Costa de la Luz

30 de abril de 2018

Puerto de Santa María – Vejer de la Frontera – Los Caños de Meca

Para no perder las buenas costumbres, mi compañero se me adelantó en eso de levantarse primero. Fue a descubrir cómo iban las duchas, y al cabo de un rato vino a informarme. Y, sorprendentemente, yo ya había salido del “cuarto” y me había puesto algo para salir al exterior.

Las duchas están muy bien, y hay agua caliente.

@moterorojo estaba convencido de que dar con un campamento en el que hubiera no ya agua caliente, sino duchas, iba a ser una tarea ardua. Yo ya le había dicho que desde los años setenta u ochenta algo había llovido 😀 Disimulé una sonrisa pícara en un beso y le pregunté si había mucha gente.

¡Qué va! No había nadie. Está realmente bien este sitio.

Y con esta idea, me fui yo tan contenta a darme una ducha. Pero cuando llegué al lavabo de mujeres, comprobé que no había ni una libre de un total de diez que serían. ¡Vaya! En cualquier caso, no tardó en salir una chica y ocupé su lugar al fondo del todo. Lo cierto es que las duchas no solamente estaban muy limpias y tenían, como es de esperar, agua caliente, sino que además salían a una presión adecuada y tenían donde dejar la ropa, la toalla y los champús, cada cosa en su huequito particular.

Cuando regresé, y teniendo en cuenta la hora, decidimos recoger la tienda y ver de desayunar algo una vez fuera del campamento. En verdad no teníamos mucha opción, porque a lo tonto se nos había hecho tarde –algo muy raro– y se aproximaba la hora máxima para abandonar el lugar. O sea, que más o menos se nos echaba encima el mediodía. Habíamos convenido que avanzaríamos por la costa de la Luz hacia Gibraltar y pararíamos en el camino. Una compañera de trabajo me había recomendado un camping de acampada libre que tenía muy buena pinta por la zona, y la situación era mucho más propicia para salir a rutear.

La verdad es que la tienda la desmontamos en un momento. O al menos, esa es la sensación que nos dio. De todas formas, fue pasado el mediodía que estuvimos bebiendo algo en la cafetería de la entrada sin poder ya desayunar debido a las horas. Vamos, que no nos querían hacer ni una tostada… 😅

Sacamos los vientos y las barras metálicas, y la tienda cayó por su propio peso. En esas, nuestras vecinas en autocaravana se pusieron a buscar a su loro moviendo una escalera de árbol en árbol mientras este las vacilaba yendo de un lado a otro. Plegamos la tienda, la metimos en su funda con lo demás, y empezamos a cargar nuestras motos. Ahora las perras de las vecinas del otro lado y sus humanas les ayudaban a buscar el loro, que parecía haberse decidido por una rama concreta para que lo recogieran después de su pequeño vuelo matutino.

Nada en el suelo, equipaje sujeto; hora de partir.

Primero de todo, pusimos rumbo a la ciudad de Cádiz. Sí, otra vez. Con la tontería nos habíamos quedado sin camping gas y la verdad es que lo necesitábamos 😬 Tratamos de ir al Decathlon que hay en la N-IVa de camino, pero pertenece al municipio del Puerto de Santa María y era festivo –por la Feria de Primavera y Fiesta del Vino Fino–, así que tuvimos que volver a Cádiz capital. Pero después de eso, ya, pudimos poner rumbo a nuestro próximo destino por la N-340: Vejer de la Frontera.

¡Menuda subida hay al pueblo! El problema no es llegar al él, al que se accede por un mini-puertecito, sino acceder hasta el centro del mismo… y luego bajarlo. También encontrar un hueco en él para dejar las motos, porque aunque está eso de que puedes aparcarlas en cualquier lado, entre cuestas y turistas no es tan fácil. Y no, no había hueco en el aparcamiento de motos 😛 Pero la policía municipal nos permitió dejarlas “donde pudiéramos”, y echamos mano de una pequeña línea amarilla en calle la Fuente que nos vino realmente bien en un momento en que los turismos estaban ya formando un pequeño atasco ahí mismo, en la plazuelita de España que a su vez hace de rotonda. De rotonda sin salida, pero de rotonda al fin y al cabo.

La más bonita ❤
La plaza-rotonda, ya sin coches.

Atravesando la puerta de la Villa, seguimos el camino natural ascendente que nos llevó hasta la puerta de la Segur, en la parte trasera de la iglesia Divino Salvador. Ahí detrás, sobrepasándola a mano izquierda, hay una pequeña terraza que en aquel instante se encontraba muy tranquila y resultaba apetecible. Era la hora de comer, así que decidimos sentarnos a tomar no solo una cañita, sino también a picar algo. Y aunque entre las muchas tostas que tienen en la carta no tienen ninguna vegana –sí varias vegetarianas–, no fue muy complicado montar un par de ellas. Entre eso, y las maravillosas aceitunas que ponen en estos lares… Desayuno perfecto. Bueno, comida en realidad 😶

Divino Salvador y la Segur

Por allí estuvimos paseándonos un rato, y finalmente desembocamos en el Castillo. Desde allí no solamente puede verse todo Vejer, sino toda la región hasta donde alcanza la vista.

Callejuelas de Vejer, muy pías.
Los patios de Vejer.
Las azoteas de Vejer.
Pues eso, Vejer. Vejer de la Frontera.
El castillo y sus jardines.
EL MÓVIL.

Como tocaba cambio de residencia, al volver a las motos pusimos rumbo directo a los Caños de Meca por las preciosas A-2230 y A-2233. Carreteras para ir dando un paseo, sin mucho tráfico y con montes coloridos y extensos en una y otra dirección, casi de cuento. En cierto modo me recordaban a la Comarca. Un hermoso paseo de agradables aromas a una temperatura primaveral ideal. Y entonces, nuevamente el mar en el horizonte. No es la Comarca, es la bonita provincia de Cádiz. ¡Y una de sus zonas más bellas! Con el olor a sal, montones de campamentos empezaron a emerger como champiñones a uno y otro lado de la calzada, muchos de ellos a escasos metros del mar sin estropear esa costa tan virgen y carente de edificios de ningún tipos. Si acaso casas, de los pueblecitos costeros, pero siempre bajas. ¿Se trata de una zona especialmente dada a las acampadas, o es que cuando empiezas a acampar eres mucho más consciente de la cantidad de sitios que hay?

Pasamos por al lado del faro de Trafalgar. ¡Tan bonito! Las dos siguientes noches nos guiaría con sus señales luminosas al caer el sol ❤ Seguimos conduciendo un poco más, y justo en la entrada de los Caños de Meca, a la izquierda y mucho menos señalizado que otros, el camping Camaleón que me habían recomendado. Había lo que parecía un largo camino de arena para acceder hasta él. @moterorojo decidió adelantarse a indagar con su GS. Cuando volvió a mi altura, me dijo que estaba al lado y que aunque habían algunos desniveles pronunciados fruto de la lluvia, se iba bien, así que esta vez llegamos juntas.

Paré la moto unos metros pasada la entrada, justo delante, y miré a mi alrededor. No quedaba claro que hubiera nadie, ni que estuviera abierto o cerrado. Mi compañero, parado justo detrás de mí, ya lo daba por perdido. Pero entonces vislumbramos una caseta que parecía la recepción, a la izquierda. Me acerqué y pregunté si estaba abierto, y me dijeron que sí, que estaba abierto todo el año pero que había una pequeña zona que estaba en obras a la derecha. A lo largo del resto del terreno del campamento, podíamos ponernos donde quisiéramos. Me tomaron los datos y me dieron unas pequeñas cartulinas con unas gomas para poner en nuestras motos y la tienda y nos adentramos con ellas por el parque natural de Barbate, a los pies del que está situado.

No era ni muy pronto ni muy tarde. Por cenar no había problema porque teníamos provisiones. Pero había bastantes mosquitos y nos habíamos dejado el repelente, con lo que nos convenía salir antes de las 20 horas para encontrar algo abierto y comprarlo. Donde estábamos hacía verdadera falta. Nos colocamos hacia el fondo del camping a la izquierda, pasados los lavabos pero no demasiado lejos de los mismos, y nos pusimos manos a la obra. Las piedras planas que ya nos habían servido para apoyar las motos en el Puerto de Santa María ahora nos venían aún mejor: el terreno era bastante más agreste y estaba mucho más mullidito. Una vez que tuvimos lista la tienda, reparamos en que no quedaba mucho para las 20 horas.

Para quienes me preguntan si puedo llevar una tienda en Mušḫuššu… ¡Psss! ¡Y mucho más!
Por ahí cabe la Bestia.

Salimos de allí sabiendo que teníamos una farmacia justo en la entrada del camino al campamento, que a su vez conecta con la del pueblo, pero preferimos arriesgar un poco más. De hecho, había un pequeño supermercado unos metros más adelante que ya nos había indicado la recepcionista del camping, que también dejamos atrás con el fin de llegar al que nos había dicho que estaba aún más allá, hacia el final de los Caños de Meca.

Playa de los Caños de Meca. África al fondo.

Y por suerte, llegamos a tiempo. Y encontramos repelente de mosquitos, pese a que el dueño del bazar dijo que no había. La dueña estaba algo más al tanto de su mercancía. Encontré también galletas y pequeños roscos de chocolate veganos, sin nada de leche ni derivados, y cogimos también pan y unas patatas. Cuando salimos de ahí con todo lo necesario, una música rock llamó mi atención.

Los Caños de Meca es una población pequeña que respeta la costa con casitas bajas, y no le falta de nada. Sin apenas hoteles, y con una amplia oferta de zonas dedicadas a la acampada, es un lugar ideal en el que estar tranquila –que no aburrida– junto al mar.

Lo que estaba escuchando procedía de la Jaima, una especie de bar-cafetería-discoteca en el que también se sirven platos. Y todo esto, en un espacio amplísimo con cristaleras desde las que ver el mar, y un par de terrazas desde las que poder también olfatearlo, sentirlo. Desde la de más arriba, junto con dos tercios, disfrutamos de una puesta de sol inesperada sobre una playa prácticamente desierta con el faro de Trafalgar de fondo.

Mi faro de Trafalgar ❤

Ya con hambre, y con los primeros despuntes de la noche, retomamos nuestro camino de vuelta. Aunque aquel lugar es muy bonito, no es precisamente barato. Y en estas, otro establecimiento llamó nuestra atención. Y es que aunque los Caños de Meca parece, en un principio y si hablamos de finales de abril, un lugar sin mucha vida, lo cierto es que no le falta hostelería. No sé muy bien por qué motivo elegimos ese restaurante de entre los demás. Ni siquiera estaba del lado del mar. Pero tenía una bonita terraza, a @moterorojo le gustó la carta y a mí algo me decía que habría una posibilidad vegana adecuada.

Y efectivamente, así fue. En la terraza del restaurante Trafalgar me hicieron la mejor pizza sin mozzarela que he probado nunca: con masa fina, cocinada en horno de leña y repleeeeeta de vegetales.

Nada que ver con esas pizzas que llevan 6 láminas de champiñones contadas por encima.

Y ahí también, nos encontramos con @lavidadeato casi al final de su reto de ‘4días4países’ con @flipanding. Ellas llegaron cuando nosotras ya nos íbamos, pero por la vestimenta nos reconocimos como moteras al instante y nos saludamos. Y luego, pues nos pusimos a hablar. Primero de mesa a mesa –qué motos lleváis, de dónde venís, a dónde vais–, y luego ya nos acercamos. Acababan de llegar de Tánger después de atravesar Gibraltar con su Harley Davidson, y ya sólo les quedaba cruzar a Portugal. Era tarde, y tal y como habían llegado habían dejado la moto en la puerta del restaurante y habían entrado a cenar algo. Les hablamos del camping en el que estábamos, de acampada libre, y en tanto que les sonó bien les dimos las indicaciones al mismo. Cuando salimos nos encontramos su moto, roja, cásica y muy bonita. Y a ellas ya, volveríamos a encontrárnoslas al día siguiente.

Mi compañero y yo nos fuimos a la tienda de campaña a ver la ruta del día siguiente mientras nos calentábamos un poco de agua con el nuevo camping gas, mucho más efectivo. Con nuestras linternitas colgadas y una parte de la tienda abierta, nos habíamos montado un porche la mar de majo ❤ Y esta vez volví a inflar bien el colchón antes de meternos, pero rollo hasta al final. Y parece que aguanto mejor. Aunque también es cierto que no lo pusimos a prueba como la noche anterior, en la que por mucho que @moterorojo diga, comprobamos que no es tan tímido como él cree 😏🤗 y nos quedamos dormidas casi en el mismo momento en que nos tumbamos. La verdad es que aquella fue una noche bien bonita, y es una lástima que esté escribiendo estas líneas a contrarreloj…


1 de mayo de 2018

Los Caños de Meca – Zahara de los Atunes – Tarifa – Paloma Baja – Los Caños de Meca

Y llegó el día que, bien establecidas en un punto, pudimos salir a rutear por los alrededores libres de equipaje y previsiones de ningún tipo. Sólo las básicas: que íbamos a recorrer el resto de la costa de Cádiz hasta Tarifa. Más allá no, porque yo no tenía el pasaporte encima para ver el Peñón 😦

Esta vez desayunamos de maravilla, o al menos yo lo hice gracias a mis galletas y rosquillas de chocolate, además de las tostadas (?) –pan– y el té, que en el caso de mi compañero fue un café. Nos pegamos una ducha en otros baños perfectamente acondicionados. Quizás un poco más viejas y desgastadas, pero una maravilla de todas formas. ¡Los hoteles están tan sobrevalorados! Nos equipamos, y empezamos a sacar las motos cuando apareció @lavidadeato. A esas horas les hacíamos ya camino a la frontera lusa, pues nos habían dicho que querían levantarse muy muy pronto para poder acabar su reto y volver a Madrid en tiempo. Pero al final, decidieron salir un rato la noche anterior y ya se sabe lo que eso significa 😌 Y claro, al parecer descubrieron la Jaima… 😂 En este momento fue en el que nos intercambiamos las redes –qué moderneces–, y seguidamente nos despedimos.

Salimos rumbo a Barbate por la A-2233 y, dejándolo de paso, nos acercamos hasta Zahara de los Atuntes. Nos empezó a llover nada más salir del camping, pero solo fueron unas gotas. Sin embargo, volvió a caer cuando estábamos entrando en Zahara, y esta vez fue algo más. De pronto, nos estaba cayendo encima el diluvio universal, y eso que nosotras solo queríamos aparcar y sentarnos a tomar algo a buen recaudo. Pero aunque ya estuviéramos en el mismísimo pueblecito, no nos dio tiempo. Cuando conseguimos dejar las motos, estábamos completamente caladas

No sé si se aprecia, pero llevo la chupa EMPAPADA.

Nos tomamos unas cañas en un bar de una de sus estrechas callejuelas céntricas peatonales. Todas las mesas y las sillas estaban empapadas, pero empezaba a asomar el sol. Nos limpiaron unas y allí me quedé para ver de secarme algo cuando volvió a llover. @moterorojo fue más listo y se quedó a buen recaudo, que además hacía bastante calor. Por suerte, esta vez solo fueron unas gotas –otra vez–, y después de eso salió un sol espléndido que nos acompañó por la playa y hasta Tarifa.

Cuando volvimos a coger las motos fue, pues, con rumbo a Tarifa siguiendo la N-340. Allí dejamos las motos y nos paseamos largo rato antes de sentarnos en una terraza para comer algo. Recorrimos sus callejuelas estrechas llenas de vida, @moterorojo buscó en los escaparates de las confiterías las cajillas típicas para enseñármelas, y hablamos de otras aventuras que abrirían toda otra historia interminable. Valoramos entrar en el castillo de Guzmán el Bueno, pero el calor hizo que desistiéramos. Comimos frente a la parroquia de San Mateo un poco de pasta con unas cervezas, y seguimos nuestro recorrido a pata.

Pasamos por callejuelas cuanto menos curiosas, apartadas de la multitud.

La pareja perruna.
La puerta elegante.

Y descubrimos otros rincones emblemáticos, llenos de encanto con África –que ya la veíamos viendo desde los Caños de Meca– nítidamente ante nosotras.

Aquí sí que se distingue la costa africana 🙂

Estuvimos paseando por el centro hasta la puerta de Jerez, pasamos por la plaza Santa María.

También la plaza del Ayuntamiento.
Puerta de Jerez.

Ya cerca de las motos, nos planteamos si seguir adelante. Podíamos ir hasta la frontera con Gibraltar, pero no teníamos los pasaportes y no podíamos cruzar. @moterorojo me dijo que había un bonito mirador a escasos kilómetros yendo hacia Algeciras, y convenimos ir hasta allí y luego dar la vuelta.

Sin palabras, ¿eh?

En la ruta de ida, yo había ido anotando mentalmente desvíos de las carreteras que transitábamos. Y en una esas “casualidades” de la vida, @j_polovic me respondió a un story diciendo que si pasábamos cerca de Tarifa, nos recomendaba desviarnos por la A-2325 hacia Paloma Baja, uno de los destinos con los que me había quedado. En tanto que ahora además estaba recomendado, el paso por allí se tornó imprescindible. ¡Y qué suerte tuvimos! Es una zona realmente impresionante. Empiezas discurriendo por un bonito camino sin líneas que delimiten los carriles entre grandes árboles, y acabas desembocando en una estrecha carreterita que pasa entre dunas gigantes, como si atravesaras por la mitad del desierto. La seguimos hasta el final, pero lo mejor sin duda es la duna de Valdevaqueros, una arena fina y rebelde que no deja de tragarse la A-2325 cada cierto tiempo y que extensa, llena el horizonte de color dorado.

El desierto nublado.
Aquí dunas, allí monte.

Ahí mi compañero vio claro que nos iba a volver a caer una buena tromba de agua, amenazante desde las nubes negras que se formaban en el cielo sobre el que parecía ser nuestro camino de retorno. Y así fue. Unos kilómetros más adelante, antes de coger el desvío hacia Zahara de los Atunes, empezó a llover otra vez con fuerza. Tuvimos que parar en Barbate a repostar, y llegar hasta ahí por ese curioso camino junto a la playa y el mar se tornó realmente difícil, con muy baja visibilidad. Sin embargo, una vez que salimos de la gasolinera, empezó a amainar, y pudimos llegar algo mejor de vuelta hasta el campamento. Allí no había indicios claros de que hubiese llovido. El suelo estaba algo húmedo, pero no lo suficiente como para haber sido expuesto a la misma tormenta que nosotras. Nos quitamos la ropa mojada, preparamos nuestro modesto porche, y después de tomar algún refrigerio sacamos los noodles al curry y los cocinamos. La luz del faro nos acompañaba, así como la luz de la luna y de las estrellas, con el sonido de las olas de fondo rompiendo contra la costa. También varios gatitos, que estaban un poco más abajo de nuestra tienda y con los que nos cruzábamos cada vez que íbamos al lavabo ❤

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