De Génova a Trieste

Nota: En este día gastamos alrededor de 68 euros en alojamiento, unos 141 entre peajes y gasolina, y otros 50 en comida de los alrededor de 130 euros al día que tenemos presupuestados para ambas por día. Con lo que llevábamos ahorrado de los días anteriores, seguimos manteniéndonos dentro del presupuesto.


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Y al término de una larga etapa, Trieste. La apátrida Trieste, por fin. El cielo nuboso nos aguarda sin precipitarse sobre nosotras hasta el final del camino. El Adriático refleja sus grises matices para acogernos. Al aparcar las máquinas en su anhelada ciudad, se forma una lluvia monótona que nos atrapa inesperadamente. No merece la pena recorrer así Istria y decidimos quedarnos para descubrirla. Para conocerla hay que experimentarla, y es que Jan Morris tenía razón: no es una de las ciudades icónicas, ni siquiera ofrece algo característico de sí; su fuerza reside en esa ambivalencia que lleva a confundir su historia engatusante. Como la literatura de algunos de sus habitantes… Svevo, Saba, Magris, Rilke, Joyce. Me topé con éste último cruzando el Gran Canal y enseguida me acordé de Nora Bernacle. A ella no parecen recordarla sus calles, como a tantas otras mujeres en tantas otras ciudades. Pero yo sí, y pienso en cómo llegó a Trieste al día siguiente de descubrir el cuerpo de su amante mientras deambulo por sus calles. Rememoro los días en que se quedó aquí atrapada mientras Joyce viajó hasta Dublín, y cómo el deseo, pese a la relación tormentosa, la incendió llevándola a iniciar la que se convertiría en una serie de cartas para muchos de contenido obsceno. Unas cartas cargadas de sentimientos, tan auténticas como hermosas. Trieste, tan sensual y digna como su fonética… “Trst”. La callejeamos bajo la lluvia sin dilación hasta su último recodo para acabar guareciéndonos en el calor de nuestros propios cuerpos.

Oigo el sonido del despertador del móvil como llegado a mis oídos desde otra dimensión. O eso es lo que siento que hago yo cuando recobro la conciencia después de tan profundo sueño. Son las 7 AM y habremos dormido unas 6 horas, lo que no está del todo mal. Hoy va a ser la primera vez que atraviese Italia en mi propia moto y tengo esos nervios que de lo excitante son agradables, pero que te hacen estar en una especie de estado de alerta constante.

Me abrazo a @moterorojo con la esperanza de que el tiempo se detenga en el contacto con el calor de su cuerpo. Me acomodo entre su brazo derecho y apoyo la cabeza en su pecho. Al mismo tiempo empiezo a estirarme, a quejarme emitiendo algún que otro gruñidito que quiere transmite jos, y a mordisquearle la zona de la barbilla en la que reposa mi nariz inspirando su perfume para ayudar a acabar de despertarle y despertarme. Nos damos algunos besos en las mejillas dispersos en minutos en los que vamos y volvemos del mundo de los sueños y suena una segunda alarma; esa de los 10 minutos que con el tiempo adaptaron los móviles siguiendo la costumbre, tan mundana.

Me giro para apagarla, pero es mi compañero el que hace el primer esfuerzo y sale del lecho para poner sus pies desnudos en el frío suelo. Entra directamente en el baño y yo aprovecho esos aproximadamente 5 minutos en los que me quedaré sin hacer nada si empiezo a hacer las maletas desde ya para seguir dormitando. Al cabo de un par de ellos, me incorporo, miro el móvil, y empiezo a recoger la ropa que tengo ya esparcida por todo el cuarto. Separo mis ropajes moteros con una muda y me siento en la taza del váter desde dónde veo a @moterorojo enjabonarse tras la mampara de cristal.

El agua de esta ducha sale muy floja –sonrío. Para él el agua de la ducha siempre es floja a menos que tenga una muy buena presión donde ya no son albergables dudas al respecto.

Abro la mampara y entro con él en la ducha donde ya se está aclarando. Me quedo a unos centímetros de donde cae el agua evitando que me salpique hasta que decida meterme toda entera bajo la alcachofa mientras lo observo, contenta de estar allí con él compartiendo estos momentos. Mi amigo me besa mojándome los labios y yo me abrazo a él, dejando finalmente que me caiga el agua por encima. Gira conmigo cogida por la cintura y me sitúa bajo la lluvia de la ducha mientras él sale fuera de su radio. Cojo uno de los mini-champús para enjabonarme mientras él sale y empieza a secarse. ¡Qué bien hicimos en traernos los distintos jabones de casa para sufragar esas muestras ridículas de los hoteles en los que no acceden a poner algo tan sencillo como viene a ser un dispensador! Para esto siempre son muchísimo mejores los albergues, apartamentos y B&B en los que suelen haber envases de tamaño estandarizado. No me cabe ninguna duda de que es lo más ecológico, a la vez que lo más económico.

Cuando salgo de la ducha @moterorojo está con los pantalones de moto puestos y las botas calzadas echando un ojo a Instagram sentado en la cama que hemos deshecho juntas. Me seco el cuerpo con la toalla y ya me pongo las lentillas con ella enrollada en mi cabeza. Guardo las cosas en el neceser, entro en la habitación y me visto. Cuando estoy casi lista, aviso a mi compañero, me quito la toalla del pelo y me peino. Él se pone una camiseta, y bajamos a desayunar con nuestros móviles a ver de qué nos enteramos por Twitter.

Cuando llegamos al comedor no hay absolutamente nadie. Yo me siento un poco perdida porque no veo realmente cosas entre las que poder elegir. Quiero decir que apenas hay algo. Pero entonces viene una mujer a preguntarnos qué queremos de desayunar y acabamos con unas tostadas, y un café y un té. En ese mismo instante, entra otro hombre y de todo el salón decide escoger la mesa que tenemos justo al lado. Es una costumbre muy extravagante que nunca he llegado a comprender y que he podido comprobar que se da en toda clase de lugares.

Mientras comemos un poco hablamos de Génova y de la ruta que tenemos por delante. Comentamos también fotografías de seguidoras comunes y cuestiones de actualidad siguiendo criterios semejantes pero no iguales: él me habla más de política general y yo de acciones micropolíticas que vamos viendo en nuestras respectivas redes. Abro Google Maps para calcular la ruta una vez más: tenemos por delante 550 kilómetros y unas 5 horas y media pagando el peaje, más o menos lo mismo que de Madrid a Barcelona. Sin peaje son los mismos kilómetros ¡pero en más de 9 horas! Puesto que tiene pinta de ponerse a llover en cualquier momento y dado que me apetece ver Trieste y sólo vamos a estar esta tarde, optamos por pagar. Es el último maratón de conducción y luego podremos empezar ya con nuestras agradables rutas que tenemos esbozadas por los Balcanes de trayectorias más reducidas.

Acabamos de desayunar, subimos a la habitación, y transportamos todos nuestros bultos de vuelta al ascensor pero esta vez en un par viajes de la habitación al ascensor y del ascensor a las motos. Cuando llegamos al aparcamiento la primera vez vemos que la moto de @moterorojo está medio tumbada, sujeta por una scooter sobre la que ha caído de lado presuntamente al encajarse otra moto de forma muy ajustada por el otro. De hecho, se le hace complicado ponerla derecha porque no hay espacio suficiente para que quede recta, y finalmente lo consigue echándola hacia atrás pese a invadir medianamente la calzada, algo que necesita hacer también para introducir los bultos en las maletas laterales. Estos aparcamientos de moto en batería nunca se han pensado para motos grandes. Cuando bajamos con lo último, los cascos y las maletas de depósito, mi compañero se adelanta y yo me acerco a la recepción para dejar las llaves y pagar la habitación.

Las motos están listas de nuevo y nosotras sobre ellas. El navegador ya me indica la dirección a tomar, bajando por la calzada a la que accedimos hasta aquí, y yo casi lista para aventurarme por primera vez al frente en una aventura atravesando Italia. El norte de Italia. Algunas personas nos recomendaron coger el barco a Roma y desde ahí subir por Florencia y Venecia, pero eso lo hicimos bajando de los Alpes, por el Stelvio, después de atravesar Suiza el pasado año. Este año tocaba conocer tres nuevas ciudades italianas: Génova, Trieste y Verona. Por la primera ya nos hemos dado un paseo y no nos ha dejado indiferentes, y ahora vamos a por la segunda… La tercera la conoceremos en nuestro regreso de Croacia, Bosnia y Herzegovina y Eslovenia. ¡La parte más emocionante del viaje está apunto de empezar!

En cuestión de minutos estamos sobre una autovía. La verdad es que en esta zona del país se les ha ido de las manos la construcción de carreteras de alta ocupación, al menos alrededor –¡y dentro!– de Génova. No obstante, nos tiramos fácilmente una hora larga con la velocidad limitada a 80km/h, prácticamente hasta coger la autopista de peaje E70 –incluso después de llevar un rato conduciendo por ella–, a la altura de Tortona. Aunque @moterorojo siempre me ha explicado que las italianas son muy particulares conduciendo, siendo reseñable su obsesión por la velocidad, lo cierto es que a mí me llega a parecer que conducen mejor que en el Estado español. Al menos aquí, porque recuerdo el caos de Roma. O al menos en este momento, ya veremos a lo largo del viaje…

Lo que hay son muchos más camiones. Por nuestras carreteras muchos evitan las autopistas de peaje y aquí parece que las toman todos. También hay que decir que si pretendes atravesar Italia por arriba como nosotras no tienen muchas más opciones. A menos que quieran, en su caso, doblar las horas de trabajo tardando el doble en llegar. En cualquier caso, hacen el viaje entretenido porque lo cierto es que tantas horas por autopista, manteniendo la moto a una misma velocidad, se hacen cansadas. Así me entretengo adelantándolos yendo de uno a otro carril.

Al rato de entrar en la autopista, sobre todo tras el largo recorrido a una velocidad tan limitada, me apetece parar y me desvío en una de las primeras áreas de servicio que veo a la altura de «Cremona Sud» para que nos tomemos un café y un té. Mi compañero me sigue por detrás. Dejamos nuestras motos cerca de la cristalera y además de calentarnos un poco el cuerpo con líquidos y aprovechar para ir al baño, compramos alguna cosa para comer después –como una focaccia que justamente eran típicas en Génova y no probamos bocado–. El plan es hacerlo en alguna área de descanso, aprovechando un poco de verde del paisaje. De hecho, así es como quedamos: que dentro de aproximadamente otra hora u hora y media de camino pararemos en la primera área de descanso que veamos.

Parada en una área de servicio de la E70 a la altura de Cremona Sud para tomar algo.

Justo en el transcurso aproximado de ese tiempo me aparece el piloto que me avisa de que Mušḫuššu acaba de entrar en depósito. Ya he empezado a buscar un área de descanso y de momento nada, así que decido seguir unos kilométros más a ver si hay suerte. Pero no la hay. Me desvío hacia una gasolinera cerco del desvío a Venezia, espero a ver si @moterorojo me sigue, repostamos ambas y decidimos seguir otro poco.

Finalmente paramos un poco más adelante, ya en la provincia veneciana, a comer en otra vía de servicio. Nos metemos por la zona de los camiones porque me hago un lío, y las dejamos cerca de unas mesas de madera a modo de picnic que hay en una zona de césped entre el área de camiones y la de turismos. No hay nadie más, así que sacamos todos nuestros bultos con comida junto con nuestras bolsas de depósito, y en cuestión de un par de minutos tenemos toda la mesa puesta con alimentos variados: queso, chorizo y patés vegetales todos ellos, foccacia –que está bien rica con una loncha de queso vegetal en el interior–, pan de pueblo, unas patatas de bolsa que mi compañero compra en la gasolinera de al lado junto con un par de latas de cerveza… También él añade algunos otros condimentos. El cielo está nublado pero de momento no nos ha caído ni una gota, así que comemos tranquilas antes de retomar el viaje.

A diferencia del anterior área de servicio donde paramos un ratito, en la de aquí hay una señora en la puerta de los lavabos con una cestita para que se le echen monedas por el uso de los baños. No es realmente necesario, pero al entrar sin haber consumido nada y con su sola presencia me siento obligada a dejarle 20 céntimos. Me parece un robo dejar cualquier cantidad por el uso de los baños. De hecho, recuerdo la primera vez que alguien me cobró por utilizar un lavabo: fue en la estación de tren de París a la que llegaban los Elipsos, nocturnos, desde la estación Sants de Barcelona hace ya unos años. En aquella ocasión era también una mujer la que estaba en la puerta, sólo que en aquel caso no te dejaba pasar si no le pagabas. Me chocó tanto que guardo la imagen grabada nítidamente en mis retinas, imagino que en primer lugar porque me meaba de urgencia y no tenía ni un solo franco francés a mano un par de años antes del cambio al euro.

De nuevo sobre nuestras monturas mecánicas, no tardamos en llegar a la provincia de Trieste. Se reconoce rápidamente porque la carretera alcanza la costa, la costa adriática que desde aquí discurre con tierra al otro lado a mano derecha, perteneciente a la costa veneciana, y de frente hacia donde más allá de Trieste empieza a sobresalir la península de Piran. Paro en un mirador que hay de inmediato y disfrutamos de las impresionantes vistas que se abren ante nosotras.

@moterorojo y su RT con el mar Adriático de fondo.

Ya estamos cerquita y vamos bien de tiempo, así que aprovecho para desviarme al castello di Miramare. Cuando voy a bajar la pata de cabra de Mušḫu se queda enganchada y nos vamos las dos al suelo en una caída de lo más tonta, pero que se cobra –otra vez– la punta de la maneta del embrague que hace tiempo tuvimos que pegar con pattex. Perdí la bolita por primera vez por la sierra de Guadarrama a los pocos meses de conducir a Mušḫu en un aparcamiento de tierra, otra en el tránsito del valle del Jerte a la Vera en uno de los múltiples baches de la CC-17.4, y ahora de nuevo. Como ya es una costumbre, la guardo para volver a realizar la misma operación de unión al llegar a Trieste. Estoy esperando unas manetas nuevas que pedí antes de emprender el viaje, pero no llegaron a tiempo y casi que mejor. Un grupo de españolas se acercan para ayudarme a subir la moto en cuestión de segundos, y una vez más no practico el levantarla solita. Me pregunto cuándo tendré la oportunidad de caerme en un espacio no público para poder hacerlo tranquilamente, que ya va siendo hora 😀

Mi compañero y yo nos acercamos juntas hasta medio camino del castillo y allí nos paramos para contemplarlo. Hace muchísimo calor y es cuesta arriba, lo que hace pesado transportar en la mano las maletas de depósito, los cascos y las chupas, con lo que decidimos acercarnos hasta la zona palaciega por turnos. Me adelanto y doy una vuelta por todo el espacio exterior. Es un sitio precioso al que venir paseando o dar un paseo.

Castello di Miramare.

Cuando regresa mi compañero después de pasearse él por la misma zona, volvemos juntas a las motos y llegamos a Trieste en un momento. Mientras nos vamos aproximando veo el faro della Vitoria a mano izquierda, alzándose en lo alto de la costa. Es bonito. Es muy bonito.

Entramos a la ciudad por una avenida que transcurre junto al mar hasta la estación de tren, y de allí empezamos a callejear hasta acercarnos al B&B que hemos reservado esta mañana antes de salir de Génova: el Affittacamere Iris. Hay aparcamientos para moto en las dos esquinas de la manzana donde nos hospedamos, pero el primero está bastante lleno. @moterorojo se acerca al segundo, donde hay más sitio, y finalmente decido acercar a Mušḫu hasta allí también. Cogemos las maletas de depósito nuevamente, los cascos, y la maleta que llevo agarrada con cinchas en la parrilla para acercarnos en un primer viaje hasta la puerta, que queda a unos escasos 20 m.

Tiene gracia el sistema que encontramos en la puerta; no es necesario que nos coordinemos con la dueña para entrar. Una vez pasado el portal, subimos a la primera planta y visualizamos una caja junto a la entrada del piso que conforma el B&B. Hay tres números dibujados en ella, pertenecientes a tres compartimentos correspondientes a las tres habitaciones que tiene a su vez, y dentro están las llaves. Tengo un mensaje con una clave que me enviaron antes de salir. La introduzco en el compartimento de la numeración de nuestro cuarto y se abre, permitiéndonos acceder a la llave del portal, de la puerta principal y de nuestra habitación. Es un mecanismo realmente bueno, ya que es difícil calcular la hora de llegada a los sitios cuando viajas en moto disfrutando del camino y predispuesta a improvisar según el paisaje que se te vaya abriendo por delante. Y así no es necesario citarse en ningún momento concreto.

Dejamos las cosas y nos damos una ducha rápida para aprovechar las pocas horas que tenemos por delante para conocer la ciudad. Nos cambiamos de ropa y comentamos la posibilidad de alargar la estancia una noche debido a la lluvia, que nos encontramos al volver a salir al portal.

A mí me apetece ver la Sinagoga, en tanto que no recuerdo haber visto ninguna y es la más grande de toda Europa. Sin embargo, yerro mi orientación al llegar a la via Giosuè Carducci, que sigo naturalmente en lugar de cruzarla hacia via San Francesco D’Assisi. Llegamos hasta el mercato Coperto, y enfrente compramos un mapa de la ciudad, bastante detallado, en un quiosco. Entre el viento y la lluvia conseguimos desplegarlo a duras y penas, y comprobamos que no aparece la Sinagoga y que nos hemos desviado bastante de nuestro planteamiento inicial. Lo guardamos y decidimos seguir deambulando sin rumbo por la ciudad, volviendo sobre unos pocos de nuestros pasos para regresar a los soportales que vimos un par de manzanas atrás en ponte della Fabra. Nos refugiamos allí de la lluvia y enfrente descubrimos la piazza Carlo Goldoni, desde donde se ve una imponente vista de la scala dei Gianti en estas horas de la noche en la que está coronada por la imponente fontana di Montuzza, iluminada de color azul. ¡Guau! El tema de las altitudes, aunque pequeñas realmente, impresiona en Trieste. Igual que sus múltiples escaleras para subir a la colina di San Giusto, tan céntrica.

La scala dei Gianti a la fontana di Montuzza. Es imposible apreciar lo mismo que vimos con nuestro ojos. Lástima de fotos nocturnas :___(

De allí nos dirigimos callejeando hacia el mar, donde sabemos que se encuentran las calles céntricas, y nos topamos de bruces con el palazzo della Borsa Vecchia, un edificio neoclásico, sede de la Cámara de Comercio de Trieste, que imita los templos romanos de antaño. Desde allí callejeamos por capo di piazza G. Bartoli hasta la piazza Unità donde se encuentra el Ayuntamiento de Trieste y la fontana dei Quattro Contineti. Es una plaza rodeada por palacios: palazzo del Municipio, palazzo Pitteri, palazzo del Lloyd Triestino, palazzo del Governo. Hay montadas unas carpas en el centro, aunque parece que ya han empezado a desmontarlas. Al menos, dentro de ellas no hay nada. Pero a nosotras nos sirven de breve refugio desde el que observar a nuestro alrededor.

Palazzo del Municipio.

Desde allí llegamos al puerto, ya con miras de encontrar algún lugar donde cenar poniendo rumbo hacia nuestro B&B para no desviarnos mucho más. Que además es tarde y aquí tienen un horario algo “europeizado”, entiendo que como otro vestigio más del imperio austrohúngaro. Miramos algunas cartas por la zona, pero el viento, la bora, es mucho más insistente aquí. De todos modos, y aunque yo voy con jersey, mi compañero va en manga corta. Supongo que el tiempo climatológico es también algo subjetivo…

Finalmente desembocamos en el Canal Grande, ¡y nos cruzamos con James Joyce en el ponte Rosso! También nos topamos con la iglesia ortodoxa, el tempio serbo ortodosso di San Spiridione. Trieste tiene en su seno una gran mezcla de culturas y estas son notables en su disposición urbanística. La plaza es maravillosa, con el canal atravesándola por el medio hasta prácticamente la chiesa parrochiale San Antonio Taumaturgo, de fachada neoclásica con sus 6 columnas coronando otro dintel triangular que parece venido de la antigüedad. Para dar continuidad visual, la fontana de la piazza Sant’Antonio Nuovo parece seguir, de hecho, el canal hacia más adentro. Y a ambos lados, distintos establecimientos en los que parar a tomar algo.

El Gran Canal.
Con James Joyce en el ponte Rosso.
Piazza Sant’Antonio Nuovo.

Nos decidimos por una pizzería, Al Barattolo, que hay al lado izquierdo mirando hacia el neoclásico. @moterorojo se decanta por una pizza que contenga algo de picante y yo por unas verduras a la brasa. Nos sentimos algo desubicadas en el local tanto por la hora a la que entramos, en la que prácticamente todo el mundo está ya de sobremesa, como por el tipo de clientela. La gente en esta ciudad parece salida de la elegancia acomodada que desprende su arquitectura, y nosotras pertenecemos más a las desheredadas de ese mundo. Pero cenamos bien, y desde allí ponemos rumbo a nuestra habitación.

Nos metemos en la cama sin gran dilación, yo decidida a encontrar un poco de calor. Aprovecho el mismo instante que mi compañero se mete dentro para pegar mi cuerpo contra el suyo. Comentamos la posibilidad cada vez más tangible de alargar nuestra estancia un día más. Nos acariciamos, nos besamos, y lentamente voy situándome sobre él para sentirlo dentro de mí, para encontrar ese calor exterior también en mi interior en forma de orgasmo. La primera vez lo experimento sola, pero la segunda @moterorojo llega conmigo. Jugando a tensar los límites, nos separamos en el último instante. Y pocos minutos después, nos quedamos dormidas envueltas en nuestros propios fluidos.

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