Cádiz y el Puerto de Santa María

28 de abril de 2018

Madrid – Puerto de Santa María

Esta vez, las paradas son bastante aproximadas xD

Alrededor de las 11 mañana decidimos poner, erróneamente, rumbo hacia el Puerto de Santa María en Cádiz. Y digo erróneamente porque pensamos que al ser sábado la ‘operación salida’ del puente formado por el primero de mayo –festivo en conmemoración a los anarcosindicalistas ejecutados en Chicago por su lucha a favor de la jornada laboral de 8 horas–, ya habría acabado. Pensamos que la mayor parte de la gente habría salido el viernes por la tarde o el sábado a primera hora para aprovechar el tiempo al máximo. Pero no. Como de costumbre, la gente debió pensar lo mismo que el resto y coincidimos todas en un atasco interminable que empezaba en la A-6 con la M-50 y llegaba hasta Talavera de la Reina por la A-5. Un atasco prácticamente ininterrumpido desde antes de llegar a Madrid hasta más allá Toledo.

¡Menos mal que viajamos en motos! Sin embargo, y aunque en estos casos las moteras no llegamos a estar nunca completamente paradas, no se avanza igual por el arcén o entre coches que con la carretera despejada. Así que las dos primeras horas de viaje sirvieron para poco más que salir de la Comunidad de Madrid… En un tiempo más limitado, conseguimos atravesar buena parte de la provincia de Toledo.

Cuando finalmente dejamos atrás el interminable atasco, me desvié a una estación de servicio situada entre Talavera y Oropesa, a la altura de Calera y Chozas, para estirar las piernas: me dolían las rodillas y mi tobillo derecho, recuperado de una fractura trimaleolar ahora hace dos años, estaba algo entumecido.

¿Quieres que comamos aquí? –cuando @moterorojo paró a la Bestia junto a Mušḫu quiso indagar en mis intenciones.

No, no. Necesitaba estirar las piernas –le sonreí–. Sólo son la 1 y algo, si quieres continuamos otra hora más antes de parar –los coches entraban sin parar en la gasolinera, formando constantemente un tapón delante de nosotras–. Empieza a refrescar, ¿eh?

Sí, ¡hace un tiempo fenomenal para ir en moto! –los días anteriores hizo, aunque tras un mes de mayo tormentoso resulte dudoso, bastante calor–. Tendríamos que comprar agua –echó otro vistazo a su alredor–. ¡Madre mía! Cómo está esto.

Me ofrecí a ir para moverme un poco y aprovechar para pasar al lavabo. Estaba todo llenísimo de gente, era agobiante. Al salir, me quedé mirando la carretera que mi compañero también estaba observando… No dejaban de pasar coches y coches.

Ya nos han adelantado todos los coches que habíamos adelantado nosotras –me reí del pensamiento que acaba de compartir conmigo–.

Anda, vamos. En una hora o así vuelvo a parar para comer, si no entro antes en reserva.

En una área de servicio cualquiera de la A-5 rumbo sur a la altura de Calera y Chozas. Cerca de Oropesa, ciudad que nos os podéis perder.

Entré en reserva inmediatamente, así que hicimos una parada rápida para repostar al poco de salir de allí. Luego seguimos nuestro camino un poco más allá, pero tampoco demasiado. A la altura de Trujillo me desvié en otra estación de servicio en la que determinamos comer. Poco antes habíamos pasado por un área de descanso bonita, y fue una lástima no haber tenido pan ni algo fresco que beber para comer allí.

Entramos en la gasolinera en busca de pan y salimos con unos noodles para comer en el camping. Barras no quedaban, así que en su lugar pillamos unas rebanadas de pan tierno para sándwich. Yo tenía unos riquísimos espaguetis alla puttanesca completamente veganos que me había preparado @moterorojo la noche anterior, y él, pues… cosas varias para picar 😛 Además, teníamos unos pimientos verdes fritos.

Ahí, el pan tapando la preciosa carga de mi Mušḫu. Muy cerca de Trujillo, otro precioso lugar que no podéis dejar de visitar.
Tan monas las maletas cerradas, y cuando las abres… ¡boom!

A esas alturas, todavía no teníamos nada reservado en destino. No veíamos la necesidad en tanto que queríamos acampar. Sin embargo, el cielo empezaba a nublarse y daban lluvias en el sur. Después de comer, entramos en la tienda de la gasolinera y nos preparamos un café y un té en las máquinas expendedoras que estaban junto a un par de mesas a las puertas de los baños. Y una vez sentadas, decidimos echar un ojo por Booking. Cádiz, Sevilla e incluso Trujillo y Mérida estaban al 98% de su capacidad de ocupación. Los precios eran desorbitados, por encima de los 200 euros y primando los 500 (!). Nos miramos sabiendo que probablemente nos tocaría correr una aventura inesperada, pero el hecho de saber que llegaríamos de noche –como de costumbre, tendríamos que haber salido antes– y muy probablemente con lluvia, nos echaba atrás en el primer día de viaje y acampando. Localicé un hostal barato en el Puerto de Santa María para nuestra sorpresa, pues también tenía una alta ocupación, y optamos por no arriesgar. Empezaba a hacerse efectivo ese momento de cansancio mezclado con mal tiempo y peores pronósticos.

Después de esto, seguimos avanzando parando únicamente para repostar: primero en Almendralejo y luego en El Ronquillo, donde hicimos un pequeño tramo de la N-630. Se nos había hecho tarde, y aún nos quedaba camino. Antes de llegar, paramos una última vez para estirar las piernas y mear al inicio de la nacional A-480 que une Sevilla con Cádiz evitando el peaje de la autopista. Al hostal, de nombre Costa Luz, creo recordar que llegamos cerca de las 21 horas después de un último tramo bajo una lluvia fina que, junto con la luz de la puesta de sol, me quitó buena parte de la visibilidad. Entonces empecé a oír un barullo acompañado de humo y luces… había una feria montada en la entrada del pueblo, al que finalmente estábamos llegando. Y por suerte, para ir a nuestro destino había que coger la segunda salida del Puerto de Santa María y no la primera, que sirviendo de acceso a la feria tenía montada una buena caravana.

Después de un par de vueltas infructuosas, encontré el hostal pateando la calle en la que venía indicado. A falta del número concreto y la entrada contra dirección indicada por el GPS, tuvimos que parar las motos e indagar a pie. Una vez que lo tuve situado, volvimos a montar y las dejamos delante de la puerta: aparcamiento gratuito. No muy extenso –consiste en una línea amarilla de reservado para huéspedes–, pero teniendo en cuenta que el hostal estaba lleno, lo cierto es que no tuvimos problema para dejarlas a ambas.

¡A tan sólo un paso!
Ahora sí: una imagen con la carga. Frente al hostal.

En desmontar el equipaje no tardamos tanto como imaginábamos. Mientras lo hacíamos, la mujer encargada del hostal se fue en bici a enseñar un apartamento a otros huéspedes. Los sacos de dormir, junto con la tienda y el resto de menesteres de acampada abultaban bastante, pero también se va cogiendo práctica con las cinchas, las redes y demás sujeciones 😀

Cuando todos nuestros bártulos estuvieron en el cuarto, nos dimos una ducha. Aunque era una ducha de mamparas bien chiquitita, y la manguera y la alcachofa estaban ya un poco viejas y desgastadas, el agua salía con una presión de lo más agradable. No nos entretuvimos mucho; queríamos salir a cenar algo antes de que cerrara todo.

Salí de la habitación con el mapa que me había dado nuestra hospedera, aunque @moterorojo ya conocía el lugar. Aún así, como ella había dibujado una buena ruta para llegar al centro pasando por un par de puntos relevantes, me situé en él y le discutí fallidamente el camino a seguir a mi compañero.

Una vez mejor situadas, empezó a caer el diluvio universal. Apenas habíamos llegado a una de las calles que nos llevaban al centro. Guardé el mapa después de memorizar dos mojones clave, y avanzamos resguardándonos lo posible entre balcones y portales. Todo esfuerzo fue en vano. Después de recorrer la calle Miseridordia hasta la plaza de la Herrería sopesando dónde sentarnos, acabamos entrando en la terraza cubierta del bar con el mismo nombre. Un grupo de personas que estaban perfectamente secas sentadas tomando algo alrededor de una de las mesas de la terraza, empezó a preguntarse en voz alta entre sí por qué no habríamos cogido un paraguas. Todo esto sin quitarnos el ojo de encima. El camarero, que vio cómo sacaba el mapa apunto de deshacerse, se ofreció a secármelo sobre el horno de la cocina. Nos quitamos las chupas, que estaban chorreando, pero no pudimos sacarnos el resto de prendas que estaban igual o peor debido a su falta de impermeabilidad –nos habíamos cambiado en el hostal e íbamos con pantalones tejanos–. Aunque llevaba unos pantalones de por sí estrechos, ahora los tenía perfectamente pegados a la piel de mis piernas, fría y húmeda.

Cenamos de tapas con un par de cañas. Recuerdo que pregunté si no hacían las patatas alioli con salsa brava para evitar el huevo y me dijeron que no tenían pero que me preparaban una en el momento, y la hicieron realmente brava y realmente rica. Un par de tapas y un par de raciones acompañadas de unas tres cervezas y un café no llegaron a 20 euros.

Por suerte para nosotras, la lluvia cesó y pudimos volver al hostal dando un paseo. De lo contrario, ya habíamos valorado el taxi como salida desesperada.

Lo cierto es que aunque la cama no era especialmente notable en tanto que tenía un viejo colchón de muelles, nos quedamos fritas apenas la tocamos y nos fundimos en un abrazo.


29 de abril de 2018

Puerto de Santa María – Cádiz

¿Merecía la pena en un mapa para 20 km? Pues lo mismo que uno sobre una autovía. Por orientar mínimamente, aunque resulte obvio…

A las nueve de la mañana siguiente sonó el despertador. Aunque lo escribo como si lo recuerde, lo cierto es que no lo hago. Sé con certeza que fui atrasándolo en la medida de lo posible. @moterorojo acabó levantándose sobre las nueve y media, y yo estiré el tiempo hasta las diez menos cuarto. Teníamos el desayuno incluido y entre ducharnos, desayunar y volver a montar el equipaje en las motos íbamos a tardar un rato, por no mencionar el resto que pasaríamos montando la tienda en el campamento. Y como ese día queríamos ir a la ciudad de Cádiz, no nos demoramos mucho. Dentro de lo que a nosotras nos gusta demorarnos, claro está. Después de todo, lo temprano y lo tarde es algo tan subjetivo como lo bello y lo feo.

Después de un zumo de naranja natural con una tostada de pan integral con tomate, aceite, sal y pimienta, y algunas otras cosas que tomó mi compañero además de su café y mi té, acabamos de armar nuestras monturas y pusimos rumbo a la playa de la Puntilla. Justo enfrente estaba nuestro nuevo hospicio: ‘camping playa las Dunas’, un campamento con muy diversas zonas para montar la tienda y unas buenas instalaciones para el aseo de diversa índole. Estaba llegando mucha gente –¡y eso que ya estábamos en domingo!– y eso hizo que nos asignaran una zona, aunque lo cierto es que después llegaron otras dos motos a las que no les dieron mayores indicaciones y se buscaron la vida. Hubiésemos preferido eso, pero estábamos de estreno de tienda y todo lo demás nos daba un poco igual.

Foto previa al montaje de la tienda.

Antes de darnos cuenta ya la teníamos montada: una inmensa Lone Rider en la que cabían todos nuestros trastos y una de nuestras motos si queríamos, además de nosotras mismas. Y la verdad es que se monta realmente fácil. No sabría decir cuánto tardamos, y menos teniendo en cuenta la relatividad del tiempo con el ánimo entretenido, pero no mucho. Sólo decir que alrededor de las 2 y media del mediodía estábamos en Cádiz después de tener que hacer la entrada, desarmar nuestras motos, montar la tienda, meter en ella nuestras pertenencias y conducir los aproximadamente 15 o 20 minutos que hay hasta allí.Y al campamento antes de las 12 no llegamos seguro. ¿Conociéndonos? Imposible.

Y resultado final… ¡tachán!
Nah, una tienda pequeñita…

Después de una pequeña vuelta por el centro de la ciudad, del Ayuntamiento a la plaza de las Flores pasando por la Catedral, y tras haber dejado nuestras motos en un aparcamiento destinado a nuestros vehículos de dos ruedas en la avenida Cuatro de Diciembre de 1977 –fecha en que la policía asesinó a Manuel José García Caparrós de un disparo cuando participaba en una manifestación que reivindicaba la autonomía para Andalucía en Málaga–, nos metimos en el mercado, situado en la plaza de la Libertad. Con distintos eslóganes contra el machismo, las paredes de aquel lugar rodeaban un espacio lleno de vida pese a ser domingo, y ya más de mediodía. Pero además de tiendas, algunas de las cuales permanecían abiertas, el mercado tenía sus bares y locales de comida típica para llevar. ¡El único problema era que estaba imposible de gente! Y que el vegano del que andaba detrás no estaba abierto… 😦

Después de rodearlo por su interior, decidimos salir a su exterior y acabamos sentándonos den trode ‘el Viajero del Merkao’, un restaurante informal con platos procedentes de diversos países. Aquí una persona vegana puede disfrutar, además de platos andaluces típicos y maravillosos como el salmorejo, de guacamole, hummus o tempura de verduras. Después de desgustar un poco de todo fuimos además invitadas a una copita por parte de la casa que en el caso de mi compañero consistió en un licor de hierbas y en el mío, en un limoncello.

Un delicioso plato de hummus…
…y una deliciosa tempura de verduras (entre otras cosas).

Ya reconfortadas, salimos rumbo al paseo Marítimo.

Mi vista preferida de la ciudad de Cádiz ❤

Desde allí la levantera se hacía más notable. Dejando las preciosas vistas del mar y la ciudad detrás nuestro pusimos rumbo hacia el castillo de San Sebastián, cuyo acceso se encuentra cerrado por riesgo de derrumbe ya desde la playa. A pesar de ello, todo la gente pasa la primera valla y nosotras… pues también. La segunda ya no, porque para qué si el castillo permanece cerrado al público. O al menos, así permanecía en ese momento.

Parte de la bahía de Cádiz, con el castillo de San Sebastían de fondo sobre un islote conectado por tierra.
Y hasta esta altura que llegamos.

Junto a la orilla del mar, aprovechamos para coger un par de piedras planas que nos sirvieran para poner en el suelo del campamento y así apoyar la pata de cabra de nuestras motos sobre ellas. La anoche anterior había caído una buena tromba de agua y el suelo todavía estaba húmedo.

Siguiendo por la avenida Duque de Nájera a lo largo de la playa de la Caleta y hasta el parque Genovés, anduvimos junto al mar.

Los cubos al sol.
¿Soy la única que opina que los bloques de pisos como este de la izquierda, sobran?

De ahí nos metimos por la calle Benito Pérez Galdós hablando de simuladores de vuelo y de un paseo llegamos hasta la plaza de San Antonio, pasando previamente por el Gran Teatro Falla ante el que había una cola que llegaba hasta la fachada de enfrente atravesando toda la plaza Falla e impedía, sin la menor preocupación por parte de la gente, pasar a los pocos vehículos que transitaban la calle del final.

Y todo esto rollo a las 4 o 5 de la tarde a la solana.

Nos metimos por la calle Ancha y decidimos hacer una paradita para tomar un café y un té, respectivamente. Después de eso, regresamos hasta la plaza del Ayuntamiento pasando nuevamente por delante de la Catedral y paramos a comprar provisiones en el Carrefour que hace esquina. Aprovechamos para dejar la compra junto con las piedras en las motos y volvimos sobre nuestros pasos. Esta vez, para subir todo recto hasta la costa por la cuesta San Juan de Dios y dar una vuelta en dirección contraria por el precioso paseo del Vendaval.

La pequeña Rambla de Cádiz: la plaza de las Flores.
Su Catedral mezcla de barroco y neoclásico, con combinaciones de lo más variopintas.

Antes de que anocheciera pusimos rumbo al campamento con la intención de cenar una vez allí. Por la playa de la Puntilla se divisaba un bonito atardecer. Ya con las piedras en la base de las patas de cabra, las motos se mantenían más erguidas. Nuestra primera noche acampando no estaba exenta de pequeños grandes detalles: comida casera en tuppers, un colchón hinchable, el mar delante…

Decidimos probar, sin mucho éxito, el camping gas. Esto es así porque llevaba una tuerca que se tiene que aflojar, y en lugar de esto la giramos hasta sacarla. O sea, que nos la cargamos. Bueno, en verdad el responsable fue @moterorojo 😀 En cualquier caso, nosotras decidimos encender el fuego igualmente y, después de devorar los riquísimos tallarines alla puttanesca que quedaban junto con los pimientitos fritos, nos calentamos agua para infusionar un poco de roiboos y café, ahora con éxito. Con un éxito muy muy lento, pero un éxito al fin y al cabo.

Con el sonido del mar de fondo y con ganas de probar el colchón sabiéndonos rodeadas pero aisladas –tiene su morbo, esto es así–, nos metimos en el pequeño compartimento estanco del fondo de la tienda en el que habíamos inflado la colchoneta. Jugamos un rato a no hacer ruido y generar calor, y por la mañana nos despertamos prácticamente en el suelo. En fin, no fue culpa nuestra; estos colchones pierden aire…

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