@estelaenmoto

Me llamo Estela, pero no en honor a las estrellas sino a las estelas que dejan los barcos tras de sí al surcar el mar. Nací en Menorca —esa desconocida que se encuentra al norte de Mallorca— un 6 de mayo del año anterior a la caída del Muro y me crié con mi madre en una casita con patio de la ciudad de Mahón, llena de animales. Los primeros años nos acompañó mi hermana Paula —quien nació otro 6 de mayo varios años antes—, pero no tardó en volar del nido.

A los 19 años de edad, me marché a Salamanca para estudiar Filosofía en su universidad pública y me hice vegetariana aprovechando mi autonomía alimentaria; era incapaz de comer animales desasociándolos de su naturaleza de seres vivos y sintientes como ha conseguido hacer gran parte de esta sociedad. Pocos meses después, mi madre me anunció por teléfono que ella también había dejado de ingerir carne. ¡Y para esto tanta demora por mi parte! A partir de ese momento, en las comidas navideñas y familiares varias pudimos hacer piña no solamente como perroflautas izquierdistas y feministas, sino también como plastas animalistas. Desgraciadamente, todavía no éramos conscientes del enorme sufrimiento animal provocado por las industrias lácteas y las granjas de aves ponedoras. Es más, aún no concebíamos todo tipo de explotación animal como tal, y establecíamos diferencias entre unos y otros desde nuestra posición privilegiada.

A los 25, me trasladé a Madrid para seguir investigando. En este punto es en el que empieza esta historia, mucho más compleja si pretendemos tener en cuenta todos sus planos no relatados en este espacio —pero esa es otra historia que será contada en otra ocasión, como diría Michael Ende. Para entonces, mi madre ya había cambiado la leche de vaca por otras de origen vegetal. Por desgracia, le diagnosticaron cáncer de pulmón con metástasis pocos meses después y no superó el siguiente verano. En ese momento mi vida se vino abajo, marcando un punto de inflexión en mi existencia que, como no podría ser de otro modo, se ve reflejado también en este proyecto.

Más allá de eso, personalmente todavía tardé un tiempo en enfrentarme con la realidad a la que sometemos a millones de animales alrededor del mundo entero para nuestro propio beneficio. Hacia el final de los 27 era una antiespecista atrapada en viejos hábitos, como nos ocurre con el racismo o el feminismo; estaba claramente posicionada, pero todavía tenía que hacer un profundo trabajo de reflexión para distinguir el especismo estructural hincado en mis carnes —como me sigue y me seguirá pasando, pero cada día con mayor fluidez. A los 28, por fin, adopté el veganismo no como alimentación sino como forma de vida —«riots, not diets»—, y me hice con Mušḫuššu.

Y hasta aquí. Todo lo demás, está desarrollado en las múltiples entradas que voy escribiendo en esta suerte de «libroweb» que espero sea tan entretenido de indagar como lo es de idearlo.

¡Nos vemos en las carreteras!

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