactado derecho de su RT. Está caliente.

¡Así cualquiera! –se ríe mientras busca algo en su top-case.

¿Los quieres? Tienes que hacerte con unos guantes de invierno como estos.

Sí, creo que me vendrán bien. Pero si los necesitas no dudes en pedírmelos –le digo a sabiendas de que no lo hará mientras los meto en mi casco y le acerco los míos para que los guarde.

No te preocupes.

Cuando entramos en la cafetería hay una cola inmensa, no me lo puedo creer. Cruzamos una mirada de fastidio y nos volvemos hacia la ventana comprendiendo lo que acaba de pasar: un autobús repleto acaba de parar para que la gente que quiera baje a desayunar. Dentro de lo malo, el servicio está desbordado y se les pasa cobrarme parte del que se convierte en mi segundo desayuno antes de volver a la carretera.

A medida que avanzan las horas, empieza a notarse una subida de la temperatura que llega hasta un punto ideal para la conducción con 19ºC. Tras recorrer unos 30 kilómetros en depósito, y con tal de no arriesgar a llevarme un susto comprobando la autonomía de Mušḫuššu mucho más allá, me desvío en la primera gasolinera que veo indicada una vez que dejamos atrás las provincias de Guadalajara y de Soria. Por una de esas casualidades de la vida, se trata de la misma que escogió @moterorojo para hacer una parada de emergencia cuando, camino a Menorca la última vez, empezaron a escocerle y llorarle los ojos. Es muy probable que queriendo no volvamos a encontrarla ya que tampoco está a la vista desde la autovía.

¿Tú no vas a poner gasolina? –muevo el surtidor Sin Plomo 95 a unos centímetros del depósito de Mušḫu para aprovechar las últimas gotas antes de colgarlo mientras mi compañero se saca el casco en el aparcamiento, a unos 10 metros de donde me encuentro, en el mismo sitio donde paramos aquel caluroso día de finales de primavera en el que pareció tener una leve reacción alérgica.

Todavía tengo autonomía para unos cuantos kilómetros –le miro escéptica, recordando que más o menos solemos recargar al tiempo aunque ciertamente su depósito tenga algo más de capacidad–. ¿Quieres agua?

Voy a entrar a comprar otra botella.

Cuando retomamos el camino, no alcanzamos los 100 kilómetros antes de que me adelante con un gesto de sus dedos pulgar, índice y corazón señalando el depósito de su moto. ¡Lo sabía!

Aún tengo bastante autonomía, pero me acaba de salir el indicador y prefiero repostar.

Le devuelvo una sonrisa cabrona.

Si quieres paramos a comer en el bufé libre de la otra vez, por aquí no se me ocurre ningún otro sitio en el que no tengas problemas para poder comer algo vegano.

Pero es muy pronto, ¿no? –me aventuro a decir mientras pongo el contacto para ver la hora, las dos motos paradas en fila en una gasolinera casi desierta del cinturón de Zaragoza–. No son ni la 1, casi mejor nos montamos un pícnic en cualquier parte.

No sé si vamos a tener muchos sitios ahora que nos desviamos por la nacional para atravesar Monegros –cierra el depósito con la llave y se mete la otra mano en el bolsillo de la chupa en busca de la cartera–. Aunque hay un sitio al inicio en el que creo que podríamos parar.

Al poco de tomar el desvío por la N-II con el fin de evitar el peaje de la autopista, desacelero y observo por el retrovisor. Pasamos cerca del primer restaurante, que está atestado de camiones. Al no obtener ninguna señal como respuesta retomo la marcha a un ritmo ligero, no muy rápido. Aunque no es un día excesivamente caluroso, tampoco hace mal tiempo y aprovecho la limitación de velocidad de la zona para abrir el casco modular y sentir el aire fresco en la cara. No pasan cinco minutos cuando @moterorojo me adelanta, y a los pocos metros, se mete en un área de descanso muy mal conservada, llena de baches convertidos en charcos y gravilla.

Área de descanso de la N-II a su paso por los Monegros.

Paramos las motos bajo la sombra de un árbol, a unos metros del único coche que nos acompaña, y me acerco a observar las vistas que se abren tras un pequeño montículo de tierra que desde el aparcamiento oculta el horizonte: estamos en la ribera del río Ebro, a tan sólo unos metros del agua en una zona algo más elevada que sin lugar a dudas se usa de picadero con la prostitución de la zona. Mientras aprovecho para hacer un pis entre unos matorrales, convengo que podemos desplazarnos un poco para estrenar el camping gas.

Río Ebro. Los Monegros.

Ahí detrás está el río, podemos acercarnos un poco para montar el pícnic –me saco el casco mientras bajo la cuesta y lo dejo sobre la RT. @moterorojo está sacando las bolsas en las que llevamos parte de la comida que apartamos para tener a mano–. ¿Compraste pan?

Veo en su mirada comprometida que no, y me río.

Oye, que podemos comer sin pan, ¿eh? Tú puedes hacerte la lata de fabada y…

¿Fabada sin pan? –me corta con fingida indignación–. ¡Ni hablar!

Sin poder parar de reír cuando me dice que anote este “desastre” en mi diario de viaje, trato de persuadirle de que nos quedemos mientras se maldice teatralmente por haber comprado dos latas de cerveza y haberse olvidado del pan. Y así es como acabamos en el kilómetro 381 de la N-II compartiendo unas rebanadas de pan con condimentos varios –que en mi caso consisten en un chorizo vegetal picante y un no-queso en lonchas rollo semicurado–, unas patatas de bolsa y dos cervezas, en las escaleras del viejo restaurante «El Ciervo» que se ha convertido en uno más de los establecimientos fantasma de la zona.

Antiguo restaurante «El Ciervo» en el kilómetro 381 de la N-II. Los Monegros.

Es un paisaje desolador. El viento sopla con fuerza. De hecho, oigo un estruendo tal que siento con un respingo que el inmenso poste de CEPSA que indica la entrada a la estación de servicio se viene sobre nuestras motos y nosotras mismas cuando descubro un coche parado y veo a su conductor salir del mismo para rodearlo echándole una ojeada. No tardamos en descubrir que le han estallado las dos ruedas del lado derecho al colisionar con un bordillo que no había visto.

¡50 años con Mapfre y nunca me había pasado nada! –llega irritado hasta donde estamos para observar que es un restaurante abandonado, y sigue hacia la gasolinera–. ¡Y ahora con la cosa más tonta, buscando un restaurante para comer!

El té posterior lo hacemos ya en la Panadella, a medio camino entre Lleida y Barcelona aprovechando el tiempo que nos queda para pasarlo en un lugar más acogedor que el puerto en la pesada espera del embarque. Dejamos las motos en la entrada del bar que hay justo pasada la gasolinera. Al salir, hay dos moteros más. Y por cosas misteriosas que a veces le ocurren a una en este mundo tan machista de la motocicleta, sólo saludan a mi compañero cuando estamos ya junto a nuestras respectivas máquinas.

Les impones.

Sí, ya.

Mientras recorro los últimos tramos de la A-2, recuerdo tantas otras veces que he pasado por ahí, en tan distintos contextos. Recuerdo la primera vez que volví de Salamanca en coche con mi madre, adelantando a tantos otros vehículos con una soltura nueva para ella cuando todavía llevaba pocos meses de carné. También cuando me llevé a mi mejor amiga de la universidad a Menorca, cómo atravesamos tantos pueblos por nacionales cantando a viva voz canciones como la del Rey León con las ventanas bajadas riéndonos de nosotras mismas y las paisanas que se volvían. En aquella ocasión, el viaje desde Salamanca se me hizo interminable, y recuerdo que los últimos tramos los hicimos ya de noche pese a ser junio, y que próximas a la ciudad condal empezó a sonar el impresionante dúo de Freddie Mercury y Montserrat Caballé en la radio para darnos la bienvenida antes de reencontrarme, cinco años después, con el que fue mi primer amor. La otra imagen que me viene a la mente es mi último regreso en solitario en carro, cuando le detectaron el cáncer terminal a mi madre. Recuerdo cómo en los últimos tramos iba echando la vista hacia mi izquierda sin poder apartarla de los Pirineos que se dibujaban al fondo en un día despejado, siguiendo con la mirada todas las indicaciones de los desvíos hacia localidades como Monzón que me recordaban a un tiempo a la primera ruta que hice como copiloto con @moterorojo a Jaca, atravesando Euskadi, apenas unos días antes de aquel demoledor retorno, y a Inés y la alegría con Jesús y su plan de reconquista. Aquel fue el primer libro que me regaló @moterorojo, uno de los más bonitos que he leído, y nos acompañó a mi hermana y a mí a lo largo de aquellos meses difíciles. A mamá le hubiera encantado, y aunque mi idea era que le acompañara también a ella ya era tarde: la metástasis en el cerebro le impedía seguir el hilo de lo que leía, después de toda una vida devorando libros, y escribir. Ese fue para mí el signo inequívoco del principio de un fin inminente. Recuerdo que en aquel viaje estaba presa del pánico: tenía un miedo atroz de volver a Menorca, de enfrentarme a lo inevitable, y sentía unas fuerzas irracionales de desviarme en cualquiera de aquellas direcciones. Desde entonces no he vuelto a llevar el coche a Menorca; ahí se acabó mi vida nómada de estudiante para pasar a establecerme en la capital.

Cuando estamos próximas a la capital catalana, empiezan a formarse caravanas. Por suerte para nosotras, casi toda la congestión se dirige a poblaciones del cinturón de la metrópolis y el acceso a la Ronda Litoral, hasta casi el propio puerto, disfruta de un ritmo ágil. Esta vez viajamos con la que para nosotras es una nueva compañía naviera, GNV, y vamos con dudas sobre la ubicación exacta de la estación marítima a la que tenemos que dirigirnos, que finalmente queda más adelante de la que usan las empresas Transmediterranea o Grimaldi en esa misma calle –o mejor dicho, carretera–. Cuando llegamos al aparcamiento está hasta los topes, con una gran cantidad de motos que, para variar, en su gran mayoría son GS. Me pregunto para mis adentros si yo también acabaré, algún día, con una de esas.

Una vez efectuado el check-in, nos dirigimos hacia el aparcamiento de embarque donde la Guardia Civil se encuentra realizando numerosos y sendos registros a los coches, en su mayoría con pasajeros marroquíes –GNV conecta con Tánger– un mes después de los atentados de Barcelona. Cuando llega nuestro turno, nos hacen pasar sin detenernos. La normalización de esa presunción de culpabilidad e inocencia cada vez mayor por cuestiones de nacionalidad, cultura o religión se me atraganta. Aunque no será mejor la imagen de retorno con las UIP desplegadas por el puerto con sus subfusiles tras la jornada del 1-O.

Ya en el parking, descubrimos que casi todas las GS son de moteros italianos que parecen estar viajando en grupo. Regresando en grupo. Los días empiezan a acortarse pero todavía son largos, y disfrutamos de una temperatura ambiente agradable que ronda los 22ºC en contraste con el frío que de pronto parecía haberse apoderado de Madrid. Apenas hay mujeres. De hecho, la única que veo es eslovena y viaja de copiloto. Mi compañero se para hablar con ellas un rato, aunque aparte de esloveno sólo hablan alemán. De cualquier modo se entienden, y me comenta que vienen de hacer un viaje por España y que también están de vuelta a su tierra. Salvo por algunos españoles que vemos que se incorporan a la cola de espera al final, somos las únicas que están iniciando su viaje. Ventajas de salir a finales de septiembre, cuando la gente acaba de disfrutar de sus vacaciones en los meses de mayor calor del año que tan complejos resultan siempre para viajar en moto con todo el equipamiento.

Esperando para embarcar con GNV en el puerto de Barcelona.

Con una media hora de retraso, por fin nos hacen encender los motores y dirigirnos hacia la entrada del buque. En determinado punto del puerto, un chico está repartiendo propaganda del restaurante del GNV. Veo como da las octavillas en mano a cada uno de los moteros que tengo delante, parados porque un poco más allá están comprobando los billetes. Sin embargo, cuando llega a mi altura, abre una de las cremalleras de mi bolsa de depósito y las mete dentro. Me quedo con esa sensación entre querer decir algo y valorar para qué, de mala hostia. Me viene a la cabeza cuando viajando sola por Galicia un trabajador de una gasolinera insistió en ayudarme, aunque no se lo pidiera, a desenganchar la bolsa de depósito. ¡A desenganchar la bolsa de depósito! Llevaba tienda de campaña, saco, las maletas cargadas por encima de sus posibilidades… Todo un equipamiento que saltaba a la vista y que era obvio que montaba y desmontaba sola, pero no vaya a ser que la damisela tenga que hacer algo habiendo un hombre presente… Ahí estaba mi salvador, el increíble príncipe azul tratando de desenganchar, sin conseguirlo, mi bolsa de depósito mientras yo lo observaba mordiéndome el carrillo derecho formando un hoyuelo en mi mejilla, atrapada entre sentimientos de consternación y socarronería.

En la cola para embarcar había unos españoles preocupados por la rampa de acceso al garaje, como suele ser habitual, pero en esta ocasión nos hacen aparcar las motos en el principal sin necesidad de subir nivel alguno. Cogemos lo imprescindible y sin olvidar nada a la vista dejamos las motos atrás, sin bloquear el manillar para que puedan maniobrar con ellas a la hora de atarlas. Subimos hasta recepción, y un botones nos guía con nuestras tarjetas de la habitación en la mano por unos pasillos tan estrechos como interminables a lo largo del barco. En algún momento le coge una maleta a @moterorojo pese a sus negativas. Hay muchísimas personas sentadas en el suelo, aparentemente durmiendo allí. Nos abre la puerta a una cajita de cerillas y deja el bulto sobre una de las cama mientras rebuscamos monedas en nuestras carteras. Cuando sale de allí, @moterorojo cierra la puerta con pestillo tras ver que parece haber sido forzada. Todo apunta a que será una travesía entretenida.

Lo primero, es que pese habernos hecho con unos botecitos de champú y gel la mar de prácticos para el viaje en tamaño reducido nos los hemos dejado en las motos y en el pequeño baño de la cajita de cerillas no hay. Sí encontramos, no obstante, un par de pastillitas de jabón. Con eso y una muestra de champú de algún hotel que @moterorojo encuentra en su neceser nos apañamos. Y es que aunque todo es minúsculo y tan inhóspito como en cualquier navío, el agua sale a una temperatura cálida de lo más agradable que, pese al balanceo del mar, me proporciona una ducha de lo más gratificante. Sin embargo, no puedo evitar acordarme de aquel baño gigante de la “suite” del Grimaldi que le regalé en el viaje que hicimos de vuelta de Italia después de llegar conduciendo hasta Roma atravesando los Alpes suizos: aunque no dejaba de ser la habitación de un barco, con todo lo que ello conlleva, era espaciosa con una cama de matrimonio y una ducha de hidromasaje en un amplio baño que acabamos inundando sin querer, ocupadas en proporcionarnos mutuo placer como estábamos.

Cuando salgo de la ducha con mi toalla enrollada alrededor del cuerpo y habiendo conseguido muy orgullosa de mí misma no encharcarlo esta vez, miro a mi alrededor: dos camas de poco más de medio metro desplegadas y separadas entre sí por una mesilla bajo una ventana, y otra más plegada sobre la que queda a mano izquierda, ocupan dos tercios de la cajita de cerillas. En el restante, el baño que queda situado también a la izquierda tomando como referencia la entrada y un armario a la derecha acaban de completar el pequeño habitáculo. Con @moterorojo sentado en la cama derecha ya sin camiseta y nuestras pertenencias desplegadas por el suelo y las camas –especialmente sobre la superficie de la que queda a mano izquierda–, no parece que quede mucho más espacio. Además se oye hablar a la gente de las habitaciones de uno y otro lado, junto a la que campa por el pasillo, así que no se puede decir que no nos vayamos a sentir arropadas. No puedo negar que todo ello hace que imagine que podemos escandalizar fácilmente al personal, y eso me excita.

Aunque sea cutre, la ducha está de miedo.

@moterorojo se levanta y se acerca para besarme, y yo le abrazo mientras dejo caer mi toalla.

Voy a ver –sus ojos me observan a escasos centímetros de los míos, sus manos apoyadas a ambos lados de mi cadera.

Te espero –le devuelvo una sonrisa y recojo la toalla del suelo para deshumedecerme el pelo mientras me siento en la única cama libre. Rebusco algunos condimentos que echo en falta entre los que previamente ha sacado @moterorojo para que cenemos, y acabo por cubrirme con la sábana y la manta. Cuánto disfruto de taparme cuando refresca… después del largo verano apenas recuerdo haberlo hecho un par de veces en mucho tiempo.

Cuando mi dulce compañero sale de la ducha, todavía algo mojado, se acerca a destaparme sentándose en la cama para observarme mientras pasa una de sus manos a lo largo de mi cuerpo en una suave caricia. Me dedica una de sus sonrisas más tiernas, cargadas de un amor tan incondicional como honesto, y yo siento un suave calor fluyendo de mi bajo vientre hasta mi sexo. Me besa, y yo tiro de él hacia mí para que suba a la cama conmigo.

@moterorojo se sitúa de rodillas entre mis piernas sin dejar de trasmitirme una complicidad inconmensurable con su mirada. Se agacha despacio hacia mí, apoyando su antebrazo izquierdo en la cama para besarme en los labios antes de recorrer todo mi cuerpo con los suyos. Siento su lengua rodeando mi clítoris e intento ahogar un gemido que podría llamar la atención sobre las huéspedes de las habitaciones colindantes que no han dejado de hablar durante un sólo segundo. No quisiera interrumpirles todavía. Apenas aguanto unos minutos antes de correrme en su boca. Sé que él está observando cómo aún sale el flujo de mi interior cuando me incorporo. Noto mis mejillas enarboladas. Le beso, y le empujo suavemente contra la cama hasta que queda tendido bajo mi cuerpo.

Le monto despacito, sintiendo cómo se endurece todavía más en mi interior. Apoyo una de mis manos en el colchón y con el índice de la otra acaricio su frente, su nariz, sus labios, sus mejillas, su barbilla. Paso el dorso de la mano por su hombros, la palma por todo su pecho mientras no dejo de mover mis caderas sintiendo nuestros sexos arder. Me abrazo a él acercando nuestros corazones para que puedan desbocarse juntos mientras me dejo llevar para correrme en su polla. Adoro la libertad con la que nos amamos, con la que vivimos nuestras sexualidades sin ningún tipo de pudor fruto del absoluto respeto que nos profesamos y el modo en que seguimos aprendiendo cada día a cuidarnos mutuamente todavía más y mejor. Vuelvo a alcanzar el orgasmo sin contener nada esta vez. Las vecinas se callan. Mantengo el ritmo de nuestros movimientos en perfecta sintonía para alargar mi propio placer mientras siento que él alcanza el apogeo del suyo.

Después de llevar un tiempo abrazadas bajo las sábanas, escuchamos a nuestros estómagos quejarse conjuntamente. Es mi amigo quien hace el esfuerzo de salir de la cama y volver a vestirse para salir a comprar unos botes de cerveza y unas aguas para que tengamos algo que beber en nuestra nudista cena privada a la vera del mar encerradas en esta cajita de cerillas. Después volveremos a hacer el amor, y finalmente y en el transcurso de las horas seré yo quien acabe desertando a la cama plegada que reposa sobre la que permanece llena de trastos al otro lado ante el calor con el que juntas hemos inundado la habitación.

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