Del GNV a Génova

Nota: En este día gastamos unos 62 euros en comida en total de los alrededor de 130 euros al día que tenemos presupuestados para ambas por día.


No tengo muy claro qué hora debe ser. Recuerdo que en algún momento de esta misma madrugada un fuerte ruido ha hecho que mi mirada se encontrara con la de @moterorojo, que hasta ese momento parecía haber permanecido en la misma postura en que lo dejé, algo que me enternece. Después de eso, nos debimos quedar dormidas de nuevo, él en la cama de abajo a la derecha y yo en la desplegable de arriba a la izquierda. Hasta ahora, que me ha despertado el grito jubiloso de alguna niña correteando por el pasillo. Sigue siendo de noche. Nos hemos dejado una luz encendida que queda justo encima de cara, y estoy convencida de que no me deja conciliar un sueño más profundo. Despierto a mi compañero que me mira con los ojos entornados evocando cierta confusión en mi llamada y le pido que la apague. Y que me alcance una de esas minúsculas botellitas de agua de euro y medio que deben contener lágrimas de unicornio.

Cuando vuelvo a abrir los ojos ya hay luz natural. Aunque es uno de esos días excepcionales en los que no tenemos que madrugar porque el barco no llega hasta pasado el mediodía al puerto de Génova, ya no siento sueño. Al mirar la hora entiendo que es normal, que son las 10 de la mañana y no las 7 o las 8 como preveía. Corro la cortina desde mi posición gatuna adicta a las alturas en la cama de arriba con cuidado de no destaparme y enfriarme y visualizo la Costa Azul. Aunque el mar está picado, en el cielo brilla un sol espléndido y el balanceo de anoche ya no se percibe. Noto que algo se mueve abajo, me quedo observando el despertar de mi amigo.

Cuando veo que más que mirarme me ve por fin, le sonrío:

Buenos días.

Aprovecho para bajar de mi cama y meterme como un rayo en la suya, mucho más acogedora en el calor de su cuerpo. Sobre todo ahora que ha refrescado de forma notable. Le hago el amor suavemente para que despierte de manera dulce, para que nos despertemos de manera dulce. Remoloneamos abrazadas otro tanto…

De la ducha ya convenimos que hay que salir del cuarto, y nos vamos a dar una vuelta por el barco. No vemos ni rastro de gente durmiendo en los pasillos, así que pienso que sería una falsa percepción que se hizo @moterorojo, que es quien me lo comentó al ver a tantas personas sentadas y de pie en ellos, pero no se lo digo. Tampoco vemos ni rastro de alguna otra cosa, activa o inerte. Cuando logramos alcanzar la cubierta en popa, siento cierto respiro. Decididamente, el GNV es aún más cutre que el resto de los barcos. Que ya es decir. Por lo menos, tiene muchos más pasillos estrechos kilométricos que no van a ninguna parte, entendiéndose por “parte” cualquier superficie algo más amplia, menos claustrofóbica.

Cuando al fin estamos en la cubierta, @moterorojo cae en la cuenta de que se ha dejado los prismáticos. Parece que estamos surcando la costa de Mónaco, pero no merece la pena descubrirlo si no vamos a conseguir visualizarla así que nosotras nos hacemos las fotos oportunas de instagramers aunque precarias y listo.

@moterorojo mirando al infinito
En la cubierta del GNV ante la Costa Azul.

En este bonito instante, nos abordan los dos moteros españoles —más concretamente de Valencia— que anoche vimos al fondo de la cola de embarque. Son geesistas, naturalmente. Gracias a ellos, descubrimos que el GNV es algo más que pasillos si haces el esfuerzo de cambiar a la planta de abajo. Me siento tonta. ¡Con la práctica que tenemos en barcos! Quizás solamente la tengamos en sus camarotes…

Cuando llegamos al bar nos sentimos finalmente como las extranjeras que somos. Parece que el puerto fuerte de origen del GNV es el de Tánger, que el de Barcelona es simplemente una parada en su travesía. Más que observada me siento examinada, y llego a sentirme extraña en mis ropajes de motera. El noventa y ocho por ciento de la clientela del bar —por decir algún porcentaje así a ojo como metáfora matemática sin sentido alguno— está conformada por hombres. No hay sitios libres, apenas hay espacio. Compramos un café y un té y nos vamos a desayunar de nuestras provisiones al cuarto.

Volvemos a salir. Esta vez ya sabemos adónde hay que ir. Llegamos a la cubierta de popa a la que da el bar ese tras traspasar unos recreativos, una tienda, otro bar más rollo copas y el restaurante, todo por el nivel inferior al de nuestro camarote. Una vez aquí, constatamos que la popa mola más en el nivel superior en el que estábamos originalmente porque hay menos gente. Subimos las escaleras exteriores ya armadas de prismáticos para observar la costa. O la fauna.

Hay un señor alemán leyendo un libro titulado Patrioten. Esto lo descubrimos con los prismáticos. Está sentado sobre una plataforma, a la que no se debe subir, en una postura que a la vista no parece muy cómoda. Pero parece llevar un rato. Abajo, en una tumbona, está la que decidimos que es mujer dormitando al sol. Al rato, él trata de bajarse de la plataforma de forma digna sin conseguirlo como era de esperar —no se trata de una bajada sencilla—, despierta a su acompañante y se ponen en pie para dirigirse al nivel inferior. No tardamos en descubrir que deben haber perdido algo ya que vuelven a subir rastreando la zona en la que han estado y el suelo de toda la cubierta. No hay mucha más gente aparte de nosotras así que entiendo que nos hemos convertido en las principales sospechosas. Miro por el suelo para ver si puedo ayudarles pero no cruzamos ninguna palabra, solamente las miradas. No veo absolutamente nada, y al parecer ellas tampoco. Ahora creo que piensan que busco lo que se les haya perdido para quedármelo, alertada por la propia búsqueda de ellas.

Después de este breve instante de entretenimiento, nos hacemos con un par de Peronis en el bar rollo copas de abajo. Nos sentamos en una especie de banco circular que hay en mitad del pasillo justo delante mientras vemos a la gente a pasar. Mejor dicho, mientras vemos a las niñas pasar. Si en el bar de popa había un claro predominio de hombres, en la totalidad del barco lo hay de niñas. Comentamos las costumbres de las gentes del lugar, algunas impresiones sobre el viaje que tenemos por delante y nos preguntamos por la hora de llegada. No tenemos ni idea. Sabemos que alrededor de la hora de la comer.

Son las 15:15 y estamos a 38 km de Génova según el navegador. Volvemos a estar en el camarote después de que nuestras miradas volvieran a cruzarse con las del alemán en una de las zonas comunes del barco, esta vez con cierta impronta clara de sospecha por su parte. Por lo demás, seguimos sin tener ni idea de cuándo atracará el buque.

Nos despierta una voz por megafonía. No se le entiende nada. Teniendo en cuenta que ya estamos junto al puerto por lo que puedo ver por la ventana, presuponemos que está avisando de la llegada. Parece que nos hemos quedado dormidas.

Cogemos nuestras cosas y nos dirigimos hacia recepción, donde dejo las tarjetas electrónicas de acceso al camarote. Allí vemos al alemán hablando con un tripulante. Verdaderamente, parece haber perdido algo importante y estar denunciando un posible robo. @moterorojo escucha a otro marinero comentar desenfadadamente a un compañero suyo en italiano que en este viaje sólo han robado dos teléfonos móviles y un bolso. El alemán nos mira fijamente. Nosotras continuamos nuestro camino hacia la puerta que da al garaje, sin ser conscientes de que este tema todavía dará que hablar…

Normalmente no te suelen dejar bajar hasta que no llega la hora exacta de salir, pero no había nada ni nadie impidiendo el acceso. Tampoco hay nadie esperando con nosotras.

Esperando a que abran la puerta del garaje.

Después de unos minutos largos comentando la pose de uno de los tripulantes —una de las pocas personas que alcanzamos a ver desde donde estamos—, exageradamente erguido, echándose vistazos a través del espejo, logramos finalmente acceder a nuestras motos. Somos las primeras en llegar hasta ellas pero no nos sirve de nada porque están rodeadas de geeses. Guardamos las cosas que llevábamos a mano, preparo el navegador, que aquí dentro no pilla cobertura, y esperamos. La pareja eslovena, que aparcó delante de todo el mundo y llegó poco después de nosotras sale de allí sin perder un solo segundo. Al final es mucho más interesante entrar de las últimas, pero es algo que nunca llegamos a aprender.

Preparando el GPS.

Va a ser la primera vez que me enfrente a una ciudad desconocida llevando el mando con la ayuda del GPS y puedo percibir que estoy nerviosa. Una vez fuera, paro un instante para dejar que recoja nuestra ubicación y tomar aire antes de meterme de lleno en esta pequeña aventura: según parece, nuestro hotel está a tan sólo 600 m en línea recta. ¡Sí que hemos acertado! Sin embargo, tardaremos como dos horas más en poder meternos en nuestro cuarto para dejar las cosas y darnos una ducha rápida antes de salir…

Y es que se forma una caravana inmensa en el propio muelle de salida. Están revisando los pasaportes de todas las pasajeras en coche en dos puntos distintos. Aunque vamos en moto e intento colarme entre ellos, no hay mucho espacio. Por no mencionar que las furgonetas se cruzan en diagonal cuando te ven acercarte por el retrovisor, haciendo cumplir esa egoísta ley de si no paso yo no pasa nadie. Poco a poco, y siempre con los moteros italianos de aires chulescos pegados —actitudes tremendamente exasperantes—, logramos salir por la tangente y atravesar esos 600 m que nos separan del hotel cruzando una avenida de cuatro carriles –para la que los semáforos no son muy útiles ya que abren el paso a dos direcciones incompatibles al tiempo– y avanzando por una calle serpenteante que finaliza justo a los pies de la estación de tren por un lado, y a 20 m del alojamiento al otro.

Pero no todo podía ser tan sencillo, así que justo en ese punto nos quedamos atrapadas: en la entrada de la calle correspondiente junto a un parking de motos lleno a rebosar. Hacia atrás no tiene sentido que vayamos, hacia delante sólo tenemos la elevada provincia de Oregina, y a nuestro lado, en nuestro destino, los Carabinieri –ese cuerpo policial represor responsable del asesinato del activista antiglobalización Carlo Giuliani, justo en esta ciudad, el 20 de julio de 2001– han cortado el paso a todo vehículo y viandante. Un coche calcinado reposa junto a un edificio con estacionamiento reservado que podría ser cualquier cosa como no ser nada, rodeado de bomberos sobre un manto blanco de espuma que acaba cubriendo buena parte de la calzada.

Ante la calle del hotel esperando en mitad de la calzada a que los bomberos acaben su trabajo.

 Nuestra primera reacción es esperar: total, no queda ni rastro de las llamas. Así que, en primera línea de un semáforo que se pone en verde en varias ocasiones antes de que se abra el tráfico, apagamos los motores y aguantamos la presión de los coches de detrás que no viendo lo que acaba de pasar no paran de pitar. @moterorojo se aventura incluso a abandonar su vehículo en mitad de la calzada para echar un ojo al parking que tenemos al lado y en el que efectivamente no entra ni una Smalltoe. Al otro lado, cometiendo varias infracciones de tráfico en un solo movimiento y bajo la incesante vigilancia de los Carabinieri, tenemos una zona en la que está expresamente prohibido aparcar repleta de motocicletas que también descartamos. Esa comodidad de aparcar mal a sabiendas no te la puedes permitir en cualquier lugar como normalmente haces en el barrio. Además, llevamos la hostia de equipaje y nuestra pretensión es parar en la mismísima puerta, para qué engañarnos.

Pues con la tontería, pasa cerca de una hora. Los bomberos hace rato que tratan de retirarse, pero se les ha averiado un vehículo. Seriously. Empezamos a mover las motos tanteando algún hueco cuando un coche nos pasa a todas y se mete en la calle, probablemente inconsciente de que está cerrada y pensando para sus adentros que la gente está idiota. Nadie se percata. Pienso que seguro que cuando le siga, el Carabinieri que he tenido parado como un pasmarote delante todo este tiempo me da el alto, pero paso de todo.

El pasmarote me da el alto. Protesto, acaba de pasar un coche por delante de sus narices. Va a rebatirme señalando todo el percal, con gesto molesto por no haber sido capaz de ver que el paso está cerrado, cuando un compañero suyo le interrumpe y me indica que siga. Triunfante, avanzo 15 m para descubrir que no hay ni un solo espacio en la calle, que cambia de dirección a los 30 m obligándome a girar a la derecha y volver a desembocar en el puerto. @moterorojo, que me sigue de cerca, para su R1200RT de cualquier manera frente a un restaurante en mitad de la calzada –todavía no pasan muchos vehículos– y se acerca a mí:

No hay sitio –corrobora. Yo miro a mi alrededor aún montada en Mušḫu.

Voy a poner la moto en ese hueco –señalo con la barbilla un pequeño espacio que queda entre una zona para motos y la entrada a un garaje– y me acerco a hacer el registro de entrada mientras esperas a que salga una de las de las que están aparcadas. O lo hacemos al revés.

Parece que cabes bien sin interrumpir el paso, mira a ver –maniobro para meterla de culo y viendo que hay espacio, la dejo ahí sin esmerarme demasiado.

Por fin me saco el casco y la braga y los guantes que meto dentro de este, muerta de calor. Lo dejo sobre la moto porque antes o después tendré que volver moverla, y dejo también el navegador por si lo necesitamos para ir a algún aparcamiento. Convengo en dejar también mejor la bolsa de depósito, y saco únicamente las maletas laterales. Por subir algo.

El Hotel Vittoria está al fondo de una plazoleta que se abre frente a la acera junto a la que hemos dejado las motos, en lo alto. Veo unas escaleras a la derecha para acceder, pero por los comentarios de Booking ya sé que hay un ascensor a la izquierda de la misma. En realidad, está visiblemente señalado. Atravieso un pasadizo para llegar hasta él y me sorprende ver que las indicaciones están hasta en una curva del mismo, como si se pudiera una ir por otro lado. Parece que la entrada ha sido motivo de comentarios negativos y prefieren prevenir que lamentar.

Una vez arriba me encuentro a un hombre detrás de la recepción que me recibe amablemente. Le digo que tengo una reserva a mi nombre y le dejo mi DNI. Le pregunto si puedo dejar las maletas ahí haciendo hincapié en que venimos en moto y no encontramos sitio para aparcar, con lo que las tenemos mal situadas y tenemos que hacer varios viajes –más de los previstos– para subir el equipaje.

¿Dónde están?

Pues estamos justo delante, pero al otro lado de la calle. No he visto ninguna moto encima de la acerca así que imagino que no las podemos dejar en la plaza, ¿o sí?

Me da las llaves de la habitación y me comenta que disponen de un aparcamiento privado un poco más arriba pero me parece caro, como casi todos los que se ofrecen en los hoteles. Sale de detrás del mostrador de la recepción y me pide que le señale dónde estamos exactamente, dirigiendo sus pasos hacia una ventana que se encuentra atravesando una puerta que da paso a un cortísimo pasillo que conecta con la zona del comedor. Le sigo hasta llegar al otro lado del habitáculo, desde donde efectivamente se ve la calle desde lo alto:

Ahí estamos –dirige la vista hacia la dirección indicada por mi dedo índice contra el cristal, y ojea la situación general de la calle.

Aquí a la derecha –hace un gesto con la mano que entiendo que señala una referencia fuera del campo de visión– hay un parking de motos y justo delante zona azul, que mañana ya no está operativa. ¿A qué hora piensan salir?

A las 9 de la mañana o una cosa así.

La policía municipal se irá ahora a las 8 y ya no volverá hasta las 8 de mañana. Si salen antes, pueden dejarlas aquí abajo sin ningún problema.

Hago un cálculo rápido del madrugón necesario para estar sobre las motos a las 8, y desecho la idea. El coche de la municipal está parado justo en la entrada de la plaza.

No creo que salgamos antes de esa hora –le miro a los ojos y sonrío–. Voy a ver si esperando un poco sale alguna moto y conseguimos aparcar mientras vamos haciendo viajes –me aparto de la ventana dispuesta a volver abajar–. Por cierto, hablas muy bien el español.

Son muchos años trabajando con turistas –me devuelve la sonrisa y me sigue–. Le acompaño y le indico dónde hay una zona azul, que hoy es gratuita, y otros aparcamientos para moto aquí a la dereha.

Sorprendida por la amabilidad, le agradezco que baje hasta donde nos encontramos y nos ayude a echar un vistazo. Me adelanto para alcanzar a @moterorojo y explicarle lo que acaba de comentarme el recepcionista, así como para decirle que voy a ver si encuentro un sitio para que meta su moto y luego ya vemos qué hacemos con la mía.

Aunque el hotel es viejo, la habitación está bastante bien: es amplia y exterior aunque sin vistas, con una cama grande y un colchón cómodo. El baño, recién reformado, tiene de todo lo necesario. Me hace gracia que haya un expendedor de pañuelos y aparte el papel de váter. Siempre me sentiré nueva en los hoteles. También hay de esas minúsculas muestras de gel y champú, además de las pastillas de jabón de manos correspondientes.

Subirlo todo nos ha costado lo nuestro, aunque al menos hemos podido dejar ambas motos en el aparcamiento que quedaba a mano derecha mirando desde el hotel. Cuando el recepcionista bajó no había mucho espacio, pero el suficiente para Mušḫu. Y cuando volvió al hotel con mi compañero para hacer el segundo viaje salieron un par de motos y quedó sitio, aunque justo, para la RT.

En el ascensor apenas cabíamos las dos con todas las bolsas. Se han sorprendido de la cantidad de cosas que caben en las motos. ¡Si supieran! Podríamos ir muchísimo más cargadas… Pero por suerte no lo vamos que del ascensor a la puerta de la habitación había un trecho aunque no para tanto.

Me desnudo y voy directa a la ducha. Entre el retraso en la hora de llegada –aunque nunca la hemos sabido con exactitud, estoy segura de que era antes de cuando realmente llegamos– y el incidente en la entrada de la calle del hotel, se nos ha hecho tardísimo. Si bien es cierto que pasaremos en Génova él último día de viaje entero, me gustaría poder ver algo hoy para tener ya hecha una idea de la ciudad a la vuelta y poder movernos con mayor soltura entonces hacia donde nos interese más.

Cuando voy a salir de la ducha aviso a @moterorojo y me releva en la misma mampara, ya desnudo. Intercambiamos un beso rápido, un abrazo pícaro algo más extenso entre risas cómplices, y volvemos a centrarnos en nuestros quehaceres. Me seco y me peino mientras él se enjabona y empiezo a vestirme cuando él empieza a secarse. Y pese a todo, ¡cómo no! Nos enredamos echando una ojeada a los móviles ahora que por fin disponemos de wifi.

Con el mapa que me dieron en la recepción al llegar, y con la idea mental que guardo de cuando estudié las guías, trazo una ruta mental por la ciudad. Salimos del hotel por las escaleras de piedras que salen directamente a la plazoleta en la que se encuentra el hotel y bajamos por via Balbi hasta piazza della Nunziata, donde tomamos la via della Fontane que nos deja a los pies de una de las famosas puertas de la ciudad: Porta di Vacca. Esta parece anunciarnos la entrada a otra época, o por lo menos, a otro lugar.

Contraste de dos ciudades conviviendo en una sola a los pies de la Porta dei Vacca.

Penetramos por ella desembocando en via del Campo, una callejuela empinada y estrecha que se ramifica por ambos lados en otras muchas todavía más bohemias si cabe. La zona me recuerda al Raval de Barcelona o al barrio madrileño de Lavapiés, pero mucho más imponente. Las calles son viejas y están empedradas, manteniendo esa estética más auténtica que ha ido desapareciendo de las mencionadas ciudades españolas que han ido condicionando su espacio para gustos más refinados, tratando de acabar con esa población migrante aquí tan presente.

Estrecha calle del centro más deprimido de Génova.

No tardo en perder el norte y perdernos por esta zona laberíntica y vieja que se repite en tantos puntos genoveses. Pero entonces, nos ocurre algo gracioso.

Llegamos a una plaza. Concretamente, a la piazza San Matteo –dato que recabo con posterioridad gracias a los avances tecnológicos–. Para que os pongáis en situación, y este dato me resulta relevante, ya ha anochecido. Estamos completamente solas tirando unas fotos, y entonces, saliendo del portón número 16, aparece la pareja de alemanes del barco. ¡No me lo puedo creer! Y lo mejor de todo, es que ellas tampoco. Especialmente él, que nos dedica una mirada cargada de desconfianza. ¿Creerá que le estamos siguiendo? ¿Que tenemos sus datos y que hemos venido a robarles? ¿Que somos unas maleantes? Me parece que sí, que son este tipo de cuestiones las que pasan por la cabeza del alemán cuando se afanan a pasar de largo después de asegurarse de que han cerrado bien la puerta. Pero todavía se paran unos minutos, ya a una distancia prudencial, para hacer unas fotos. Me pregunto si quieren constatar si les seguimos y nos están mirando de reojo. Sin duda lo están haciendo. O quizás toda esta historia esté solamente en mi cabeza. Y en la de @moterorojo con quien la comparto desde el principio, claro.

En cualquier caso, y para que todo el mundo se quede tranquilo, dirijo mis pasos hacia salita di San Matteo viendo que ellas lo hacen hacia salita All’Arcivescovato. Sin saber a ciencia cierta por dónde vamos, porque las callejuelas minúsculas no aparecen claramente indicadas en mi mapa manoseado, aparecemos nada menos que en piazza de Ferrari. ¡Oh! ¡Me he encontrado!

¡Ya sabía yo que íbamos bien!

@moterorojo me mira con esa cara de “sí, claro” sin amagar una sonrisa y avanza hacia la fuente. Miro a mi alrededor en el nuevo espacio, tan abierto de pronto y en contraste con la zona de la que venimos.

Piazza de Ferrari un domingo por la noche.

Pronto me sorprende otro edificio: el Palazzo Ducale. Todavía no sé que se trata de él, pero me atrapa y subo sus escaleras. Parece que hay un programa cultural que me llama la atención junto a la puerta, y al ver que esta está abierta penetro en su interior. Mi compañero lleva el móvil en la mano y no sé si me está haciendo una foto o qué, así que no sé muy bien cómo actuar pero trato de hacerlo con naturalidad; total, voy a salir mal igual. ¡Pero no! ¡Todavía peor! Me está haciendo un vídeo que no publicaré.

Pese a estar cerrando, podemos disfrutar de su monumental arquitectura y observar tras una verja esculturas antiguas. Por un momento me acuerdo de la piazza della Signoria en Florencia ❤ Sólo que en este edificio se reunieron los líderes del G8 aquel fatídico mes de julio de 2001.

Salimos por un lateral y entonces caigo. Claro, ¡ahora veo la fachada principal! Es divertido esto de ir a ciegas, te sorprendes a cada paso.

Trato de encuadrar el Palazo en la cámara con el teleobjetivo. Soy así, me gustan las fotos que obtengo de él aunque no entre lo que quiero fotografiar en el encuadre. Me alejo un poco más cada vez, perdiendo de vista a @moterorojo y todo lo que me rodea hasta conseguirlo. Total, para nada. Cuando quiero volver a la realidad, y tras mirar a uno y otro lado, me lo encuentro mirándome desde la distancia con una sonrisilla.

¡No te rías de mí! –le alcanzo contagiada por su sonrisa y protesto sin mucha credibilidad.

¡Es que estás muy graciosa!

Le empujo sin mayor fuerza con la mano que tengo libre, le miro a los ojos intercambiando una mirada cómplice y salgo de la piazza Giacomo Matteotti hacia mi derecha dejando el Palazo tras de mí. La calle es bonita, parece céntrica, y no tarda en brindarnos una nueva sorpresa (¿dónde debo haber metido el mapa?): alzándose hacia el cielo en una bella mezcla de mármoles blancos y verdes se alza la Cattedrale di San Lorenzo. Enseguida viene a mi mente la Cattedrale di Santa Maria del Fiore, otra vez Florencia ❤ Sólo que aquí las obras de arte se combinan con ese desgaste de lo viejo que apenas ha recibido mantenimiento en el paso de sus años, dando como resultado un escenario mucho más auténtico, menos uniforme y elegante, con más contrastes, con más claroscuros. Tampoco hay la misma afluencia de turistas, ni la misma luminosidad en las calles. Aunque realmente no llegara a olerlo casi puede percibirse mentalmente por la imagen de la ciudad ese aroma de abandono, mezcla de orina, basura y humedad en las poblaciones portuarias, en algunas de las esquinas más escondidas de sus callejuelas en las que a determinadas horas ya no te encuentras a un alma.

Cattedrale di San Lorenzo iluminada (y borrosa).

Después de contemplar la fachada de la Cattedrale desde distintas perspectivas, seguimos bajando por la arteria peatonal que ya conocemos que se trata de la via San Lorenzo. Encontramos artistas desplegando sus obras como en la Ramblas pese a que ya es de noche y casi no quedan caminantes, algunas de ellas en el mismo suelo de la calle, pintando la propia calle. Observo con curiosidad las nuevas estrechísimas calles que se abren a mi izquierda, oscuras, con algún farol central alumbrándolas en parte hacia un destino totalmente incierto. Le digo a @moterorojo de meternos por alguna de ellas y protesta alegando que vamos a perdernos y es hora de cenar. Después de lo de antes ya no debe fiarse de mí 😀

Venga, vale… –accede, vencido por mi entusiasmo– ¿por dónde quieres ir?

Al poco rato estamos por una encrucijada oscura hacia ninguna parte. Saco el mapa, que inconscientemente había metido en el bolso tiempo atrás, y trato de situarme.

A ver –resuelvo en voz alta–. Si la via San Lorenzo está hacia allí y va así, nosotras estamos aquí y tenemos que ir… por allí.

Esta vez desembocamos exitosamente en el puerto antiguo, desierto, donde vemos un bufé chino en los soportales y algunos rótulos de neón –¡de neón! me fascinan los contrastes de esta ciudad–, muchos de ellos con luz intermitente, indicando otros restaurantes de vuelta por las callejuelas. Aunque no estamos muy convencidas de volver a aventurarnos, vemos una más iluminada de lo normal con lo que parece un restaurante prácticamente al inicio.

Rótulos con luces de neón en los pórticos del Porto Antico.

Sorpresivamente, y para hacer justicia a mi dictamen sobre los contrastes genoveses, se trata de un restaurante de lujo o prácticamente. Recargada su entrada de pegatinas de guías recomendándolo, tiene una carta con precios estratosféricos y ni una sola opción vegana. Miramos por el hueco que deja libre la cortina a través del cristal y nos topamos con un salón repleto de mesas y gente, muchísima gente. Miro hacia los lados en la calle y no veo a nadie, ni siquiera oigo nada. Ahora me recuerda a Menorca en invierno.

Aunque @moterorojo apunta que se nos está haciendo tarde y que aunque sea caro parece que es lo mejor o lo único, aparte del bufé, que vamos a encontrar, avanzamos un poco más allá y giramos a la derecha. No parece que haya nada, pero andamos un poco más todavía y nos encontramos con una terraza de lo que parece ser otro restaurante. No queda claro si está abierto o cerrado. Cualquiera diría que cerrado, ya que toda la terraza está recogida y hay una bolsa de basura en la puerta. Sin embargo, hay luz dentro, y por echar una ojeada no perdemos nada.

Cuando estamos ojeando el local, que realmente parece estar cerrando, aparece un chico, le pregunto si está abierto y nos invita a pasar. ¡Vaya fallo! Cualquiera se escaquea de esta en un idioma extranjero. Miro a mi amigo con una disculpa que dibujo contrayendo la comisura de mi boca y le seguimos sin saber dónde nos encontramos ni qué habrá de comer. Pero bueno, ¡estamos en Italia…! Siempre tendremos pasta, quiero pensar.

Nos baja de lo que era un recibidor estrecho y nada atendido por las mismas escaleras desde las que nos localizó husmeando. Y cuando llegamos abajo, un gran salón de suelo de parqué e inmensas columnas de piedras se abren ante nosotras con una agradable música de fondo. No está vacío, hay gente. Tampoco está lleno. Es perfecto, sin duda tiene que haber otra entrada. Nos conduce a una mesa perdida junto a unas botellas de vino; se trata de una bodega.

En la carta hay botellas de vino de hasta ¡200 euros! Guau. Vale. Pedimos ½ l de la casa para compartir entre las dos por 8, dónde va a parar. Y está impresionante. Cuando el camarero vuelve, le interrogo sobre un par de platos que sospecho que pueden ser veganos pero que no acabo de estar segura por la barrera idiomática, en este caso medio salvada con una segunda carta en inglés que nos sirve para ir traduciendo en uno u otro idioma cada ingrediente para ver qué pillamos entre ambos. Aunque tengo opciones, y viendo que me intereso por la pasta, me explica que los platos que le comento no lo son pero que puede preguntarle al cocinero si puede hacerme uno especial con verduras varias, que seguro que no habrá problema y estará mucho mejor que uno de los otros platos quitándoles parte de los condimentos con los que están pensados. Accedo encantada, y cuando vuelve me comenta que está en marcha y con otro tipo de pasta porque la que utilizan generalmente ahí lleva huevo. ¿Qué puedo decir? Para no ser un vegano estoy bastante encantada con el trato. Nada que ver con cuando aquella mujer me trajo una ensalada con una loncha de jamón serrano viejo gigante encima, algo que sin duda fue expreso e indudablemente dentro de nuestras fronteras geopolíticas.

Cuando acabamos de cenar bajamos de nuevo al puerto viejo por el que supuestamente es el mismo camino que cogimos para llegar hasta el restaurante, aunque no lo tenemos muy claro. Esta vez hago caso a mi compañero, y no tardamos en pasar por delante del bar vacío con música rock que nos cruzamos llegando, que sigue con el mismo éxito de asistencia que antes.

Ponemos rumbo al hotel por lo poco que queda del paseo marítimo gracias a esa horrorosa autovía aérea que lo atraviesa de punta a punta por todo el recorrido, acompañándolo con un ruido incesante y tapando toda visión y sonido del mar. Vamos, que cualquiera diría que está paseando por el puerto…. Recorremos la zona vieja por los soportales, bastante vacíos, y descubrimos algún nuevo y bello rincón en contraste con la dejadez de estos. En la piazza Caricamento, por ejemplo. ¿Pero de dónde sale ese palazzo tan blanco y tan lleno de frescos a lo largo de toda su fachada, por los cuatro costados? –me pregunto al llegar allí–. Es como esa nieve intacta e impoluta que queda a los lados de los caminos y las carreteras embarradas por el paso de los vehículos hasta dejarla de un color gris sucio en contraste; eso es el Palazzo San Giorgio en mitad de esta zona del puerto antiguo. Un edificio del siglo XIII que hoy alberga la Autorità portuale di Genova. Eso sí, una vez que lo dejamos atrás parece que nos adentramos en otro gueto. En este caso al estilo de Chinatown.

Después de tantas pequeñas aventuras condensadas en poco más de tres horas, llegamos nuevamente al hotel después de subir unas cuantas escaleras desde el puerto: es más cómodo acceder por la via Balbi, desde luego.

Nos metemos en la cama por fin y no sé si será de las más cómodas o no pero desde luego a mí me parece inmejorable y quiero probarla como está mandado, así que pegándome mucho a @moterorojo dejo que el calor y el aroma de su cuerpo empiecen a empapar mis sentidos y me dejo de llevar.

Hacemos el amor suave, muy suave, hasta corrernos y quedarnos dormidas sin darnos cuenta… muy juntas

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