Primera noche por Madrid

Después de aquel fin de semana el torbellino de emociones se hizo mucho más potente, mucho más excitante, mucho más cómplice, tierno y consciente. Nos encantaba buscarnos, y nos buscábamos a todas horas. No pasaban tres días enteros sin que nos encontráramos ni tres horas sin que nos escribiéramos. A menos que estuviéramos durmiendo, claro, aunque también reducimos nuestras horas de sueño tirándonos hasta altas horas de la madrugada mandándonos mensajes por WhatsApp primero, y Telegram después. Nuestro constante estado “en línea” del primero nos hizo comprobar la vigilancia de algunas personas que habían pasado por nuestras vidas despertando más de una situación inverosímil, en un cuestionamiento de con quién estábamos hablando tanto tiempo, que nos forzó a emigrar de aplicación. En aquel entonces, WhatsApp no te permitía ocultar tus conexiones a las demás, algo que Telegram ha permitido desde siempre.

Aquellos días fueron de vértigo, en el mejor de los sentidos. Si el domingo por la noche al regresar de la Sierra salí a tomar algo con Diego al bar en que siempre nos encontrábamos los colegas mensajeándome disimuladamente con @moterorojo, con quien luego al volver a casa me volvieron a dar las tantas, el lunes con la salida del sol estaba llegando a San Cristóbal, en Villaverde, para apoyar de nuevo la paralización de un desahucio. Recuerdo muy bien aquella mañana porque desgraciadamente no lo conseguimos: por primera vez, en el par de meses que llevaba acudiendo sin tregua a las paralizaciones, vi cómo se llevó a cabo una ejecución. Recuerdo cómo me quedé dentro del piso, cómo sacaron a mis compañeras que ejercían resistencia pasiva en el rellano, cómo seguían gritando desde la calle para envolvernos con su calor mientras veía a la policía por la mirilla ocupar estratégicamente toda la entrada desde fuera y cómo empezó a trabajar el cerrajero. El ruido que hacía era insoportable, tanto que junto a las chispas que saltaban por todos lados tuvimos que echarnos hacia atrás. Pero no era nada en comparación con la desazón que empezaba a envolvernos. Cuando acabó de desarmar la cerradura, los agentes de las UIP entraron violentamente ocupando todo el espacio del salón al que daba paso la puerta tras una pequeña entrada de la que también habían tomado posesión. Recuerdo cómo con sus acostumbrados malos modales, empujando al mismo tiempo que elevaban la voz, dijeron a las compañeras de prensa que estaban con nosotras que salieran. Y también, cómo nos soltaron las manos que mi amiga y yo manteníamos unidas para fortificarnos en aquel piso, ahora junto a la ventana desde donde veíamos al resto de la gente crecerse en la acera, instándonos a que nos fuéramos también cuando volvimos a unirlas con total determinación. Nos quedamos, y ayudamos a Andrés y a su familia, a quienes las lágrimas delataban sus emociones, a recoger sus pertenencias malmetiéndolas en cajas con el tiempo en nuestra contra. Recuerdo cómo los agentes bajaban la mirada cuando les dirigíamos las nuestras, cargadas de rabia. También al perro, que estaba con el rabo entre las patas sentado en un rinconcito de una de las habitaciones, a oscuras, mirándonos con sus ojos grandes y tristes, y cómo temíamos que se les escapara el gato que una vez que acabamos bajaron y mantuvieron en brazos envuelto en mantas como a un bebé. Mi amiga tampoco pudo contener las lágrimas cuando empezaron a sellar la puerta. Recuerdo que nuestro amigo en común la abrazaba. Fue una situación de impotencia absoluta ver el desahucio de una familia que reflejaba la realidad diaria de tantas otras, haciéndose efectivo.

La mañana siguiente fue mejor, y paramos otro desahucio en Miguel Hernández, en Vallekas. Al final de la semana se sumaban 4 desahucios paralizados en el barrio de los 4 convocados. Un giro alentador. Otro que tuvo lugar el viernes en Delicias, también fue evitado. La vecindad de Madrid me estaba enseñando que si quería vivir en un sitio, era aquí: rodeada del calor de la solidaridad de las que se han ido convirtiendo en mis compañeras a lo largo de aquellos meses y todavía estos días.

Eran días impetuosos no sólo en el mejor de los sentidos sino en todos. Días de pocas horas de sueño, de mucho amor y de curro y lucha constante. Desayunaba cuando volvía a casa después de salir de ella de madrugada, recién levantada y muerta de sueño, a un Metro que acababa de abrir sus puertas con las primeras tonalidades del amanecer en el cielo. Regresaba de aquellas pequeñas pero en cierto modo grandiosas jornadas de resistencia cuando mi compañera Lupe se levantaba, y desayunaba con ella. Y cuando no había convocatorias, algún mensaje acababa colándose en mi móvil augurando que iba a formarse alguna movida reivindicativa espontánea:

¿Qué haces esta mañana, prima?–

Y yo siempre estaba predispuesta para salir en cuestión de minutos, adonde hiciera falta.

Entre el mediodía y la comida, casi siempre tardía, cumplía con mis horas de trabajo como becaria precaria, pero al fin y al cabo remunerada. Por las tardes, cuando no tenía clase, apresuraba las lecturas y los ejercicios que nos mandaban. Entre una historia y otra, se colaban, y colaba, aquellos otros mensajes de deseo y pasión que ninguno de los otros quehaceres, voluntarios o de obligado cumplimiento, eran capaces de contener. Y todavía me quedaba tiempo para fantasear e idear nuestros próximos encuentros, nuestra próxima velada en que @moterorojo y yo nos encontraríamos… esta vez en mi casa.

He hecho una lista de música “romántica”, ¿crees que le gustará?

Yo me reía, pero lo cierto es que había pasado no pocas horas seleccionando cuidadosamente, mientras abordaba otras tareas, cada uno de los temas que de una forma u otra nos habían acompañado, combinándolos con otros clásicos con los que formaban, en conjunto, una atmósfera tierna, cómplice y vibrante con la que sabía que íbamos no ya a mezclarnos, sino a fundirnos. Gilbert O’Sullivan, Adamo, Chris Isaak, Roxette, Pink Floyd, Elvis, Queen, Édith Piaf, Simon & Garfunkel, Silvio, Muse o Bonnie Tyler estaban ahí, entre otras, perfectamente mezcladas desde sus diferentes ámbitos y momentos.

Pues no sé… ¿sabes si a él le gustan este tipo de temas?

Lupe dudaba precavidamente mientras escuchaba el resultado, demasiado dulce para su gusto. Le dije que algunos indudablemente sí, que los había añadido porque sabía que le gustaban o le había visto postearlos en algún momento, y que el resto entendía que también, en tanto que iban en una línea similar y él era bastante tierno. Además, muchos eran de “su época”. Lupe se rió y resueltamente añadió que si él era tierno y le iba este rollo como a mí, desde luego le encantaría.

¡Ah! Tengo algo que te puede servir –se levantó de mi cama y se dirigió hacia la puerta del cuarto, y parando en el marco, me miró con un gesto travieso que me indicaba que la siguiera–. Cuando yo llegué a este piso, Luis, el casero, me dijo que nos dejaba estas bombillas que había comprado su hija cuando vivía aquí, imaginaba que para ambientar fiestas erótico-festivas.

Mientras Lupe sacaba una caja de mimbre, que encajada en la estantería de obra del pasillo hacía función de cajón, me relataba divertida la historia de cómo Luis se había puesto poco menos que a contarle las supuestas aventuras sexuales de su hija, anterior inquilina de nuestro piso, como quien comenta que viene de comprar el pan. Había bombillas de diversos colores: –¡oh! ¡esto es perfecto!– pensaba, y mirando una a una a trasluz, nos figuramos diferentes funciones que pudieron cumplir no hacía muchos años en aquel mismo espacio, con otra gente. ¿Quizás una fiesta temática? ¿Una orgía…? Sea como fuere, había llegado el momento de devolverles su protagonismo.

Dudaba entre la amarilla y la roja, aunque creo que llegué a probar también una verde o azul, quizás morada. Lo cierto es que todas parecían muy oscuras y por eso pensé en la amarilla primero, pero aparte de aumentar, en apariencia, la densidad del aire de mi cuarto, no era muy original. La mejor estaba claro que era la roja, pero no parecía que fuera a alumbrar absolutamente nada de lo opaca que era su pintura. La probé la segunda, y las dos exclamamos entusiasmadas. Ese era el ambiente que buscaba. Me recordaba al reflejo de esas luces de neón que enmarcan los cubículos de las entradas de algunos locales eróticos, con una luminosidad más viva de lo que aparentaba en un principio aunque sin dejar de ser excitantemente oscura y perversa. Aún así, todavía probé alguna otra para ver si me llevaba alguna sorpresa más y ciertamente alguna hubo, pero la ganadora estaba clara.

Espera, que te traeré otra cosa –Lupe salió de mi cuarto para volver con la lamparita que tenía en su mesilla de noche–. Así tendréis un poco más de luz sin estropear el ambiente, que tú no tienes ninguna. Prueba a ver cómo queda.

Quedaba genial. Ya tenía la música y las luces, ¿qué podía salir mal?

El jueves de aquella semana me metí en la ducha después de comer, y antes de que Lupe se fuera me puse la minifalda de cuadros escoceses, mis botas punkis negras de cordones por debajo de la rodilla y las medias de agujeritos, también negras, que me llegaban justo por encima de las mismas. Llevaba la camiseta de mangas de tres cuartos del mismo color y me faltaba una chaqueta.

Esta te va a quedar genial –una vez más y como siempre desde hacía unos meses en los que nos habíamos hecho inseparables, Lupe fue partícipe de mi puesta en escena para la primera noche en que @moterorojo vendría a dormir a casa–. ¡Te queda tan bien este rollo entre gótico y punkarra!

¡Lo sé! Debería usarlo más, jajaja…

Había sacado del armario de la entrada una chaqueta vieja de pana de botones cruzados rollo militar de gala, corta, de un color entre púrpura y granate que quedaba de miedo con las botas y con todo. Me sentía sexy en mi vestuario, todo formado por prendas que tenían mil años, y eso hacía que me riera con mi amiga por nuestra capacidad de sacarle partido a todo dándole además un carácter propio que a mi hermana, mucho más interesada por la moda, siempre le ha hecho llevarse las manos a la cabeza.

Las medias se me caían al andar. Reflejaban un aire desenfadado e impertinente que yo no interpretabavoluntariamente, y eso me gustaba. Aquella tarde tenía clase, y como cada tarde de clase subía andando por Santa María de la Cabeza hasta el Paseo del Prado. Después había quedado con @moterorojo.

Los jueves hacíamos debates, sobre los seminarios de los martes, en los que veíamos cómo podíamos incorporar el nuevo material formativo a nuestros respectivos proyectos de los que teníamos que publicar un pequeño artículo semanalmente. Aquella semana habíamos comenzado con el bloque de «esfera pública digital» y en un principio no me resultó demasiado atractivo. Aunque a la semana siguiente me sentía sembrada, dando mil ideas sobre cómo podía enfocar mi estudio como parte de esa periferia que por medio de las redes sociales había comenzado a intervenir de una forma bastante directa en ella por medio de la incidencia en la opinión pública. Alentada por aquellas energías que recargaba no teniendo tiempo suficiente en las veinticuatro horas que duran los días, rodeada de redes en todas mis actividades, encontraba numerosos ejemplos que me hacían mostrarme cada vez más participativa. Sin embargo, aquella tarde estaba profundamente ensimismada en el desenlace posterior de la misma. De reojo, miraba el reloj de pulsera que llevaba uno de los profesores que estaba sentado a mi lado, estando como estábamos todas juntas alrededor de una misma mesa. Nunca llegábamos a diez personas y eso permitía que sacáramos adelante un trabajo muy cooperativo. En algún momento alguien, no recuerdo quién, llamó mi atención comentando que me veía pletórica a la par que ausente:

¿Qué te ocurre? –creo recordar que era mi tutor, quien además se había encargado del seminario del martes, y que me miraba con esa mezcla de sospecha y conchabanza–.

¿Qué? –volví a prestar atención a aquella sala de la que acababa de salir sin ser consciente. Por suerte parecía que sólo se había percatado él–. Nada, ¿por qué?

Le desvié la mirada centrándola en mis apuntes y volví a echar ojo de aquel reloj de pulsera. No quedaba nada. Finalmente, en el momento en que fueron concluyendo, me levanté de un respingo y desaparecí por la puerta.

¡Estela!, un momento…

Lo siento –, ¡tengo mucha prisa!

Respondí ya desde el pasillo, bajé las escaleras a toda prisa y salí de aquel edificio que acoge decenas de proyectos colaborativos de Madrid para dirigirme a la plaza de la Platería donde habíamos quedado. Por el camino iba escribiendo a @moterorojo, comentándole que tenía que parar un momento a sacar dinero en el cajero que había en la esquina. Supuse que todavía estaba sobre la moto ante la falta de respuesta.

Cuando entré en la plaza dirigí una mirada al aparcamiento improvisado de motos y no le vi. En su lugar, noté la mirada de una pareja de nacionales. Desde hacía semanas, un furgón vigilaba permanentemente de cerca las proximidades de la embajada de la República Árabe Siria o los del Consejo Económico y Social, no sé con qué fin. Saqué 20 euros y cuando me giré vi a @moterorojo mirándome desde el aparcamiento, ya sin casco, junto a su RT. Me metí el billete en la cartera, que introduje en el bolsillo de la chaqueta. Como de costumbre, no llevaba bolso. Nunca me han gustado, y salvo en verano cuando se vuelven prácticamente indispensables por la falta de ropa, y en consecuencia de bolsillos, trato de evitarlos. La verdad es que son un estorbo.

Pasé de nuevo ante la pareja de azul oscuro casi negro, cuyo uniforme me evocaba, y evoca, tantas escenas de violencia y resistencia, y llegué hasta la altura de @moterorojo. Nos sonreímos, nos besamos, me giré para ver la cara estupefacta de los únicos observadores de los que tenía constancia, y pusimos rumbo calle Huertas hacia arriba. Es divertido cuando una pareja poco habitual como somos nosotras se besa y rompe los esquemas de quienes están alrededor, y eso es algo que todavía entonces estaba descubriendo.

Vaya cara se les ha quedado a esos dos, ¿no?

Están aburridos. Siguieron mis pasos desde que entré en la plaza, imagino que por puro entretenimiento, y creo que no esperaban que hubiese quedado con un tío rubio como tú…

@moterorojo se sonrió ante mi gracia, relacionada con su pelo cano que tantos adjetivos habíamos llegado a ponerle y entre los que él prefería insistir en el rubio que había perdido y que a veces parecían reflejarle los rayos del sol. A mí siempre me ha gustado decir que es plateado, como el de Rhaegar.

La tensión que sentíamos la expresábamos hacia fuera sin quererlo con cada uno de nuestros gestos. Tratábamos de andar separadas, como un par de amigas, pero nuestras manos no dejaban de entrechocarse voluntariamente, ahora rozándose con los dedos, ahora entrelazándolos. La gente se giraba y nosotras nos reíamos y nos separábamos, nos besábamos un instante más adelante y volvíamos a hacer como si nada, y nos reíamos todavía más. Estábamos empezando a establecer aquella celosa complicidad entre la multitud tan nuestra que llegaría a acompañarnos hasta a manifestaciones en las que cada una de nosotras iba con sus amigas y hacíamos como si no nos conociéramos, mandándonos mensajes subiditos de tono e intercambiando miradas de deseo ajenas a nuestro alrededor cuando nos cruzábamos entre la gente. Pero aquel día íbamos juntas, y no nos dirigíamos a ninguna manifestación ni ningún otro evento que no fuera solo el nuestro.

Los días empezaban a alargarse y todavía quedaba algo de sol. Llegamos hasta la plaza Santa Ana y buscamos un hueco en una de sus terrazas, la temperatura era estupenda. Por eso también estaba bastante abarrotada, pero encontramos un hueco entre numerosas mesas repletas y pedimos un par de dobles que acompañaron con unas aceitunas. Una vendedora de rosas se nos acercó, y le dijimos que no estábamos interesadas. Ella insistió a @moterorojo que le comprara una a su chica. Él le dijo que yo era su sobrina, y la vendedora, que no era tonta, respondió que muchos tíos les regalaban flores a sus sobrinas. Me acordé de aquella escena de Pretty Woman en que Vivian le confiesa a una dependienta que Edward en realidad no es su tío: “nunca lo son, querida”. ¡Cuánto nos reímos! Florista incluida, que pobrecilla, no consiguió hacer su venta con nosotras de todas formas.

Qué y dónde llegamos a cenar es algo que no tengo tan claro, porque casi todos los recuerdos de ese día me llevan, antes que a mi cama, al Helecho. Supongo que pedimos alguna ración en aquel bar antes de levantarnos. Sí sé que paseamos por el barrio de las Letras arriba y abajo acompañadas de aquel buen tiempo y unas ganas de comernos crecientes. Cada vez acabábamos besándonos más veces, sin querer ni poder evitarlo, aprovechando cualquier instante aparentemente sin gente dentro de las posibilidades que ofrece el centro. @moterorojo siempre ha sido una persona tímida, y aquello hizo que la temperatura subiera hasta sus máximas cuando nos sentamos en la parte elevada del pub al que entramos con la idea de hacer un daiquiri y un mojito. El camarero fue la primera persona del día que nos miró y trató con total normalidad, como si fuéramos cualquier pareja corriente, y eso hizo que me sintiera cómoda. Pero ya no estábamos en la calle, no había muchas oportunidades de pasar desapercibidas aunque nunca llegáramos a hacerlo realmente, y mi compañero estaba en estado de alerta. Yo me moría de ganas de besarle. Él desviaba mi mirada viéndose rodeado por otras personas en un ambiente sereno. Estábamos sentadas en unos bancos, cada una en uno que se unían formando una esquina a la que yo me iba arrimando peligrosamente. Le veía cada vez más apurado ante los deseos que le confesaba en un susurro mientras pasaba mi mano de su rodilla a su muslo, sintiéndome cada vez más excitada. También él lo estaba, como podía comprobar en el color que se iba formando en sus mejillas.

Estela, para –era incapaz de mirarme.

¿Que pare qué?

Yo me reía y él no sabía dónde meterse, y yo me arrimaba más para tensar aquella cuerda que sabía que se iba a romper.

Nos está mirando…

¿Sí? Yo no veo a nadie más que a ti.

Aquello último se lo dije prácticamente rozando su oreja con mis labios, con mi mano muy cerca de su entrerpierna que sabía que me estaba respondiendo. La cuerda se rompió. En lo que tarda en pasar un segundo se giró para mirarme fijamente a los ojos y me besó, y nuestras lenguas se encontraron en el transcurso de otros tantos.

¡Ahora sí que nos miran! –le dije pletórica–. Y yo estoy muy mojada.

¡¡Estela!!

Él intentó recolocarse los tejanos mientras yo contenía mi risa en una sonrisa, y tratamos de seguir como si nada sin dejar de pensar en las ganas que teníamos de llegar a mi casa. Pero ya no era posible, y decidimos pagar y salir de allí. No hizo falta ni atravesar la puerta para cogernos de la mano.

Bajamos lo que quedaba de Huertas muy juntas, hasta llegar a su RT donde me tendió un casco y unos guantes:

¿Bajo calle Santa María de la Cabeza hasta donde te recogí la otra vez, o…?

Hasta la rotonda de Santa María, y allí giramos. Yo te guío.

Me subí detrás de él, rodeándole fuerte por su cintura sin dejarle al viento que se colara entre nuestros dos cuerpos. Cuando llegamos a la rotonda, el semáforo estaba en rojo y el conductor de una furgoneta blanca que teníamos parada al lado se nos quedó mirando. @moterorojo iba con la chupa de moto, pero mi minifalda llamaba la atención. Y estaba metiéndole mano, supongo que no tan disimuladamente como imaginaba. Las dos le miramos, yo sonreía. Mi compañero, mucho más desenvuelto en aquellos momentos, le guiñó un ojo y salió primero cuando la luz cambió a verde.

Cuando llegamos al portal Marian, el portero, ya había acabado su jornada y las luces de la entrada estaban apagadas. Quedaban 8 pisos por delante que aprovechamos para empezar a desfogarnos en el ascensor. Nuestras respiraciones estaban aceleradamente acompasadas cuando llegamos al rellano y abrí la puerta.

Espera aquí un momento –le dije parándolo en la entrada de mi cuarto mientras me aseguraba de que todo siguiese predispuesto–. Muy bien, acércate… –encendí la luz roja cogiéndole de la mano–. Ya puedes entrar.

¡Oh! Qué luz tan sensual.

Y esto no es todo –le dirigí hasta al lado de la cama y le invité a que se sentara mientras dejaba su chupa en la silla. Me di la vuelta, cogí el ratón de mi ordenador de mesa y le di al play. Me acerqué a la ventana para encender la luz de la mesilla –¿así mejor?–, me volví, fui a cerrar la puerta, me saqué la chaqueta y me senté lentamente sobre él, ya acomodado con la espalda en la pared.

Te quiero mucho –sus ojos me miraban como la primera vez que habíamos hecho el amor. Me hacía sentir como saltando al vacío, pero a un vacío mágico, cálido y pasional en el que él caía conmigo.

Te quiero –y al pronunciarlo por primera vez sentí la adrenalina del vértigo formar un rocío cálido en el interior de mi bajo vientre mientras con una mano él me soltaba el sujetador. Le desabroché un par de botones de su camisa y acaricié su pecho mientras nos observábamos, él me devolvió un beso largo. Desabotoné la bragueta de sus tejanos y me levanté para sacarle las botas y los calcetines, y dejé que se los sacara él mientras yo desataba mis botas, me quitaba las medias y me deshacía de las bragas para volver a sentarme encima suyo. Sentía el calor de su pierna en mi sexo húmedo.

Estás mojadísima –me acercó hacia sí con una mano, apartándome el pelo con la otra para volver a besarme. Acabé de sacarle la camisa y levanté los brazos para que él hiciera lo mismo con mi camiseta. Dejé que el sujetador se deslizara hasta mis muñecas y lo lancé a un lado con mi mano izquierda. Abrazamos nuestros torsos desnudos, apretando mis tetas contra su pecho siempre cálido mientras sus manos recorrían mi espalda. Me elevé levemente para introducirle en mi interior con la otra mano, y me moví muy despacio sintiendo su pubis en todo momento en contacto con el mío.

Me hice a un lado para recostarme y le miré apoyada con los codos en el colchón. Hacía muchísimo calor. Él se irguió y vino hacia mí, penetrándome con suavidad mientras acababa de tumbar mi cuerpo sudado con el suyo. Le sentí muy dentro, pero bajé mis manos hasta su culo para unirlo todavía más a mí. Las canciones nos acompañaban, sonando una detrás de otra mientras nuestro deseo se avivaba y nuestros movimientos se aceleraban. Mi pierna derecha empezaba a colgar a un lado de la cama al mismo tiempo que él se escurría, pero no nos desenganchábamos. Ya me había corrido una vez cuando él se apartó de nuevo para ponerse de pie en el suelo y tomarme en posición perpendicular a la cama.

Quiero que te corras dentro de mí.

Buscó un preservativos en el neceser que había subido a casa en la maleta de depósito de la moto para obedecerme, corriéndose esta vez conmigo. Me gustaba limitarlos al último instante y en momentos concretos, cada vez más escasos. Empezaba a viciarme sentir el roce de su piel en la mía a lo largo de cada centímetro de nuestros cuerpos, y todo lo demás me empezaba a sobrar.

Aquella noche nos quedamos dormidas con la música puesta por primera vez de tantas otras que vendrían. Sonaba suave y reconciliadora de fondo mientras nos acariciábamos abrazadas y satisfechas con mi cabeza sobre su pecho y su brazo izquierdo alrededor de mis hombros, muy juntas en aquella cama de 90 cm de ancho ataviada de sábanas rojizas a juego con la bombilla. Yo dormía del lado de la pared, y él aprovechó el suyo, abierto, para sacar alguna extremidad que le templara de vez en cuando a lo largo de la noche.

Por la mañana, cuando abrí los ojos, entraban unos pocos rayos de luz por la ventana, que daba a la galería, haciendo un precioso juego de sombras en su espalda fuerte y ancha, desnuda sobre mi cama. Bocabajo, mi compañero aún dormía. Pasé mis dedos por ella, siguiendo su columna y sus contornos musculares, y poco a poco se fue despertando hasta girarse para mirarme.

Buenos días, precioso.

Le besé y pasé mi mano de su espalda a su sexo pasando por su cintura. Estaba erecto, con la polla tan dura como tierna en su calidez, y me erguí para colocarme sobre él y volver a sentirlo dentro de mí mientras acabábamos de despertarnos.

Del cuarto pasamos a la ducha desnudas después de mirar a un lado y al otro del pasillo, como quien corre una aventura en un corto trayecto prohibido. Una vez dentro del baño, nos encerramos y nos reímos con complicidad, besándonos y abrazándonos mientras empezaba a correr el agua todavía fría. El deseo intacto después de corrernos juntas varias veces en el transcurso de una noche y las primeras horas de la mañana siguiente.

Vas a traer a los hombres de cabeza –estábamos metiéndonos en la bañera cuando empezó a imaginarme a su manera, compartiendo sus ideas conmigo–.

¿Qué tonterías dices? –le acerqué el gel de fresa cuyo olor sabía que apreciaría de mi cuerpo una vez que estuvo completamente mojado bajo la manguera de la ducha–. No quiero traer de cabeza a nadie que no seas tú ahora mismo –le sonreí–.

¡Ay!, quien tuviera tu edad –le miré con extrañeza mientras nos cambiábamos de lado, no sin antes intercambiar un beso fugaz–. Jo, ¡qué bien huele…! Este es el gel que usas normalmente –asentí–. Prométeme solamente que siempre serás libre.

¡Pues claro! –me reí rompiendo la extrañeza a la que me habían sumido sus primeras palabras–. ¿Qué iba a hacer si no? Creo que no sabría vivir de otra manera que no fuera sintiéndome así.

Pobre Diego…

¿Y ahora pobre Diego por qué? –él no dejaba de mirarme con una mezcla de cariño y deseo mientras se enjabonaba al mismo tiempo que trataba de evitar que la espuma le entrara en los ojos. Yo seguía dejándome empapar por la ducha–.

Porque le gustas.

¡Pero bueno! –volví a cambiarle el lado, esta vez con mayor decisión–. ¿Qué sabrás tú? Además, él a mí no me gusta. A mí me gustas tú.

Bueno, es evidente –dejó que la espuma cayera de su pelo y su cuerpo con el agua hacia el desagüe–. Y tú tienes tanto amor para dar…

Y a ti, ¿te gusto? –volví a reírme abrazándome a él para buscar su confirmación, que era la única que me importaba realmente, dejando que el agua nos desenjabonara a ambas mientras trataba de mirarle a los ojos sin cerrar los míos–.

¡Joder! –me besó y me ayudó a eliminar parte del jabón que aún tenía en la cabeza mientras se reía conmigo, tratando de mantener también sus ojos abiertos bajo el agua que seguía cayendo sobre nosotras–. Qué cosas tienes.

Cuando estuvimos duchadas y vestidas le encendí el ordenador de mi cuarto, que se había suspendido a lo largo de la madrugada, para que mirara sus cosas mientras preparaba un par de tostadas. Le preparé un café con el soluble de Lupe, y yo me puse agua a calentar en el microondas para un té. Cuando lo tuve todo listo, le invité a acompañarme a la cocina. Al poco de empezar a desayunar apareció Lupe.

¡Buenos díaaaas! –me levanté al verla entrar para corresponderle con el saludo mientras le presentaba a mi amigo–.

¡Guapa! Buenos días… creo que no hace falta que os presente –@moterorojo se levantó mientras negaba como ella, y se dieron dos besos.

Me encantó el modo en el que conectaron al instante, compartiendo lo que habían oído el uno de la otra entre risas mientras yo sonreía complacida por tan grata compañía. No estuvimos mucho tiempo porque Lupe se tenía que preparar un par de cosas para el Máster y @moterorojo volver a la Sierra a hacer sus cosas. Pronto estuvimos de nuevo en la habitación para despedirnos.

Mientras cogía sus cosas, sacó una de sus pequeñas muestras de perfume con las que se rocía tantas veces y tras perfumarse él mismo, perfumó también mi cama:

¿Estás marcando mi cama?

¡Pues claro! –me reí con él mientras me acercaba a abrazarle, contenta de saber que me envolvería su olor al acostarme aquella noche–. Y te voy a dejar dos condones para que los uses. Están contados, eh…

¡Uhhh! Entonces sin duda sabrás cuántas aventuras habré mantenido en tu ausencia cuando vuelvas.

Me besó sonriente y cogió sus cosas, y yo le acompañé hasta la puerta:

¡Te echaré de menos!

Yo ya te echo de menos, preciosa.

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